Ese niño

Ese niño soy yo. Y ya no existe. La foto evidencia que puedo ser tan viejo como las piedras de la catedral, que aquella fue la era del Simca 100 y el Talbot Horizon. Hoy, en cambio, la densidad capilar se difumina, ojeras, el gusto a la hora de vestirme ha mejorado. Creo. Por su parte, el tiempo se encargó de enterrar muchas de mis aspiraciones: ser médico, alto, vivir en América. Porque crecer se parece poco a hacerse viejo. Quizás no deberíamos crecer; quizás deberíamos aprender a morir antes. En todo caso, la vejez conlleva un dolor que los niños desconocen. De ahí la sonrisa. Lo más extraño es mi deseo de no mirar atrás. Prefiero mantener mis rodillas intactas y hacer ruido al agacharme. Ese niño fui yo. Y todavía existe.

Nunca entendí a los mayores que desean volver a ser niños. ¿Para qué volver a lo que nunca dejamos de ser? Observo a los adultos y solo veo en ellos rasgos de niños que se parecen a sus padres. Le sucede a madre cuando se sienta en la silla del hospital y habla con sus hermanas. Las tres son viejas, las mismas niñas que iban juntas al colegio. Todas son bellas de una manera incomprensible. Vivieron y, a pesar de la soledad y el dolor omnipresente, se levantan de la cama, preparan café y salen a la calle. Las tres sonríen cuando miran a la cámara. El sol calienta sus envejecidos rostros.

Lo más difícil de hacerse mayor consiste en aceptar lo que nos pasa, pero sobre todo lo que nunca llega a suceder. Estar en paz con nuestro mundo —el mundo es otro— cuesta. Y uno insiste en los mismos errores, y el horror parece perseguirnos allá a donde vayamos. Pero uno insiste. Solo aspiro a no convertirme en un viejo cascarrabias, de esos que creen que cualquier tiempo pasado fue mejor. Esos viejos ni siquiera recuerdan sus manos manchadas por las alas de una mariposa ni el sabor de las moras. Si fuimos niños entonces podremos seguir siéndolo, como ese niño, el mismo que seré dentro de muchos años. «Crecer o no crecer», me digo. Esa es la única pregunta que importa.

3 comentarios en “Ese niño

  1. Desde luego, Javier.
    Nunca se puede marchitar el niño que llevamos dentro; es el sentido de nuestra vida y hace que sigamos creyendo, esperando, deseando, disfrutando, creando…
    Se puede envejecer sin dejar de ser niño, al menos, de corazón.
    El cuerpo ya es otra cosa, porque como cualquier máquina, se va deteriorando. Eso somos sin el corazón, algunos dicen que el alma, del niño que fuimos; máquinas hacia el desguace.
    Espero que nunca pierdas la sonrisa y esos ojos tan vivaces del niño de la foto.
    Un Abrazo.

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    1. Hoy en día se suele confundir eso de «no dejar marchitar el niño que llevamos dentro» con el síndrome de Peter Pan. Y el bloguero woke es una buena muestra de ello…jajaja

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