No hay nada más extraño que despedirse de alguien a quien quieres. Decir adiós o permitir que el daño sea irreparable, un daño que deja respirar apenas, que envuelve el tiempo en carne viva y prescinde de palabras. A ese dolor podemos encomendarnos una sola vez. Más de una vez se considera plagio. A veces, la única forma da atajar la enfermedad implica cortar un miembro fuera del cuerpo y dentro de nuestra cabeza, con una cadencia y un latido que creímos nuestro y para siempre. Entonces nace la ridícula idea de no volver a verle, la única manera de poder salvarnos.
La decisión de no volver a verle surge de la necesidad de abandonar la realidad como amenaza. Mucho peor perderle que perderse a uno mismo, nos dicen, pero no lo vemos. Entonces llega el momento, de noche. La oscuridad nos permite encontrar ese valor del que carecemos. Si vamos a morir un poco que sea bajo la luz de la luna y los satélites. Seremos árboles que mueren y nadie escucha. Mataríamos por volver a verle. Nos desangra mirarle una vez más entre los ojos, ese lunar del cuello.
La idea de una vida sin el otro resulta tan ridícula que seríamos capaces de volver a intentarlo… para volver a equivocarnos. Queda la duda, los futuros imposibles y su recuerdo. No volver a verle estaba descartado y, sin embargo, ocurre. La despedida deja su perfil en la ventana del autobús, en el quejido del tren y los felpudos. Después llegan los días, los meses y los años raros. La ridícula idea de no volver a verle se destiñe bajo las gotas de lluvia y un sol oblicuo. El dolor se hace tan cotidiano como el pan con mantequilla. La vida consiste en despedirse. Y todo pasa y queda, como los lunes pasan.

Ilustración: Miki Kim
Sí, Javier.
Hay tantas formas de no «volver a ver» a alguien.
No solo la muerte tiene ese condicionante, también el tiempo que nos cambia, o la distancia que nos separa. Solo nos queda la memoria para seguir queriéndolos.
Un Abrazo.
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