Cómo desaparecer completamente

Hace 20 años se publicaba “Kid A”. Y, como siempre que una obra maestra es alumbrada, nada cambió. De hecho, desde aquel día, el mundo no ha hecho más que deshacerse por los polos, biodegradarse por obra y omisión de sus más ínclitos habitantes, lo que viene a poner de manifiesto, una vez más, el poder personal e intransferible de la música. La noticia a día de hoy, además de que Trump se ha librado de una muerte añorada por muchos, es que sus 50 minutos de duración se adaptan perfectamente al signo del presente, un tiempo para cerrar las cortinas de la habitación, encender un cigarrillo imaginario y desaparecer completamente.

Porque las canciones del cuarto trabajo de Radiohead hablan de una mente ansiosa, de la melancolía infinita, con su bilis Super Glue-3 y sus cajas negras repletas de ortigas, del humor como recurso ante el vacío y de la necesidad de escuchar música cuando las cosas dejan de tener sentido. Será porque fue escrito en un momento en el que Thom Yorke luchaba contra el espectro de la popularidad. Ante semejante demostración de sentido común, Michael Stipe le recomendó por teléfono que repitiera el siguiente mantra: «No estoy aquí. Esto no está ocurriendo». Y escribió un disco.

Lo más extraño de todo es que, dos décadas después de su parto, escucharlo de nuevo produce en nosotros una sensación parecida al júbilo, como si de pronto fuera posible mover los huesos rodeados de desconocidos y compartir vaso, besos, sudor y algo parecido al amor lúbrico. Así es como uno llega a la conclusión de que las canciones tristes siempre nos ponen de buen humor. Las malas, tristes. Oda a la vida, oda al chico A.

¿Qué discos te llevarías a una isla desierta?

Es curioso que responder a esta pregunta sea una cuestión realmente difícil en estos días, y no precisamente por la escasez de música disponible, sino más bien por la imposibilidad de encontrar una isla desierta en un mundo masificado en pleno julio.

Y es que, tras rebuscar en Internet sobre los motivos que llevaron a Roy Plomley —creador del programa “Desert Island Discs” en la radio pública inglesa allá por 1942— a plantearse semejante disyuntiva en soledad, la mayor parte de los tres mil invitados a la emisión, pertenecientes al mundo de la cultura, la política y la ciencia, eligieron mayoritariamente la Sinfonía No. 9 en Re menor de Beethoven y el concierto No. 2 en Do menor de Rajmáninov. ¿Casualidad o algo previsible?

Lo que no queda claro, a pesar de que la imagen de uno durmiendo la siesta (en pelotas) entre dos cocoteros sea una constante en verano, es por qué habríamos de cargar con una maleta de discos en lugar de llevar un crucifijo, un mechero Bic o un bote de Aftersun tamaño familiar.

La razón quizás tiene que ver con la capacidad de las canciones para amplificar en nosotros la tristeza y el miedo, revivir en la epidermis la emoción de esa primera vez, sensaciones etéreas que se concretan en una vibración cuya frecuencia fundamental es constante y que, de manera similar a las palabras pero desprovistas del componente activo que implica concentrarse en algo, nos elevan por encima del banco de arena náufraga para depositarnos justo al lado de aquellos con los que compartiríamos un baño eterno en aguas turquesas a veintidós grados centígrados.

Porque, quieras o no, escucharKid A de Radiohead en una isla desierta implica arrastrar contigo todo el universo.

Radiohead, radiojed

Radiohead, radiojed. Da igual las veces que lo repitas dentro de tu cabeza. Estas dos palabras —sacadas de una canción del grupo neoyorquino Talking Heads— representan (sin querer) una enorme extensión de incógnitas con un denominador común: «la libertad es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír».

Después miro las caras de esos cinco chicos de expresión triste, casi ausente, miembros del que sin duda es el grupo de música más importante de los últimos treinta años, y cuesta entender de dónde viene esa capacidad innata para que suceda todo aquello a lo que aspira cualquier músico… sin tan siquiera intentarlo.

Porque el espíritu de esta banda indescriptible, mitad sublime, cercanamente inalcanzable, mitad de un futuro mucho mejor, recorre los bastidores de las canciones del resto, “grupitos” que intentan escribir música mirándolos a ellos, sin preguntarse quiénes son en realidad, es decir, por las razones equivocadas. Y no es el éxito, ni tocar delante de miles de personas en otro festival, no. El verdadero músico no nace ni se encuentra, simplemente se construye, de la misma manera que la materia se transforma.

Resulta que todavía se atreven a seguir sorprendiéndose(nos) y en lugar de recuperar unas cintas robadas a cambio de un “rescate” de 150.000 dólares las cuelgan en Internet durante 18 días, los mismos que lleva lloviendo en la ciudad inglesa de Wellingborough, lugar de nacimiento de un niño más bien feo llamado Thom. Los demás, periodistas musicales, amantes de la belleza, ladrones de bicicletas y vendedores de carne, sentimos que ha llegado la Navidad en pleno mes de junio simplemente dando al play.

Radiohead, radiojed… y el mundo, de repente, es un lugar menos extraño.