La gente vieja increpa a los repartidores que circulan por la acera, anda a otro ritmo, espera a que el semáforo se ponga en verde. Hay mucha gente joven que podría ser considerada vieja. Esa gente critica a otra gente, vieja o joven, se queja en sus notas de voz, arrastra una mala hostia que no corresponde a su edad. Se supone que la amargura llega cuando el mundo te rompe, cuando la nostalgia compensa la velocidad, como si el paso del tiempo fuera la ceniza de un cigarro que se fuma con muchas ganas hasta convertirse en un gargajo. Me pregunto cómo hacen algunos…
Los viejos han perdido sus cuerpos, también a las palomas que alimentaban con migas en el parque. Pertenecen a un mundo recordado, un fondo de armario. Se levantan de noche y hacen la cama en silencio, riegan las plantas, beben café de ayer. Están parados y lo primero que hacen es mirar el cielo, llueva, nieve o haga sol. A todos les sucedieron cosas terribles y, sin embargo, sonríen cuando les ves subir las escaleras. Algunos viejos también bailan, follan, leen periódicos, novelas, se emocionan con una canción en blanco y negro. Están contentos siendo lo que son, aunque no llegaran a nada de lo planeado. Estos viejos miran las cosas a la cara. Por detrás les llaman viejos. Me pregunto quiénes serán los amargados.
De entre todas las personas del mundo mis preferidas son los viejos que no ceden ante la amargura. Tiene que haber algo de mentira para afrontar con alegría la tarde y la perspectiva de un verano abrasador. Gente joven que morirá de vieja. Mientras llegamos a su edad, observo a un grupo de octogenarias sentadas en un Vip’s. Sus bocas llenas de carillas, su pelo blanco, sus manos pasándose el azucarero. Mi reflejo, detrás ellas en círculo. Todas se levantan de la mesa sabiendo que nadie les espera en casa. Quizás por esa razón sonríen. Hay una recompensa en estar vivas. Ellas lo saben. Y yo debo de estar haciéndome viejo.

Ilustración: David Hockney