Acción-reacción en el Wizink

Caían manzanas a su alrededor y él elaboraba teorías revolucionarias. Mucho ha llovido desde Newton, pero aquella ley en la que «para cada acción hay una reacción igual y en el sentido opuesto» mantiene su amenaza, distinta gravedad en otro tiempo donde se intercambia fruta por bombas de vacío, física por sinrazones de guerra. Así, el equipo de Palermo ha tomado el testigo y organiza un evento en apoyo a Ucrania, un país que existe para lo que interesa mientras se desangra. En esa ficción seguimos, hasta que el día 10 de mayo, Miguel Ríos, Dani Martín, Coque Malla, Depedro, Morgan y muchos otros muy buenos, suban al escenario del Wizink Center. Todo en una noche, todo con una reacción: que la música sirva a su propósito de agitador pacífico y se recauden fondos destinados a la acción, la humanitaria y por lo tanto la vida.

Para los que no lo sepan, poner en marcha un concierto de estas características implica un nivel de producción inabarcable. Por esa razón, comprar la entrada antes de la fecha contraviene el enunciado de la primera ley del genio inglés: «Si sobre un cuerpo no actúa ningún otro, este permanecerá indefinidamente moviéndose en línea recta con velocidad constante». Sucede todo lo contrario. El movimiento se hace con un dedo en la página web, aquí y ahora. Magia.

Resulta que la vida sin música sería un error, pero aún más la música sin un fin más grande que ella misma. Si la política es el arte de encontrar problemas, entonces habrá que tocar muy alto y mirando al Este. Y así se enuncia la tercera ley, la del amor y la solidaridad, la de las canciones como territorio donde nadie puede hacernos daño, hasta que acaban. No nos moverán, acabará antes la guerra.

Mi nombre es Coque Malla

Y es que todas las giras acaban en Madrid, a pesar de que lo haga mañana en A Coruña. Así hemos ido avanzando en el oficio del teatro, un poco inconscientes y otro poco con ganas de librarnos —durante un mes solamente— del ¡un, dos, tres, cuatro! y ese rayo enviado desde el cielo por Chuck Berry. Porque lo que sucede en esa cámara oscura permanece suspendido en la mirada y la memoria, también cuando la luz se apaga. Quizás por eso deseamos regresar al único punto cardinal desde donde es posible matar a un león y verlo renacer con otras caras. «Extensión de la vida», dicen; también de la de un Coque Malla que se confiesa él mismo y al mismo tiempo todos los muchos contenidos en él.

Siempre solo, alumbrado y en penumbra, de negro hasta las botas, con Gene Kelly de telonero y West Side Story en las aceras del barrio de Las Ventas. Así vive un desarraigado que mira a América. Al volver a casa sólo piensa en irse otra vez, dejarse caer en los brazos de los suyos, que también son los del público, familia de cómicos todos ellos. Entre medias hubo varios naufragios, carne de serpiente y la soledad que contagian las calles inundadas de gente que sonríe.

Algo ha cambiado a lo largo de estas semanas de trabajo. Se instaló un ritmo, el del escenario, claro. Y sí, el nombre, el talento y el esfuerzo del autor son los que llenan las butacas cada tarde, sin embargo el hilo invisible de Patxi, Txisko, Fernando, Jose, Valentín, Beatriz, Miquel, Felipe, Javi, Isa, Pat y Morgan sutura las bambalinas, acota la escena y sirve de telón de fondo y forma. Todo fue accidental, que no accidentado, y por eso fue un privilegio formar parte de la mentira más maravillosa. Gracias, Coque; bienvenidos al teatro.

Ilustración: Valentín Álvarez

Lo que hemos envejecido en un año

Está claro; el paso del tiempo les cuadra a algunos. El resto debemos asumirlo lo mejor posible, un poco sin ganas y otro poco sin gracia, aunque convencidos de que algo bueno tendrá ser más viejo e igual de gilipollas. Sin embargo, en los últimos meses se ha producido un fenómeno demoledor entre toda la población —exceptuando a Brad Pitt, Coque Malla e Isabel Díaz Ayuso—: todos hemos envejecido en un año lo correspondiente a un lustro. Y no es porque nos veamos con menos frecuencia, que también, sino porque la pena, la estrecheces y la espera se han cebado con muchos, en particular con los sanitarios.

