Love of Music, Love of Lesbian

El concierto de Love of Lesbian del pasado sábado, experiencia pop entre mimbres científicos para 5.000 personas sin distancia y con baile, ha servido para muchas cosas: sacudir la nostalgia, plantear alternativas viables y, por encima de cualquier otra cosa, polarizar aún más el debate. Como siempre la música —intercambiable con el cine por su dependencia de la variable tiempo y el esfuerzo en grupo— recibe las embestidas desde todos los frentes. Unas veces por la falta de transparencia en sus acciones, otras por su consideración de ocio frente al arte “serio” y, en este caso en particular, por contar con un enemigo irreductible entre sus filas: el propio colectivo.

Poco importa que sea el único sector que ha demostrado una firme voluntad por adaptarse. Incluso ha renunciado a su razón de ser, la congregación de masas, para que la música siga sonando, aunque sea bajito y falta de sal. Será que la apatía ha ganado la partida y la corrección política propone paciencia hasta que desaparezca el último contagio. Por desgracia para los más críticos y a lo largo de los siglos, la música ha pretendido imitar el pasado como parte de su evolución. Ahora que que realiza una propuesta de presente y futuro, vuelve a ser demonizada. Nada nuevo; mundo viejo.

Por lo demás, queda por resolver una cuestión que parece quedarse fuera de la bronca en torno a un grupo tan popular como Love of Lesbian. ¿Qué va a suceder con la clase media, media baja y las bandas noveles? La respuesta es tan desgarradora como evidente: lo tendrán aún más difícil, más que nada porque la música también es lo que sucede en los locales de ensayo, en las salas vacías y los clubes. Y sí, hay una diferencia evidente entre un tren o un bar abarrotado y un estadio con aspecto de hospital en sus accesos: el propósito. Otra cosa es el silencio.

Ilustración: http://www.thomashedger.co.uk

La vida de la música en vivo

Ahora que sacar un disco se ha convertido en un acto intrascendente o si ocupa más de lo que desaloja sólo lo hace un rato, es la ocasión perfecta para recuperar grabaciones en directo, momentos de vaho, escaramuzas de baño que resuenan en una memoria a muchas bocas. Es ahí, donde confluye el pasado más reciente con el futuro menos letal, donde podemos recuperar sensaciones, quizás perdidas, pero nunca varadas. Elige el que tú quieras, B.B. King Live at the Regal, Bill Evans Trio “Live”, The Allman Brothers at Fillmore East, Live Drugs o Johnny Cash at Folsom Prison… Ahí está presente lo que ya no es en vida: humo en círculos de led, aplausos sin política, hielos dentro de bolas de espejos y la promesa de un mundo que es mejor si nace y muere repitiendo el estribillo.

Se trata de un acto sencillo y al mismo tiempo sumamente rudo por todas sus implicaciones. La única condición es no hacer nada mientras. Apaga la luz; túmbate en la cama; ajústate los cascos, a poder ser de esos que hacen un vacío de ventosa; aprieta el play y no des cuerda a las pestañas. De pronto, la oscuridad cambia de propósito y hace acopio de recuerdos libres de nostalgia, precisamente porque dejan de ser memoria para darle forma al aquí y ahora. Y sí, es verdad, no hay nadie más contigo, pero tú estás con todos los demás mientras la banda toca. Vivir con ojos cerrados es fácil, sin música atropello.

Y llega la caída, libre. Y puedes llorar si lo deseas. De rabia o amor, de pena o risas, tú decides. El tiempo tiembla, el cóndor pasa, y la música puede ser guerra o un recién nacido dependiendo del tiro y su distancia. Mejor quedarse con lo bueno habido y lo bueno por haber que es mucho, suena a gloria y perpetúa nuestro bien más preciado: rasgar la noche eterna con la seda hecha canción en carne viva, ¡vives!

Ilustración_ https://www.lil-tuffy.com/

Condenar a la cultura sale gratis

Pasan los días y la cultura se desangra. Poco a poco. Porque resistir cuatro meses es factible. Hacerlo más de seis, una quimera. Mientras tanto, las familias pierden la poca inercia acumulada, y reducen su velocidad hasta ahogarse. De ahí que comiencen los reproches. Primero contra Taburete por imprudencia temeraria, luego contra Rozalén por congregar a las masas sedientas de circo, más tarde ya veremos. De manera ordenada, el público que asiste a los conciertos va cambiando. En julio, daban palmas a contratiempo. Con el otoño a la vuelta de la esquina agitan sus joyas en las noches tibias. Y la luna se confunde con las perlas cultivadas bajo el mar.

El 17 de septiembre, los trabajadores del mundo del espectáculo han convocado una gran movilización repleta de medidas tan necesarias como urgentes. Sin embargo, faltan caras reconocibles, ídolos y rutilantes estrellas adheridas a un movimiento eminentemente proletario. Será porque esas voces ausentes tienen cosas más importantes que hacer, buscar su propio grito, eludir responsabilidades de adultos con hipotecas. ¿Cómo mejorar un mundo dislocado si bastante tienen con sobrevivir en su universo personal e intransferible, el mismo que nos contrae los músculos erectores del pelo?

La infantilización de la sociedad va en nuestra contra. Tampoco ayuda que el sector esté repleto de conductores que sueñan con ser guitarristas y técnicos con alma de compositores eléctricos. La industria musical en España, esa que emplea a miles de trabajadores, es brillo y azúcar, velocidad de crucero forzada. De ahí que, cuando se para en seco, huela a podrido y sus caras más visibles rehusen a tomar el mando, dar un paso en dirección al futuro y sacar al ministro de la sauna. Hace falta mucho coraje para hacerlo, tal vez penar. A los demás nos falta imaginación para salvar los muebles y por eso, en este país y en otros muchos, condenar la cultura sale gratis. Menudo hostión.

Ilustración: Ken Price