La soledad nos enfrenta a la peor de las realidades: nosotros. Estando solos ‒sentirse solos es otra cosa‒ nos vemos forzados a escuchar esa voz que los demás apagan, una voz que habla de nuestro deterioro físico y la incapacidad para adaptarnos al cambio, de lo poco que nos gustan las aglomeraciones y lo mal que llevamos el silencio. Sin nadie cerca somos un rastro de la gente a la que queremos, un animal perdido y bien alimentado. Frente al miedo, el nosotros se convierte en un yo, y ahí recurro a la música y los libros de siempre, a un recuerdo de ella.
La música que escucho ahora es la de mi adolescencia. No porque sea la mejor, tampoco la más interesante, sino porque atraviesa el espacio y abre la puerta de un refugio que, a diferencia de mi cara, permanece intacto, lleno de pósters de guitarristas en las paredes y una ventana al campo. Si fui feliz en algún momento fue en ese cuarto. Y aún puedo. El mismo ritual de los casetes escritos con bolígrafo. Distinto tiempo. Ajusto los iPods y aparecen flores en la lista de mi pecho.
Sucede lo mismo con los libros. Recurro a Marías en PDF, a párrafos de Nicanor Parra o Joan Didion, al marinero que perdió la gracia del mar, textos que reconozco de otra forma al releerlos, que me recuerdan lo que puedo ser y sentir estando solo, que ignoran la fuerza de la gravedad y la caída. Luz de septiembre del 2024. Una mañana de niebla. En el horizonte había un barco. El sol apareció de pronto, una uva resplandeciente. Desapareció la niebla. Desaparecí yo. Aparecimos nosotros frente al agua, sobre la arena de un verano que vuelve hecho refugio.

Ilustración: desconocido.
No hay refugios seguros Estimado Vidal. Solo existen aquellos que les insuflamos nuestra vida. Yo últimamente practico el café en un bar donde se ve la rambla (y las conversaciones de los parroquianos fluyen sin cesar) Un abrazo. Hoy te paso el link por «acá» Juan
https://masticadores.com/2025/02/22/mis-refugios-by-javier-vidal/
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Esos refugios son imaginarios, por eso recurrimos a ellos. Si no existen entonces nos gustan más. Menos el café y tu Rambla, claro. Gracias, querido.
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