¿Qué habrá pensado el eclipse al vernos? Algunos lloraban de emoción. Otros se desplazaron miles de kilómetros. Otros llevaban semanas, meses preparándolo: calcularon el lugar preciso, la hora justa, el minuto, prepararon una rampa, el ángulo más estético, cámaras y fotógrafos. Sin darse cuenta, quisieron ser protagonistas frente a un fenómeno raro y, por lo tanto, hermoso.
El eclipse, sin embargo, no vino a verlos a ellos. No conocía sus nombres, ni cuánto habían pagado por el viaje, ni cuántas semanas o meses llevaban preparándose. Tampoco sabía nada de la rampa ni del hombre de la cometa que cruzó el horizonte en el instante exacto. No sabía que había cámaras ni fotógrafos. No sabía siquiera que estábamos allí.
Queríamos que el eclipse ocurriera detrás de nosotros. Que nuestra silueta apareciera delante de un cielo apagándose. Que la fotografía demostrara que, como casi siempre, estábamos allí. No bastaba con mirar por detrás de unas gafas. Había que aparecer mirando.
El eclipse desapareció por donde vino. Sin avisar siquiera.


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