Y es que si Maria Antonieta encaneció minutos antes de ser decapitada, estos trabajadores de trinchera muestran los síntomas típicos de cualquier presidente del gobierno en funciones. Y no me refiero a las ojeras, la mirada de UCI saturada, la piel fundida con la calavera y una pesadumbre que implica una aceleración kamikaze del deterioro celular. No. Lo peor es, precisamente, todo lo que arrastran y se guardan, un fardo que implica morirse muchas veces mucho para seguir manteniendo con vida a otros muchos.

Los demás, incluidos los de las cañas de la libertad, crecen a un ritmo menor. Así los hay que han optado por llevar zapatillas de deporte en cualquier ocasión, otros repiten las cosas tres o cuatro veces como sus respectivas madres, y a la mayoría, de pronto, les encanta madrugar, aprovechar el día y hasta hacen ruido al atarse los cordones. Es curioso que todos hayan acabado haciendo lo que jamás creyeron que llegarían a hacer. La única diferencia radica en que solamente algunos han aprendido algo. Qué cosas.

Ilustración: http://www.andreatorresbalaguer.com

La gira imposible de Coque Malla (1)

Girar siempre ha sido la aspiración de cualquier músico. Cierras la puerta de casa y el tiempo adquiere una forma viscosa, de carretera encontrada, y te levantas en otra ciudad que nunca visitas y el público te concede su atención durante una hora que en realidad es mucho más porque termina convirtiéndose en recuerdo, a veces crónico, otras pasajero. Digamos que todas estas sensaciones permanecen intactas, pero la experiencia en 2020 es un compendio de eso sin llegar serlo… de ahí que la gira de este verano lleve el inevitable adjetivo de imposible. Porque lo es.

Y es que la imposibilidad también es inherente al músico, aunque Coque Malla no parece ser uno cualquiera. Así es como se lanza a presentar un repertorio en formato guitarra-David Lads-camisas de sastre y lo hace sabiendo que su banda y el significado de las canciones ha cambiado, al menos lo que dure este intervalo de máscaras azul piscina y gel hidroalcohólico, precisamente porque el mundo de ahora, que ni es nuevo ni es normal, necesita mucha música, pétalos, sonrisas, menos desastres y nada de humo durante la función.

No sabemos durante cuánto tiempo será posible seguir haciéndolo, si dentro de unas semanas volveremos a enfrentarnos a la realidad de una casa como búnker o si, en cambio, podremos disfrutar a medias de un verano que se parece cada día más a un simulacro de incendio. Así se nos escurre el presente, conduciendo a casa con la sensación de querer regresar al pasado, allí donde las canciones significaban lo que tú querías que significaran. Y Coque se pone contento pensando en el Naútico en septiembre. Y yo también.

Ilustración: https://www.adesantis.it/

Coque Malla en el Wizink

El sábado pasado, Coque Malla vendió todas las entradas para su concierto en el Wizink. Había tanta gente que era inevitable pensar en lo que sentiría un músico que ha convertido la persistencia en una constante y vital huida hacia delante, precisamente porque sabe que detenerse en lo que una vez sucedió no puede más que significar una sola cosa: perderse el ahora, olvidarse de que aquel hombre con la cara de un niño ha crecido tanto que la muchedumbre vuelve a llenar estadios para verlo, y de paso creerlo.

Esa misma mañana le dije a Coque que para mí el éxito es algo extraño porque muchas veces no es fácil de entender. Él me preguntó por qué decía eso. Me limité a contestar que hay algo divino en congregar a tantos miles en un mismo lugar y, sin embargo, sucede cada día. En cambio, no a todos los músicos les sucede cuando toca, y mucho menos cuando así lo esperan.

