Los años nuevos. La primera parte de la serie de Rodrigo Sorogoyen me ha dejado pfff. Pero admito que el problema es mío. Sorogoyen, faquir de las primeras veces, los silencios y la lírica orgánica (con Benjamín Prado fuera de plano), rueda un mundo que, dicen, rezuma verdad. Sin embargo, soy incapaz de distinguirla de un paseo por los pasillos del super, como si hubiera filmado mi vida (o la tuya) a lo largo de los años (con una cámara carísima) y la expusiera dentro de un cartón de huevos. Reconozco la humanidad y el pulso del artista. Reconozco que me da grima mirar. Pues ahora hay parte 2.
La cotidianidad que propone Sorogoyen está cargada de intenciones esencialmente humanas, monstruosas. Todo avanza como la erosión de una piedra, con la sensibilidad del poeta de lo mínimo que observa el milagro de la vida en la espuma del fregadero. «El tuyo es un problema de sensibilidad», me dijo mi amigo Pablo. Será eso. Aquí, el tedio nace con el primer polvo con condón, crece con la pareja, metáfora del aburrimiento, y muere sin clímax, en una acumulación de momentos leves que amenazan con disolver la nada. Y nada de explosiones. Como mucho un lamento.
No he sido capaz de ver la belleza en gris Full HD, en lo apenas perceptible. Sorogoyen me pide que me quede quieto y deje el móvil, que me deje hipnotizar por el goteo constante de los seres humanos, ahora tristes, ahora contentos. Y yo, paleto y obtuso, necesito que el mundo susurre algo que debo descifrar solo y sin ayuda. Los años nuevos me enfrenta a mi manifiesta incapacidad para aceptar mi vida vieja (o la tuya): rutinaria, diaria, sin garantías de trascendencia, y también a algo peor: la certeza de que el problema no es lo que veo, sino mi resistencia a querer verlo.

Totalmente de acuerdo. Esto de filmar escenas cotidianas «que todos tenemos», se ha convertido en algo exótico. Y estos directores han visto el filón.
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A ver, Bergman lo hacía, pero hemos llegado a un punto en que ya es como las pelis de la Guerra Civil española… Y buenos cheques.
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