El día que mi despertador fueron los pájaros

La ciudad nos ha devorado. Tanto es así que ni siquiera somos conscientes de su estructura interna, boca deforme compuesta por infinitos nervios ramificados que, mucho antes de la llegada de Zara, confluían en el centro urbano, amurallado o no, del que partían los rebaños de ovejas, ahora turistas ávidos por hacerse una foto junto al muñeco de Winnie de Pooh. La bestia anda suelta y está en nosotros.

Porque aunque no lo sepamos, los núcleos urbanos inventaron el concepto de naturaleza, una quimera con aspecto de vergel —sin plaza de garaje— delimitada por un cielo entre montañas, a salvo del yugo de las prisas, el humo y el hormigón que, progresivamente, desaparece ante nuestros ojos, sometida por el peso de la presión demográfica con aspiraciones “normales”; ya se sabe, una casita en la playa, viajar en agosto, quizás un huerto…

Ahora hay más bicicletas, los patinetes adelantan a los viejos malhumorados de las aceras, el calor expulsa el veneno que recorre sus arterias, y expediciones de coches esperan pacientemente su turno para el merecido descanso, mejor cerca del mar, plástico salado en el que meditar naufragios de buques con todo vendido.

Aquella mañana fui consciente. Había dejado atrás la ciudad para adentrarme en la pausa publicitaria del pueblo. Me desperté sobresaltado por las campanas de la iglesia y el trino de los vencejos, las chovas de pico rojo y los pardales. Cerré la ventana de mi habitación y regresé a la cama. Ahí tumbado, con el sudor resbalando por mis sienes me di cuenta de que, sin querer y en apenas veinte años, los charcos en los que ver mi reflejo estaban secos, había intercambiado estrellas por CO2, paisajes por patios interiores, soles por relojes. Y la libertad se transformó en añoranza.

La ira como motor del cambio

Es cierto que el amor, no confundirlo con el enamoramiento y su flor de pasión, nos empuja a tomar, sino las más trascendentes, al menos las decisiones mas fieramente humanas de nuestras vidas: envejecer frente al mar junto a la misma persona, levantarnos todos los días con el sol para garantizar el presente y el futuro de los más pequeños, escribir canciones que perduren más allá de la próxima glaciación planetaria…

Por el contrario, el miedo nos lleva al pánico, un callejón sin salida que nos convierte en un eslabón más de la cadena, la herramienta ideal de ese poder fáctico que consigue modelar a un ciudadano poco crítico —simple amasijo de carne y tendones desprovisto de masa gris— y establecer la inacción como norma. Y el pánico nos lleva al dolor.

Entre medias del amor y el miedo surge la preocupación, un estado de inquietud rayano en la angustia que, de persistir en el tiempo, desemboca en la depresión y, en el peor de los casos, en el suicidio por la ingesta de pastillas. Porque a veces la batalla se pierde y otros continúan en las trincheras del día a día y la paroxetina…

De entre todos estos estados del alma surge uno que cuenta con la incomprensión de la mayoría, quizás por la enorme cantidad de cadáveres que dejó a su paso, pero poseedor de una capacidad inaudita para cambiar tu realidad, y por lo tanto la realidad de todos los que te rodean. En lugar de reprimirla y empujarla al pozo de tu psique puedes mirarla a los ojos, mantenerla cerca de tu ventrículo y lejos del odio, sacarla a la calle y que grite, que diga que no, que no le gusta lo que veis y que juntos apuntalareis vuestra casa, el barrio, vuestra ciudad, el mundo. Porque si la naturaleza, la expresión más elevada de la belleza desprovista de magia, demuestra en ocasiones su poder de destrucción, tú puedes emplear la tuya para todo lo contrario. Y la ira se transformó en amor, por ti, por mí, por todos los demás.