La vacuna de la vergüenza

Manuel Villegas. Consejero de Salud de Murcia (PP) junto a otros 400 elegidos (a dedo); Esther Clavero. Alcaldesa de Molina de Segura (PSOE); Jesús Fernández. Alcalde de El Guijo (CDEI); Sergi Pedret. Alcalde de Riudoms (JxCat)… y la lista continúa, con amplía mayoría de PP y PSOE. Pues bien, se trata de los políticos que han decido vacunarse, suponemos que por formar parte del grupo prioritario: residentes de centros para ancianos, personal sanitario y sociosanitario. Lo peor son las excusas, «sobraban vacunas y por mí y todos mis compañeros», ¿sus compañeros? En realidad fue para dar ejemplo y dedicarle los 365 del año a la gestión de una larguísima pandemia que ha demostrado la inutilidad del ser humano, excepto en lo relativo a la ciencia. Ahí hay que reconocer que el algoritmo de Facebook sorprendió a cronopios y magas con la invención del remedio.

Es curioso, pero solo hay que mirarles a la cara para darse cuenta de que muy listos no son. Lo que nos lleva a inferir que por eso decidieron entrar en política, el arte de vivir en una sociedad de clases y clases, siendo ellos meros servidores públicos. Así miran a cámara entre despreocupados y carroñeros, convencidos de que un perdón publico a tiempo entierra la vergüenza y de paso pasamos a otra cosa, quizás a una fase en la que los únicos ciudadanos ejemplares sean ellos. «Vivir, dormir, tal vez soñar» que decía el príncipe de Dinamarca.

Ahora habrá que volver a pincharles, no sea que desperdiciemos dosis en personas desperdiciadas para la sociedad. ¿Sirve de algo que dimitan? En todo caso por feos. Al final después de estos vendrán otros, y después otros, y el mundo seguirá pensando que los mayores deberían de estar muertos. Ya vivieron lo suyo, es hora de sangre de Tik-Tok. Ante semejante vileza uno llega a varias conclusiones que en realidad son dos: ser político podría considerarse una ocupación a tiempo parcial, como poner copas y, no serlo es, sin duda, todo menos «un dilema intentado salvar sus dos caras a la vez».

Mirada y locura pospandemia

Ahora que las aguas de la enfermedad comienzan a bajar de nivel y un cocodrilo navega por el Pisuerga es el momento idóneo para sacar conclusiones respecto al estado mental de nuestros parientes, amigos y rivales más cercanos. Y no nos dejemos engañar por las manifestaciones contra el racismo y esas terrazas gang-bang convertidas en la nueva fórmula del ocio moderno. No. Como decía Sartre, «el infierno son los otros», y solo aquellos que han pasado un confinamiento similar al de los últimos días del rey emérito en República Dominicana son capaces de ver todo el daño… sin ser vistos.

Gracias a esa mirada cargada de prejuicios nos damos cuenta de que ya nadie publica fotos con perros o erizos, Pelayo y su jauría de ‘influencers’ parecen menos necesarios todavía, las dietas son un invento del pasado respecto a un verano sin brindis playeros y las cacerolas dejaron de sonar al ritmo con el que los percusionistas consiguieron sus objetivos. Será porque la libertad es ahora un concepto impersonal y transferible.

En cuanto a mis amigos hay de todo. Algunos han salido a la calle más botijos pero con calma en los ojos, otros se abrieron una cuenta en Tik Tok o siguen creyendo en su avatar de Facebook y una gran mayoría simplemente son más viejos. Ahora bien, si la locura es la norma en las grandes ciudades, las redes y la política, ¿por qué es algo raro en uno mismo? Lo descubriremos en el próximo rebrote… de demencia.

Ilustración: Daren Thomas Magee

Epidemia de bloqueos en FB

Ahora que los gobiernos —de cualquier signo político— han demostrado su incompetencia para controlar una realidad desbordada, la población, principio y final en la toma de decisiones y sus consecuencias, imita determinados patrones de conducta, como si de alguna manera la aplicación de medidas geopolíticas a gran escala se impregnara en cada poro de nuestra casa. Es cierto; ellos mandan ahí fuera, pero en las redes sociales somos juez y parte, una democracia en la que nosotros tomamos las decisiones. Siempre. ¿Qué estás pensando?

Es por esta razón que en Facebook y Tinder se viene produciendo una ola de bloqueos sin precedentes, tsunami de totalitarismo casero camuflado en protección contra la pandemia de odio, fascismo recalcitrante, sobredosis de conspiraciones, bulos, listillos y alarmistas, censores de la diversidad de opiniones y un nuevo ejército de fervorosos creyentes que consideran este encierro como una oportunidad. Ocultar publicación y dejar de seguir.

Al hacerlo sentimos una calma desconocida, un chorro de After Sun emocional. Y de pronto, llevados por la infantilización de una sociedad amordazada nos creemos positivos asintomáticos, portadores del espíritu de la concordia hecha pacto de Estado. Quizás el verdadero desafío, además de ganarle el pulso a la muerte, sea volver entendernos, decir que no nos gustamos y, a pesar de ello, seguir caminando juntos, a un metro pero juntos. Has aceptado su solicitud de amistad.

La adicción a los likes

Es el fenómeno que asola a la humanidad desde que su relación con la tecnología traspasó el límite recomendado por prescripción médica. Porque si te levantas y el primer gesto, antes incluso de hacer pis, es mirar Facebook o Instagram —”obligado” en gran medida por la necesidad de dormir— entonces es que se ha operado un cambio en ti, y la dimensión de carne y 206 huesos se completa, de alguna forma un poco extraña, gracias a la virtual. Lo has adivinado: eres un adicto.

El problema de fondo, y esto es algo que se evidencia con más fuerza entre los impúberes del chandal y las mallas nacidos dentro de la marmita del iPad, es la tendencia a realizar las actividades correspondientes a esas edades —fútbol, tocar un instrumento, masturbarse y bailar, fundar una empresa— con el fin de aumentar su nómina de seguidores, como si de pronto y sin avisar el disfrute del proceso quedara relegado a un fin que ya no es pasárselo bien, follar o hacerles recuperar la confianza perdida al ser expulsados del útero materno, sino mostrar a los colegas una aceptación a la altura de su ego.

Porque los likes son la nicotina de este tiempo-humo, precisamente perdido, medida de felicidad inoculada por empresas billonarias con la inestimable colaboración de millones de cobras al son de un móvil hipnótico, yonkis con papelas de litio, criaturas biónicas —segregan espuma por la boca si no hay WIFI—, ajenas al paso de los coches. Y es que, sin ser conscientes, formamos parte de un turbio negocio que suministra acceso ilimitado al conocimiento y a la posibilidad de sentirnos menos solos, precisamente algo que en ningún caso termina sucediendo.

La recompensa es un número obtenido gracias a la irresponsabilidad off-line de otros desconocidos, suministro de dopamina on-line con la forma de un pulgar hacia arriba, ¡y todo eso fijando la vista al suelo y con el móvil pegado a la mano!, probablemente la imagen más repetida de un mundo a la búsqueda de una cura caída del cielo… y en 5G. Alguien se hará rico con ella; cuando así sea ya estarás un poco más muerto.