«Me gusta, me emociona que se le haga el homenaje. Sin embargo, me gusta poco el homenaje. No lo sé explicar». Este comentario perdido entre cientos de respuestas a la versión de Extremoduro en la voz del cantante de Siloé es, probablemente, la clave de todo. Porque esto no va de técnica. La canción está bien tocada, afinada, suena limpia… Y no cuenta nada. La musicóloga Victoria Malawey, en A Blaze of Light in Every Word, escribe precisamente sobre esto al analizar por qué ciertas canciones parecen resistirse a las versiones.
Hay artistas cuya voz, respiración o fragilidad forman parte inseparable de su obra. La emoción trasciende su respiración, vive en la tensión de una sílaba, en su forma de escupir saliva, en el cansancio vital del que las escribe. Hay canciones donde el intérprete no transmite la emoción, la sobrevive, y ese espíritu o personalidad se pierde al reproducirse lejos de su contexto original. Ocurre con las canciones de Elliot Smith, Radiohead y, por supuesto, de Robe. Al separarse la carne del hueso, la versión, lejos de proponer una nueva lectura, produce rechazo; o peor, indiferencia.
¿Y si Ama, ama y ensancha el alma fuera algo más que una canción? La original contaba con una producción modesta y un cantante con la voz torcía. Sin embargo, elevaba, convertía unos pocos versos y acordes en una pedrá. Con la versión, la pedrá se hace cantante. Y el cantante se hace arena. Las canciones de Robe ya eran el homenaje que nos merecíamos. Porque muy pocos pueden acercarse a la intemperie en la que nacieron sus canciones.
Escribo mucho.
No es para todo el mundo
(sin spam, sin frecuencia fija)


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