Terminaron el concierto tarde. En lugar de irse a descansar, decidieron conducir de noche. La carretera está llena de trampas. Cerca del destino se produjo un choque. Dos vehículos. Y un pitido. El resto es un sueño silencioso. Fue el 14 de agosto de 2016, pero el accidente del grupo Supersubmarina perdura en la memoria de muchos técnicos y músicos que deben desplazarse cada fin de semana. Viene con el trabajo. Te mueves, montas, se toca alto y la cerveza desaparece. Después se respetan las ocho horas de sueño. El grupo ha dejado una huella en la gente que no olvida. También un zarpazo en el asfalto de la carretera.
Pregúntale a cualquiera que conozca el oficio de girar. Durante muchos años se han cometido barbaridades. Un concierto siempre fue una celebración, aunque no venga nadie. También es un trabajo. Por eso la gente bebía y se drogaba, también los conductores de las furgonetas. Incluso los hay que iban de empalmada. Había que volver y si tienes poco público lo más rentable es recoger e irse. Los hoteles son carísimos. La carretera termina en una cama. Los miembros de Supersubmarina pueden cantarlo. Nino Bravo, Tino Casal, Cliff Burton, Marc Bolan, Duane Allman, no. Pero siguen vivos a nuestra manera.
Puede que el «quinto Beatle» sea la carretera. A ella se le han dedicado muchas canciones. En algunos de sus tramos hay flores secas y cruces. Las cosas han cambiado en esta pequeña industria. El conductor descansa sí o sí. De lo contrario, se saldrá más tarde. El público solamente ve el humo y las luces sobre el escenario. Detrás hay horas en una furgoneta, con los cascos y la armónica de Dylan. Amanece en ruta. Cuando la música deja de ser eso que hacías para divertirte con tus tres amigos suceden otras cosas. Algunas bonitas, otras mala suerte. Me alegro mucho de ver al Chino, a Juanca, a Pope y a Jaime con ganas de seguir viviendo. La música siempre nos palpita. En el arcén, en el silencio, con el viento de cara. Y no pide nada a cambio. Todo lo contrario que la carretera.

Ilustración: Ryo Takemasa