El verano regresa, como siempre lo hacía siendo niños. Si uno se detiene a pensarlo, no hay nada bueno en la estación más cálida. La gente se viste con chanclas, sus playas de táperes y turistas, el calor del tiempo y los paseos de noche hasta la nevera. Cierto, algunos tienen vacaciones, pero las vacaciones impuestas dejan siempre una sensación amarga, traen el miedo a ser como los otros. De lo contrario, nadie necesitaría un descanso tras las vacaciones. Solamente las tardes de verano cumplen su promesa. Si se esconde el sol, vendrá la lluvia, si llueve habrá aire fresco para todos. Las tardes de verano se repiten, duran poco, como todo lo bonito de la vida lejos del invierno.
Nos enamoramos en las tardes, cuando la arena deja de quemar o quema poco, cuando las cigarras se cansan de querer aparearse. En ese momento, muchos doblan las toallas, las mareas se retiran y, en los pueblos, los niños montan en bicicletas heredadas. El blanco de la ropa brilla, los campos de cebada son las olas de los campesinos, el mundo, sea lo que sea, nos da tregua, nos prepara para dormir envueltos en sudor y sombras. Puede que la vida sea fácil en verano. Sería imposible vivir sin esas tardes.
Fue hace muchos años. Eran las siete de la tarde. La luz chocaba de perfil contra las piedras de un monasterio a las afueras. Ella vestía de blanco. Yo quería quitarle todo lo que llevaba encima. Ella miraba el cielo entre las ramas. Hicimos cosas de adolescentes bajo una higuera, tumbados encima de sus frutos. A eso no se le puede llamar sexo. Besos y descubrir lo que vendrá más tarde. Inocencia. Le conté mi hazaña a los amigos. Nadie me creyó. Así son las tardes de verano, un sueño interrumpido, la única razón para seguir viviendo hacia delante. Disfrutadlas.
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Ilustración: Claire Gastaud