Sobre estar solo

Estar solo es percibido como una maldición. Puedes sentirlo en la mirada de los otros, también en la mirada propia. Míralo, tan solo, comiendo frente al ventanal del restaurante, comprando poco en el supermercado. Y ella, otra soltera sola bajo un sol de inicios de septiembre. Parece como si la compañía fuera una condición necesaria nunca suficiente para el mundo, que el tiempo por pares fuera la única matemática obligatoria. Madre me lo recuerda por teléfono, con esa forma tan de madre para convertir la vida vieja en un reflejo de la infancia. No pasa nada por estar solo, de verdad, no hay motivos para la tristeza. La comida se pone mala en la nevera, eso es todo.

Luego hay que luchar contra la inercia. Las parejas están por todas partes, en los calcetines y las naranjas tajadas por la mitad, en los cepillos de dientes y las camas grandes. El que está solo parece que no quisiera estarlo, que lo natural sería compartir espacio y tiempo, aunque luego muchas parejas desean otras vidas, quizás estar un rato solas, la misma vida que les produce tanta pena. Todos nos compadecemos de la gente sola. Sin embargo, la gente sola solamente lo está a a la hora de comer.

Puede que la desesperación sea la principal razón para tener pareja. Al fin y al cabo, las cosas parecen mejorar si se comparten. Se trata de una trampa. Ni estar solo tiene nada que ver con el aislamiento ni la soledad es un problema de viejos y tecnología. Hay tanta gente sola con familia, hijos y trabajo… La gente sola posee una cualidad excepcional para valorar al otro, sabe que compartir una cerveza o un paseo tiene algo de milagro cotidiano. Lo recomiendo. Puede ser un plan de vida y estaciones o una temporada. Podemos ser mayores y seguir jugando como aquella niña del recreo que jugaba sola. Podemos ser felices, juntos, solos, una llama siempre viva en un mundo cerca del invierno.

Ilustración: David Shrigley

Deja un comentario