La gente rota

Te lo repiten tantas veces… «Disfruta de la soledad, elígete a ti mismo». Pero no. Le gente rota solamente quiere que deje de doler, un poco de paz frente a un pasado hecho pedazos, poder estar en el presente de las cosas. Y es que los nuevos comienzos, a veces, se originan en finales tristes, tienen el aspecto de una broma innecesaria. En esta orilla la comida sabe a tierra, las horas pasan como las nubes sin viento, la realidad parece tan ajena que darías cualquier cosa por dormirte y despertarte en otro sueño. Pero no. Estar roto supone convertir el tiempo en la eternidad del ausente. Porque hubo alguien que te quiso tal y como eres, que vivió en tu dermis y la casa de tu mente. La gente rota está por todas partes. Perdón, estamos.

La gente rota aspira a salir a bailar, quizás a encontrar una manta con la forma de un abrazo. Pero no. La música suena para los demás, la lana es una cama con ortigas. Tenemos los rotos un brillo en la mirada, como si la pena pudiera contagiarse, una marca después del nacimiento. Y dejamos rastro de pétalos sin olor, de pasos que querrían desandar sus pasos. La cura, para los que andan rotos, nada tiene que ver con el tiempo, sino con lo que se hace de él, que no es más que amar, amar una y otra vez. Sucede lo mismo con el daño: llega, hiere y se va. Recoge tus pedazos al salir, anda. La dignidad es eso y el silencio.

Dejar de fluir y aferrarte a lo que te hizo mal es el único mantra con sentido. Los rotos somos incapaces de decidir cuándo enamorarnos o dejar de hacerlo, nuestro yo carece de importancia, sabemos que el amor es la razón y nos hará libres, aunque no sea justo y mucho menos ciencia. Ahora, tú estás roto, amigo, el cuerpo intacto, la mente un fósil de cristal. Volver a empezar… ese destino inalcanzable. Pero no. Los pedazos van llenándote las manos. Quedan grietas en los puntos de unión, por ellas pasa el aire. Quizás la única razón para romperse sea reconstruirse algo mejor. Nada divide tanto como la verdad, nada une tanto como el amor. Y vuela con las alas rotas.

Ilustración: David Shrigley

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