La imposibilidad de recordar un nombre

De entre todas nuestras habilidades sociales —con o sin alcohol de por medio y asumiendo los abismos existentes entre especímenes caucásicos, “heterohomosexuales” y de clase media precaria—, la que nos emparenta de manera más evidente es nuestra capacidad para olvidar el nombre de una persona a la que acabamos de conocer.

La escena se repite día y noche sin saber qué demonios sucede en el interior del cerebro, más concretamente en la corteza prefrontal, región que da la orden de bajar el volumen del mundo a nuestro alrededor en el momento justo en que el desconocido pronuncia el nombre en cuestión. Sonreímos, nos damos dos besos un poco ladeados, recuperamos la consciencia, pedimos otro tercio en la barra y cerramos los ojos —es un decir— mientras hacemos un esfuerzo sobrehumano por intentar recordar si ha dicho Carolina, Carmina, Burana, Karina o Caracola, hasta que, finalmente, agotados por el esfuerzo, le damos un codazo al colega de turno, ese que no se entera de nada, pero dotado de una memoria prodigiosa:—Se llama Marina, MA-RI-NA.

Y da igual que te propongas que las cosas van a cambiar a partir de ahora porque la tendencia es imposible de invertir a pesar de las reglas mnemotécnicas recomendadas por la revista Science y que incluyen juegos de asociación, apodos, unión irracional de las primeras letras del apellido de tu actor porno favorito con Salmos 121:7-8, y un sinfín de opciones que nos llevan a concluir que los nombres son lo de menos, a pesar de que abran almacenes, ventanas al interior de los demás y tejados con vistas a otras galaxias.

Por supuesto hay excepciones y si la persona que nos presentan se llama Luz Cuesta Mogollón o Antonio Arrimadas Piernas, la cosa cambia. Y mucho.

El tiempo que le lleva a un perro olvidar a su dueño

Ahora que llega el verano, tiempo de sudores, festivales y algo cercano al sueño de la clase trabajadora, el abandono de perros y gatos se hace más evidente porque claro, durante la estación fría mantienen la casa y el corazón caliente, pero papá, ¿por qué en el resort de Torrevieja las mascotas se quedan fuera del “menú todo incluido”? Silencio y ladridos.

La escena es desgarradora: el perro en la cuneta, solo bajo un sol blanco, muerto de sed, esperando a que su amo regrese a buscarlo, porque seguro que vuelve, ¡guau, guau! Y el coche se aleja hasta perderse de vista sobre el asfalto líquido.

El año pasado esta escena se produjo más de 138.000 veces.

Entonces si el dueño es un desalmado hijo de mil putas con triquinosis, ¿cuánto tarda el animal en olvidarse de él? Resulta que el tiempo necesario para que suceda oscila entre cinco minutos… o cinco años. El motivo se debe a que los perros no recuerdan por la sencilla razón de que no olvidan y que, aquí surge el elemento milagroso, viven en el ahora, una línea continua en la que no piensan o echan de menos a nadie que no esté presente si no hay nada que les recuerde a ellos.

Sorprendentemente, los perros tampoco tienen conciencia del pasado. De esta forma si les dejamos solos a la salida del súper, durante cinco minutos o cinco años, permanecerán impasibles hasta que regresemos o se reproduzca una escena familiar para él, un olor, un lugar, el elemento que desencadene una emoción idéntica e inmune al desgaste del tiempo. De hecho, la reacción ante la vuelta es análoga, sea cual sea el intervalo de la ausencia. Cosas de la vida en manada y el hábito como impulso vital.

Ahora que lo sabes, piensa cinco minutos o cinco años antes de dejarlo en un pinar o un contenedor. Hacerlo implicaría abandonar el mundo, soltar la correa que te hace fieramente humano, desprenderte del poco corazón que ya tenías.