La caída de FB, IG y Whatsapp

De repente, las ondas callan. El móvil deja de vibrar por obra y gracieta de la intrascendencia, la vida recupera el tono. ¿Era posible sin Facebook, Instagram y Whataspp? Quizás sí. Twitter resiste para acaparar al mundo mudo. Observo el gesto de extrañeza de mi amiga María. Otros tiemblan porque ganan dinero con los posts, pasan días, octubres y años bisiestos bañando a los hijos en pantallas. María pide otra, un vino. Los SMS regresan de la muerte y un yorkshire terrier ladra en diagonal hacia Internet. Parece que el fin del mundo se retrasa, también se cae, otra vez. La alternativa da (t)error 404: llamar por teléfono, eso que madre hace durante el crepúsculo para saber que hay alguien al otro lado, generalmente a otra cosa.

Enseguida sabemos que el problema viene de «un cambio en la configuración de los routers troncales que coordinan el tráfico de la red entre los centros de datos». Fenomenal. Me quedo más tranquilo. 1.500 millones de usuarios —antes humanos— comprueban cada dos minutos el estado de sus cuentas. Nada. La cosa se dilata. Seis horas en su versión larga donde la revolución del tacto y el boca a boca no es televisada, precisamente porque en ella confluyen las luchas intestinas del pasado y el futuro… con el presente mirando el móvil. María se termina el vino. Vuelvo a casa y miro el móvil. Vuelve el viejo mundo, el de las lejanías. «Todo bien, madre», escribo. Me duermo antes de enviarlo. Todo bien.

Ilustración: foto de la pantalla del móvil el 4 de octubre de 2021

Pablo Hasél: el silencio como condena

Poco o nada ha sucedido desde la condena del rapero Pablo Hasél por enaltecimiento del terrorismo e injurias a la corona y las instituciones del Estado. Desde el 29 de enero, fecha oficial del golpe, he contabilizado una pancarta en la sede del Partido Socialista de Lleida, cuatro menciones en Facebook y algo cercano a la total indiferencia. Es comprensible tal y como andan las cosas por la superficie, con la palabra responsabilidad convertida en género no binario y los usuarios de la ¿libertad? de expresión entre la espada y el hambre. Algo tendrá que ver que los hechos, siempre sujetos a la interpretación personal y transferible de unos y otros, manden y que el silencio, a veces, sea «la peor mentira».

Por algo el mono Iwazaru se tapa la boca con las manos, el sordo gana millones con su música y los demás miramos hacia otro lado cuando los macarras nos escudriñan en el metro. ¿Pero qué sucede cuando se emplea el término parásito para referirse a un organismo que vive sobre otra especie o en su interior, ladrón para el que oculta una fortuna en la isla de Jersey y mafioso por darse paseos con los bolsillos llenos de euros recién planchados? Que te meten en la cárcel.

Al igual que Unamuno se enfrentó a Millán Astray bajo los gritos de ¡muera la inteligencia!, nos debe de quedar muy claro que «vencer no es convencer», que los malditos y mil veces malditos intelectuales, teniendo cultura y medios bastantes, tampoco envenenan a nuestras masas haciéndolas creer que la felicidad está en el crimen, sino que intentan —muchas veces sin éxito— desenmascarar el ardor de la mentira. El verdadero crimen reside en el engaño, nunca en la ficción de las palabras, aunque éstas contengan la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Contigo siempre, Pablo.

Ilustración: Jordi Calvís i Burgués

La vacuna de la vergüenza

Manuel Villegas. Consejero de Salud de Murcia (PP) junto a otros 400 elegidos (a dedo); Esther Clavero. Alcaldesa de Molina de Segura (PSOE); Jesús Fernández. Alcalde de El Guijo (CDEI); Sergi Pedret. Alcalde de Riudoms (JxCat)… y la lista continúa, con amplía mayoría de PP y PSOE. Pues bien, se trata de los políticos que han decido vacunarse, suponemos que por formar parte del grupo prioritario: residentes de centros para ancianos, personal sanitario y sociosanitario. Lo peor son las excusas, «sobraban vacunas y por mí y todos mis compañeros», ¿sus compañeros? En realidad fue para dar ejemplo y dedicarle los 365 del año a la gestión de una larguísima pandemia que ha demostrado la inutilidad del ser humano, excepto en lo relativo a la ciencia. Ahí hay que reconocer que el algoritmo de Facebook sorprendió a cronopios y magas con la invención del remedio.

Es curioso, pero solo hay que mirarles a la cara para darse cuenta de que muy listos no son. Lo que nos lleva a inferir que por eso decidieron entrar en política, el arte de vivir en una sociedad de clases y clases, siendo ellos meros servidores públicos. Así miran a cámara entre despreocupados y carroñeros, convencidos de que un perdón publico a tiempo entierra la vergüenza y de paso pasamos a otra cosa, quizás a una fase en la que los únicos ciudadanos ejemplares sean ellos. «Vivir, dormir, tal vez soñar» que decía el príncipe de Dinamarca.

Ahora habrá que volver a pincharles, no sea que desperdiciemos dosis en personas desperdiciadas para la sociedad. ¿Sirve de algo que dimitan? En todo caso por feos. Al final después de estos vendrán otros, y después otros, y el mundo seguirá pensando que los mayores deberían de estar muertos. Ya vivieron lo suyo, es hora de sangre de Tik-Tok. Ante semejante vileza uno llega a varias conclusiones que en realidad son dos: ser político podría considerarse una ocupación a tiempo parcial, como poner copas y, no serlo es, sin duda, todo menos «un dilema intentado salvar sus dos caras a la vez».

