Coque Malla en el Wizink

El sábado pasado, Coque Malla vendió todas las entradas para su concierto en el Wizink. Había tanta gente que era inevitable pensar en lo que sentiría un músico que ha convertido la persistencia en una constante y vital huida hacia delante, precisamente porque sabe que detenerse en lo que una vez sucedió no puede más que significar una sola cosa: perderse el ahora, olvidarse de que aquel hombre con la cara de un niño ha crecido tanto que la muchedumbre vuelve a llenar estadios para verlo, y de paso creerlo.

Esa misma mañana le dije a Coque que para mí el éxito es algo extraño porque muchas veces no es fácil de entender. Él me preguntó por qué decía eso. Me limité a contestar que hay algo divino en congregar a tantos miles en un mismo lugar y, sin embargo, sucede cada día. En cambio, no a todos los músicos les sucede cuando toca, y mucho menos cuando así lo esperan.

Ya ha pasado. El Wizink despertó esta mañana entre la bruma y, muy probablemente, Coque haya hecho lo propio. Se habrá deshecho de los restos de purpurina, enfundado sus New Balance, llevado a los niños al colegio y, con un gran esfuerzo, habrá recuperado la senda del músico que se siente un poco más hombre sobre el escenario de una sala vacía, del teatro Arriaga o de un estadio. Quizás lo del sábado ni siquiera fue la consecución de una trayectoria sin un solo borrón y algunas sombras, sino el primer paso de una carrera que lleva recorridas varias vidas dejando el pelo intacto y un repertorio eterno. Enhorabuena, Coque; enhorabuena a ese enorme corredor de fondo.

El año fresco

Parece que lo hemos conseguido. A pesar de todos los esfuerzos por dividir el espacio común a cada golpe de viento, por esquilmar el oxígeno restante, los diamantes y el marfil, parece que llegamos a la culminación del año —mal que nos pese— con la sensación de que mañana, aunque parezca mentira, puede ser mejor. Y no se sabe muy bien si responde a un truco de la imaginación o que dentro de nosotros, ¡oh, estúpidos humanos!, una llama, pequeñita pero firme, se niega a apagarse del todo a sabiendas de que un año fresco implica decir adiós a las armas, morirse muchas veces mucho.

Así es como en noches como esta nos da por hacer brindis de espaldas al sol, prometer, tal vez publicar balances que no le importan a nadie más que a algún seguidor triste, contar pelos en el lavabo o, como en mi caso, intentar recuperar el tiempo desperdiciado haciendo lo que mejor sé hacer: beber. Aquí que cada uno piense en la ebriedad de la manera más conveniente. Más música, menos balas, más cerveza, menos cuento, más poesía, menos ruido, más virtud y menos farsas, más morreos, menos humos, más entradas y salidas, un poco más tú, un poco más por ellos. Porque más es siempre más… y con música es al cubo.

Porque el 2020 merece romper la racha de victorias, celebrar las derrotas entusiastas de un instante suspendido con la imagen de algunas de las personas a las que acompañé y que son, al fin y al cabo, las que me acompañaron. De esta forma y, siguiendo los sabios consejos de un tal Cortázar, tendré su foto, no para acordarme de ellos cuando la mire, sino para mirarla cuando me acuerde de ellos. Tenedle fe al 2020… allá donde os pille estando ebrios.

Pelo

El pelo es un misterio. Y no solo porque su importancia sea inversamente proporcional a la función físiológica que cumple, sino porque poco a poco —los turcos son los principales responsables de esta deriva— ha ido adquiriendo una dimensión que lo envuelve todo, portería de Casillas incluida, superando al falocentrismo e incluso al amor o la amistad. Ahora un pelo vale un euro y cuanto menos tienes mayor es la pena que arrastras, como si de alguna manera su pérdida diaria implicara despedirse de la testosterona y por lo tanto de la dignidad humana. ¿Un presidente del gobierno calvo?… ¡Dios, qué asco!

Y la cuestión capilar viene de lejos: Sansón humillado por Dalila y la tijera, Medusa y sus siseantes víboras pilosas, Jesús de Nazaret a la diestra del padre con vello largo e hirsuto, Lady Godiva compitiendo con Rapunzel para dirimir quien de las dos lo tiene más largo y brillante, el de Brad Pitt y Coque Malla a los veinte, treinta, cuarenta, y los cincuenta… en fin, que si pretendemos proyectar confianza en nosotros mismos todo rima con cabellera. Además una hebra de carbón, oxígeno, nitrógeno y sodio nos aferra a la juventud, incluso si blanquea, impone respeto, levanta sospechas entre los envidiosos y se infla como un pulpo al darle con el secador… bien caliente.

Coco Chanel lo sabía mejor que nadie al afirmar aquello de que «una mujer que se corta el pelo está a punto de cambiar su vida» y a nadie se le escapa que los pelirrojos son castaños cuando sus ingresos superan los 50.000 euros al año. El puto pelo es alegría, salud por la privada, dinero, sexo tirante y ardor, y entre el bebé que fuimos y el viejo que seremos solo hay un espacio de tiempo con peinado a la última. Palabra de Oscar, mi peluquero, mi confidente, mi bastón, mi vida.