Música Morricone

Hoy ha muerto Ennio Morricone y con él desaparece un músico eterno. Lo que en principio podría parecer el acto lógico de un viejo de 91 años, se convierte en tragedia, precisamente porque solo unos pocos son capaces de congregar en torno a su legado algo parecido a la sombra de la unanimidad. Y es que es posible encontrarse con críticos de la obra magnética de este hombre inclasificable, pero lo hacen para dentro, negándose a aceptar que sus bandas sonoras representan algunos de los destellos más brillantes del siglo XX.

Así es como en su oído los fotogramas se convierten en algo parecido al amor o el miedo, la fe o la cercanía de la muerte, y un páramo en Almería se erige en el centro de la huella de Clint Eastwood y América es el patio de recreo de unos gánsters con acento siciliano. Porque, ¿qué cuentan sus partituras? La historia personal e intransferible de un romano al ritmo del ventrículo de millones de personas.

No recuerdo quien fue el que dijo aquello de que, en realidad, no nos importa la música, sino que nos sentimos vinculados a determinados momentos de nuestra vida asociados a una canción en particular, intercambiable en función de cada uno. En el caso de Ennio Morricone sucede todo lo contrario. Gracias a él por fin el sonido de la música importa. Y el mundo llora su pérdida en silencio.

No puedo respirar

George Floyd murió en el asfalto de Minneapolis con la rodilla de un policía en la cabeza. Le detuvieron por ser negro y parecer sospechoso. Después le esposaron, fue reducido y, delante de varios testigos, su corazón se paró. Bueno, más bien lo pararon entre un «no puedo respirar» y varios «por favor, por favor». Ocho minutos, ese es el tiempo necesario para que un gigante se convierta en cuerpo inerte. Ahora la ciudad arde porque la muerte en estos casos no se puede digerir. Aunque tampoco sea digerible en otra circunstancia.

George Floyd ni siquiera levantó la voz. Incluso mantuvo las formas a medida que perdía el conocimiento, como si de alguna manera supiera que no serviría de nada. O incluso algo peor. Si se hubiera resistido habría muerto antes, fruto de un disparo y un número de placa, siempre bajo la sombra de una ley que parece ir en contra de los que menos tienen. This is America.

George Floyd no era Christian Cooper, el hombre al que la policía buscaba por amenazar a Amy Cooper, una mujer blanca con un perro. El video es aterrador y, sin embargo, habitual, profundamente doloroso y al mismo tiempo incluye un gesto dulce, como si despedirse de la vida fuera ese párpado cerrándose para siempre. Ahora sí, ahora no. La muerte roza la perfección cuando no se hace justicia. Descansa en paz, George; vivimos en guerra.

Ilustración: Hippy Potter

El mundo según Joe Exotic

Ahora que el tiempo es una variable extraña y remamos en un presente errático de recuerdos y festivales perdidos, es el momento perfecto para zambullirnos en la ficción de los libros, en la relación con nuestra pareja convertida en compañero de celda o en “Tiger King”, una serie de Netflix que es, por méritos propios, la versión palurda de un drama shakesperiano ambientado en la América profunda, a grandes rasgos España a día de hoy y desde hace cuarenta y nueve días.

La premisa es la siguiente: “Si hay más tigres en los patios traseros de Estados Unidos que en libertad, ¿qué puede salir mal?”. Pues todo. Para confirmarlo ahí tenemos a Joe Exotic —una mezcla de Belén Esteban, el comisario Villarejo y el Banano pasado por un filtro rosa— dueño de un zoo en Oklahoma y obsesionado con Carol Baskin —animalista de turbio pasado—, las armas de fuego, los piercings en la ceja, los likes, el tinte y el amor polígamo. Y claro, como la realidad supera siempre la ficción aquí hay más villanos y muertes que en las ocho temporadas de “Juego de Tronos”.

El caso es que, poco a poco y a este lado del charco, encontramos a muchos políticos que adquieren la forma fieramente humana de Joe Exotic, sus maneras, esa bilis convertida en metralla, incluso el estilismo virtual, olvidándose de que una gran parte de los ciudadanos, y por primera vez en mucho tiempo, han venido a ver correr a los guepardos y las panteras, no a los supuestos dueños del zoo. Será que en cautividad somos incapaces de evadirnos de nosotros mismos.

El futuro de congregar masas

En en la industria musical, América siempre fue por delante. Asimiló rápidamente el modelo capitalista anglosajón, lo aplicó en un vasto terreno con más de cuatro puntos cardinales e hizo del ‘fordismo’ su estilo de vida Marlboro, a medio camino entre las chicas de California y los inviernos perpetuos de la costa este. A día de hoy, con el mundo convertido en un respirador y una globalización muerta de éxito, los músicos americanos han sido los primeros en despedirse de su modo de vida… y plantearse otros.

Y es que el futuro de aquellos que congregan a las masas es una incógnita que se va despejando a blancas con puntillo. Los deportistas pueden jugar a puerta cerrada, los políticos expulsarán bilis desde tribunas de plasma y los músicos americanos, sabedores de que sin público no hay pan, anuncian sus servicios como profesores particulares ‘online’, se desprenden de algunas guitarras caras para la manutención de sus hijos y programan sus vidas errantes a partir de 2021.

La decisión de convertirse en músico implica una voluntad férrea de ir a contracorriente, resistirse a asumir el éxito como malentendido y, a pesar de todo, sigue atrayendo a sus costas a millones de jóvenes que hacen de la precariedad y la diversión un digno binomio. Estoy expectante por ver cuál será la solución en España, asistir al milagro del silencio convertido en una nota, en vida y canciones. Recordad que sin música enloqueceremos todos. Todos.