Una segunda ola de bajón

El final de septiembre siempre se nos hizo bola. Las primeras lluvias marcan el cambio de estación y las pieles, poco a poco, recuperan ese color típico de las paredes recién encaladas. Además, a casi todos nos toca regresar al trabajo —si es que alguno está empleado a estas alturas—, y los primeros grises que anticipan el invierno comienzan a formar parte de la decoración del día a día. Para rematar el cuadro, a todo lo anterior hay que añadirle una segunda ola de contagios ya prevista, aunque expulsada del subconsciente colectivo por una simple cuestión de cordura. Bueno, pues es oficial. Y además se multa en las zonas confinadas.

Lo más curioso, sin contar la previsibilidad del fracaso entre ciencia y resultados a corto plazo, resulta comprobar —o puede que sólo sea una impresión de la ignorancia— que nada ha cambiado desde marzo. Nada excepto que ahora no hay quejas por el precios de las mascarillas y que éstas se han convertido en un complemento imprescindible junto a los condones y los pañuelos pa´ las lágrimas. Así, el «todo fluye, todo está en movimiento y nada dura eternamente» suena a la parrafada de turno de un borracho bautizado Heráclito. Será por culpa de Ayuso, o de Sánchez, o de Ayuso, o yo qué sé.

Hace meses que resulta complicadísimo vivir en el presente, que el pasado es el único búnker fiable. En cuanto al futuro, se trata de una variable petrificada en algún punto entre el verano-verano de 2021 y el otoño de esta civilización moderna. Cuando llegue, si es que lo vemos, nos dejará la extraña sensación de que llegó demasiado rápido.

Ilustración: https://www.adesantis.it/

Las pajas a escondidas

Ahora que todo apunta a que el fin del encierro es una teoría escrita a tiza sobre un espacio-tiempo difuso, muchos de nosotros —y ante las nulas expectativas de empleo en los próximos meses— hemos decido limitar nuestro universo a una habitación, salir a la calle solo para hacer pis y perfeccionar ciertas técnicas abandonadas por el ajetreo de un día a día que ya no es tal, sino simple repetición. Así es como desde hace semanas un onanista consumado como yo y miles de españoles con pareja nos dedicamos a perfeccionar las pajas a escondidas.

Y es que nadie dijo que “disfrutar” del confinamiento en soledad fuera fácil, pero tampoco lo es compartir cada segundo con la persona correcta, la misma que entre el desánimo y las estaciones invisibles adquiere la forma de ese compañero de vida eterna al que burlar. Poco a poco, un juego con final feliz imita un modo de vida en el que cualquier resquicio es aprovechado para mejorar una técnica milenaria. Aquí no se trata de correrse, más bien de buscar nuevos retos.

Hace dos meses el momento elegido era la noche. Después intercambiamos oscuridad por luz blanca y comenzamos a aprovechar los minutos de descanso que daban bajar la basura o ir a comprar mascarillas. Ahora la satisfacción está en el riesgo, hacerlo pared con pared o mientras hace una videollamada al otro lado de la cama. En momentos de cólera generalizada tocarse nos garantiza dos cosas: hacer el amor con alguien que amamos y la sensación insuperable de hacerlo con alguien amado cerca.

Ilustración: https://designsbyduvetdays.com/

¿A follar que el mundo…?

Ir al supermercado evitando tocar los picaportes, superar el paso de los días sin rastro de la iglesia o la presencia de un dios menor, resistirse a la influencia del pijama, convertido ahora en prenda de día, tarde y noche… Nuestra realidad ha cambiado tanto en tan poco tiempo que algunas actividades cotidianas se han convertido en verdaderos actos de fe. Sin embargo, entre todas ellas hay una que antes era reina y ahora leyenda urbana. Y es que si el mundo se va a acabar, ¿por qué aquí no folla nadie?

No se trata de culpar al distanciamiento social, pero en momentos así las parejas confinadas en casa se ven envueltas en un reparto de tareas tan abrumador que al final lo terminan dejando para después de la cuarentena. Es más, la posibilidad de contagiarse —alguno de los dos tiene que bajar a por víveres— convierte el mero intercambio de saliva en una actividad de riesgo y claro, hacerlo a cuatro patas nos lleva a pensar, indefectiblemente, en el pangolín, el misionero es la postura preferida del murciélago y el sexo oral es eso, simplemente oral: «Cariño, ahora no que voy a aplaudir un rato».

Por otro lado, es comprensible la pereza que les da a muchos solteros el ‘sexting’ cuando por fin tienen tiempo de aprender a tocar el ukelele como Carlos Sadness —joder, qué tristeza—. ¿Y qué decir de enviar fotos en pelotas si, precisamente ahora, estamos más gordos que nunca? Las notas (guarras) de voz quedan descartadas porque, si hay cientos de personas muriendo en los hospitales, la plegarias y citas apocalípticas ganan la partida al flujo y al ardor. En definitiva, toda una vida deseando tener tiempo para follar más y mira, todo lo contrario…