Mirada y locura pospandemia

Ahora que las aguas de la enfermedad comienzan a bajar de nivel y un cocodrilo navega por el Pisuerga es el momento idóneo para sacar conclusiones respecto al estado mental de nuestros parientes, amigos y rivales más cercanos. Y no nos dejemos engañar por las manifestaciones contra el racismo y esas terrazas gang-bang convertidas en la nueva fórmula del ocio moderno. No. Como decía Sartre, «el infierno son los otros», y solo aquellos que han pasado un confinamiento similar al de los últimos días del rey emérito en República Dominicana son capaces de ver todo el daño… sin ser vistos.

Gracias a esa mirada cargada de prejuicios nos damos cuenta de que ya nadie publica fotos con perros o erizos, Pelayo y su jauría de ‘influencers’ parecen menos necesarios todavía, las dietas son un invento del pasado respecto a un verano sin brindis playeros y las cacerolas dejaron de sonar al ritmo con el que los percusionistas consiguieron sus objetivos. Será porque la libertad es ahora un concepto impersonal y transferible.

En cuanto a mis amigos hay de todo. Algunos han salido a la calle más botijos pero con calma en los ojos, otros se abrieron una cuenta en Tik Tok o siguen creyendo en su avatar de Facebook y una gran mayoría simplemente son más viejos. Ahora bien, si la locura es la norma en las grandes ciudades, las redes y la política, ¿por qué es algo raro en uno mismo? Lo descubriremos en el próximo rebrote… de demencia.

Ilustración: Daren Thomas Magee

Epidemia de bloqueos en FB

Ahora que los gobiernos —de cualquier signo político— han demostrado su incompetencia para controlar una realidad desbordada, la población, principio y final en la toma de decisiones y sus consecuencias, imita determinados patrones de conducta, como si de alguna manera la aplicación de medidas geopolíticas a gran escala se impregnara en cada poro de nuestra casa. Es cierto; ellos mandan ahí fuera, pero en las redes sociales somos juez y parte, una democracia en la que nosotros tomamos las decisiones. Siempre. ¿Qué estás pensando?

Es por esta razón que en Facebook y Tinder se viene produciendo una ola de bloqueos sin precedentes, tsunami de totalitarismo casero camuflado en protección contra la pandemia de odio, fascismo recalcitrante, sobredosis de conspiraciones, bulos, listillos y alarmistas, censores de la diversidad de opiniones y un nuevo ejército de fervorosos creyentes que consideran este encierro como una oportunidad. Ocultar publicación y dejar de seguir.

Al hacerlo sentimos una calma desconocida, un chorro de After Sun emocional. Y de pronto, llevados por la infantilización de una sociedad amordazada nos creemos positivos asintomáticos, portadores del espíritu de la concordia hecha pacto de Estado. Quizás el verdadero desafío, además de ganarle el pulso a la muerte, sea volver entendernos, decir que no nos gustamos y, a pesar de ello, seguir caminando juntos, a un metro pero juntos. Has aceptado su solicitud de amistad.

La adicción a los likes

Es el fenómeno que asola a la humanidad desde que su relación con la tecnología traspasó el límite recomendado por prescripción médica. Porque si te levantas y el primer gesto, antes incluso de hacer pis, es mirar Facebook o Instagram —”obligado” en gran medida por la necesidad de dormir— entonces es que se ha operado un cambio en ti, y la dimensión de carne y 206 huesos se completa, de alguna forma un poco extraña, gracias a la virtual. Lo has adivinado: eres un adicto.

El problema de fondo, y esto es algo que se evidencia con más fuerza entre los impúberes del chandal y las mallas nacidos dentro de la marmita del iPad, es la tendencia a realizar las actividades correspondientes a esas edades —fútbol, tocar un instrumento, masturbarse y bailar, fundar una empresa— con el fin de aumentar su nómina de seguidores, como si de pronto y sin avisar el disfrute del proceso quedara relegado a un fin que ya no es pasárselo bien, follar o hacerles recuperar la confianza perdida al ser expulsados del útero materno, sino mostrar a los colegas una aceptación a la altura de su ego.

Porque los likes son la nicotina de este tiempo-humo, precisamente perdido, medida de felicidad inoculada por empresas billonarias con la inestimable colaboración de millones de cobras al son de un móvil hipnótico, yonkis con papelas de litio, criaturas biónicas —segregan espuma por la boca si no hay WIFI—, ajenas al paso de los coches. Y es que, sin ser conscientes, formamos parte de un turbio negocio que suministra acceso ilimitado al conocimiento y a la posibilidad de sentirnos menos solos, precisamente algo que en ningún caso termina sucediendo.

La recompensa es un número obtenido gracias a la irresponsabilidad off-line de otros desconocidos, suministro de dopamina on-line con la forma de un pulgar hacia arriba, ¡y todo eso fijando la vista al suelo y con el móvil pegado a la mano!, probablemente la imagen más repetida de un mundo a la búsqueda de una cura caída del cielo… y en 5G. Alguien se hará rico con ella; cuando así sea ya estarás un poco más muerto.