«Mi nombre es Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir», decía aquel espadachín con bigote y ganas de vengarse. Pues bien, los tiempos siguen matando, las princesas pasan por la academia militar y las canciones —120.000 al día— resultan cada vez más intrascendentes, no porque sean malas, sino porque no nos da la vida. Si antes formaban parte de la banda sonora de los cursis, ahora ocupan dos o tres segundos, se hacen líquidas en la pantalla y a otra cosa. Menos mal que, de vez en cuando, aparecen músicos capaces de revertir la tendencia y crean la suya a base de algoritmos y euros. Se llama Íñigo Quintero, escribe canciones mediocres y lo peta con una particularidad: nadie sabe quién coño es. Y eso es la hostia.
Dogma de la modernidad: el famoso debe mostrar todas las facetas de su vida. Así, eliminando el misterio, humanizándose, obtiene una audiencia que ve en la música la excusa perfecta para conocer a gente y formar parte de algo más grande, más informe, menos raro. Para encontrarse a sí mismas, las audiencias necesitan referentes que se desnuden, que digan lo que comen, que a ratos están mal, que van de compras, que pasan de maquillaje, gordos, naturales, guardianes entre el centeno mecido por la fama. Al final, el artista es su audiencia (a la que no soporta, pero a la que necesita) y la audiencia quiere hasta los repertorios. En otras palabras, solo cuenta lo que el artista muestra; adiós a lo que el artista hace o calla. En cuanto a las canciones, ¿lo qué?
Íñigo Quintero se viste con sudaderas con capucha, pasa de hacer entrevistas y podría ser un candidato ideal para el equipo de esgrima. Está en todas las listas y los números, arrasa a Bad Bunny y toca el piano con dos dedos. El talento lo reparte Dios y la fama es una cosa fieramente humana. Con las canciones debería ser suficiente, sobre todos si están bien escritas, y en eso está este chico. Yo escuché el hit, lloré un poco y luego me entraron ganas de matar. Es bonito hablar de música. Lo triste es aceptar que las canciones son mudas. Y odio cuando estoy lleno de este veneno. Y oigo truenos si no estás.

Ilustración: David Shrigley