Reencontrarse tiene algo de descubrimiento. El tiempo pasa mal, cada uno mira hacia su lado y un día, sin quererlo, un espacio congrega a los amigos, normalmente una mesa de restaurante, últimamente temprano. Todo comienza con la advertencia de alguno, quizás dos, «no estoy para menús de 80 euros», «mañana trabajo», cada uno a lo suyo, cada uno un poco incrédulo y encerrado en sus manías, que no son más que repeticiones de actos para sentirnos menos solos dentro de nosotros. Superado el escollo —la camarera espera junto a una planta de interior—, el nudo se deshace, las caras cambian con los platos llenos de comida, el alcohol favorece el tránsito de emociones y una amistad convertida en un rato perfecto.
Lo bonito de los reencuentros es que son cotidianos e únicos, pasan rápido o muy rápido, suceden en Madrid o en Santo Domingo de las Posadas. A veces, la razón del reencuentro responde a una tragedia, otras, quizás más numerosas, se trata de verse, echar un rato, hablar de la concentración de azúcar en una botella de champagne, recordar lo sucedido cuando creíamos ser reyes, pensar en comprar una casa para cuando seamos viejos y lentos, recorrer la parte menos transitada de un mundo también viejo, pero demasiado rápido. Nos separamos para reencontrarnos. Nos reencontramos para ser felices.
Cuanto más perdemos más valoramos los reencuentros, como si la única forma de seguir hacia delante fuera detenerse y compartir el aire. Hay algo profundamente humano en compartir las penas y las alegrías, en poder ser nosotros sin temor a hacernos daño. Hasta hace poco era incapaz de actuar con naturalidad en estas ocasiones, ahora, después de muchos meses de distancia, me doy cuenta de que la única forma de esquivar la locura y la mala soledad consiste en reencontrarse con gente querida que es, de una manera un poco extraña, reencontrarse con uno mismo. Nos vemos pronto y aquí abajo.

Ilustración: Simon Bailly