Ya ha pasado. El Wizink despertó esta mañana entre la bruma y, muy probablemente, Coque haya hecho lo propio. Se habrá deshecho de los restos de purpurina, enfundado sus New Balance, llevado a los niños al colegio y, con un gran esfuerzo, habrá recuperado la senda del músico que se siente un poco más hombre sobre el escenario de una sala vacía, del teatro Arriaga o de un estadio. Quizás lo del sábado ni siquiera fue la consecución de una trayectoria sin un solo borrón y algunas sombras, sino el primer paso de una carrera que lleva recorridas varias vidas dejando el pelo intacto y un repertorio eterno. Enhorabuena, Coque; enhorabuena a ese enorme corredor de fondo.

El año fresco

Parece que lo hemos conseguido. A pesar de todos los esfuerzos por dividir el espacio común a cada golpe de viento, por esquilmar el oxígeno restante, los diamantes y el marfil, parece que llegamos a la culminación del año —mal que nos pese— con la sensación de que mañana, aunque parezca mentira, puede ser mejor. Y no se sabe muy bien si responde a un truco de la imaginación o que dentro de nosotros, ¡oh, estúpidos humanos!, una llama, pequeñita pero firme, se niega a apagarse del todo a sabiendas de que un año fresco implica decir adiós a las armas, morirse muchas veces mucho.

Así es como en noches como esta nos da por hacer brindis de espaldas al sol, prometer, tal vez publicar balances que no le importan a nadie más que a algún seguidor triste, contar pelos en el lavabo o, como en mi caso, intentar recuperar el tiempo desperdiciado haciendo lo que mejor sé hacer: beber. Aquí que cada uno piense en la ebriedad de la manera más conveniente. Más música, menos balas, más cerveza, menos cuento, más poesía, menos ruido, más virtud y menos farsas, más morreos, menos humos, más entradas y salidas, un poco más tú, un poco más por ellos. Porque más es siempre más… y con música es al cubo.

Porque el 2020 merece romper la racha de victorias, celebrar las derrotas entusiastas de un instante suspendido con la imagen de algunas de las personas a las que acompañé y que son, al fin y al cabo, las que me acompañaron. De esta forma y, siguiendo los sabios consejos de un tal Cortázar, tendré su foto, no para acordarme de ellos cuando la mire, sino para mirarla cuando me acuerde de ellos. Tenedle fe al 2020… allá donde os pille estando ebrios.

Pelo

El pelo es un misterio. Y no solo porque su importancia sea inversamente proporcional a la función físiológica que cumple, sino porque poco a poco —los turcos son los principales responsables de esta deriva— ha ido adquiriendo una dimensión que lo envuelve todo, portería de Casillas incluida, superando al falocentrismo e incluso al amor o la amistad. Ahora un pelo vale un euro y cuanto menos tienes mayor es la pena que arrastras, como si de alguna manera su pérdida diaria implicara despedirse de la testosterona y por lo tanto de la dignidad humana. ¿Un presidente del gobierno calvo?… ¡Dios, qué asco!

Y la cuestión capilar viene de lejos: Sansón humillado por Dalila y la tijera, Medusa y sus siseantes víboras pilosas, Jesús de Nazaret a la diestra del padre con vello largo e hirsuto, Lady Godiva compitiendo con Rapunzel para dirimir quien de las dos lo tiene más largo y brillante, el de Brad Pitt y Coque Malla a los veinte, treinta, cuarenta, y los cincuenta… en fin, que si pretendemos proyectar confianza en nosotros mismos todo rima con cabellera. Además una hebra de carbón, oxígeno, nitrógeno y sodio nos aferra a la juventud, incluso si blanquea, impone respeto, levanta sospechas entre los envidiosos y se infla como un pulpo al darle con el secador… bien caliente.

Coco Chanel lo sabía mejor que nadie al afirmar aquello de que «una mujer que se corta el pelo está a punto de cambiar su vida» y a nadie se le escapa que los pelirrojos son castaños cuando sus ingresos superan los 50.000 euros al año. El puto pelo es alegría, salud por la privada, dinero, sexo tirante y ardor, y entre el bebé que fuimos y el viejo que seremos solo hay un espacio de tiempo con peinado a la última. Palabra de Oscar, mi peluquero, mi confidente, mi bastón, mi vida.