Esas parejas

En el mundo hay mucha gente sola porque así lo quiso. Esa gente se levanta y se acuesta sola, come de menú en el restaurante y deja la mitad de la mesa sin migajas. La gente se compadece de esa gente, cree que podría mejorar su tiempo si se acompañara de otra gente. Y no es cierto. Por desgracia, casi todo se hace por pares, los jerséis y las promesas, el viento y mirarse en un espejo. Por esa razón a la gente le encanta observar a esas parejas suturadas, como si la vida no pudiera entenderse sin ellas paseando por la calle. A esas parejas se las venera por ir en contra del principio fundamental del día a día: todo acaba.

Esas parejas parecen adaptadas a una forma de vida en extinción. El otro está incluido en sus sueños, el uno en la vigilia, los dos, pan con mantequilla y el banco frente a otro atardecer marino, salmón, distinto. Son parejas que trascienden las matemáticas y crean una unidad rara por improbable. Les va la respiración en ello. La gente sola o acompañada mira esas parejas como el que mira una piedra preciosa, dos pájaros en el tendido eléctrico con luna al fondo. Tienen que ser una obra del amor esas parejas. Tan viejas, tan juntas, tan ellas sin que nadie más lo sepa. Y son de todos porque todos, en el fondo, aspiramos a ser dos siendo cada uno libre.

Con las parejas, llamémoslas parejas de siempre, sucede lo mismo que con los cachorros o los bebés guapos, nos conectan con la ternura más profunda. Nadie ve el daño en dos ancianos caminando juntos, nadie ve la humillación de renunciar a una vida en solitario. Esas parejas huelen a lo mismo, su ropa creció en el mismo armario, intercambiaron creencias por respeto y saben que, cuando uno de los dos muera, dejará en el aire un espacio visible e invisible, el mismo que siempre compartieron. Mientras haya una remota posibilidad de seguir vivos seguirán hablándose en voz baja. Y ni la muerte de la muerte logrará la muerte de ese amor, tan suyo, tan nuestro.

Ilustración: Handome Frank

Deja un comentario