Siempre me obsesionó hacer cosas, algo. Pensé que se trataba de un truco de la muerte, hacer para dejar un legado que me sobreviva. Hasta que este verano caí en la cuenta: hacía cosas, algo, por miedo a no hacer nada, como si levantarme, desayunar, vestir mal y pasear cuando el sol es una uva no fuera la mayor aspiración del ser humano. Algo tendrá que ver este sistema que nos fuerza a ocupar el tiempo, a buscar un hueco para nosotros cuando, en realidad, el hueco siempre está ocupado si late todavía. No hacer nada es muy difícil. Además, está mal visto. Uy, y mucho peor en vacaciones.
Hemos o han decidido que ocupemos las horas para descansar unas semanas al año. Se nos da tan mal que los efectos del parón duran un día. Después la rueda y la falta de aire. Porque la acción, ese hacer innecesario, implica un estatus. «Tiene que ser alguien importante, siempre con el móvil». «Viaja por todo el mundo». «¡No para, sólo corre!». Resulta que de tanto moverse terminó de abono para malvas o en la consulta del psicólogo. Años de intentar hacerlo todo para terminar no haciendo nada. Estaba muy ocioso ocupándose. Todos lo estamos.
Tiene que haber algo más importante que la velocidad. Una mañana de radiografía, un rato mirando a los pájaros posados en las antenas de televisión, una cama bajo un techo que encierra todos los satélites, todas las estrellas. No hacer nada, el descanso por el descanso, es una forma de conquista que sólo los más fuertes conocen. En el fondo, somos incapaces de reconocer que el estrés se corresponde con lo que queremos ser. La nada es todo lo que somos y seremos. Luego llegará el olvido. No haciendo nada suceden algunas de las mejores cosas en vida. Y que le den al invierno y al cargo de conciencia.

Ilustración: Guy Billout

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