La felicitación que nunca llegó

Reconozco que esperé su felicitación. De entre todas las felicitaciones de Año Nuevo la suya hubiera sido especial porque habría honrado el tiempo juntos y no el tiempo que ahora es tiempo en blanco. Como era de esperar su felicitación no llegó. Tampoco llegará más tarde, ni para mi cumpleaños ni cualquier otro día con fecha señalada. Y es que algunos pasan página, borran y abren una ventana hacia otra parte. Otros, en cambio, mantenemos un vínculo indeleble que regresa sin querer, que de alguna forma nos recuerda que las personas que te importan importan siempre, aunque pase el tiempo y otro y otro año.

Cuando digo importar me refiero a que hay personas con capacidad ilimitada para devolvernos a momentos felices. Parece evidente que la felicidad solo se percibe con respecto a un reverso cruel, que no podemos estar bien si no hemos superado una ruptura, una decepción o una muerte. Quizás las personas que nos importan de verdad son solo un recordatorio de una pérdida, pasada o posible, y que solamente ellas (también la música y el mar) pueden evitar que uno se pierda. No recibir su felicitación me puso triste. Pero la tristeza esperada es el inicio de la tranquilidad futura.

Hace tiempo entendí que, para esas personas importantes para nosotros, podemos no ser importantes, o si lo somos, no parecerlo nunca. El 2024 puede ser el espacio perfecto para digerir una idea que se entiende mejor en el caso de mi padre. Padre se murió una noche. Recuerdo bien dónde, sus labios pegados, el tiempo que hacía la mañana antes de incinerarlo. En cambio, no estoy seguro del año, tampoco de la fecha. Fue hace mucho tiempo. Me gusta creer que este año no tuve mi felicitación por culpa de un fallo en la memoria. Aunque sea mentira.

Ilustración: Taku Banai

2 comentarios en “La felicitación que nunca llegó

Deja un comentario