Mirada y locura pospandemia

Ahora que las aguas de la enfermedad comienzan a bajar de nivel y un cocodrilo navega por el Pisuerga es el momento idóneo para sacar conclusiones respecto al estado mental de nuestros parientes, amigos y rivales más cercanos. Y no nos dejemos engañar por las manifestaciones contra el racismo y esas terrazas gang-bang convertidas en la nueva fórmula del ocio moderno. No. Como decía Sartre, «el infierno son los otros», y solo aquellos que han pasado un confinamiento similar al de los últimos días del rey emérito en República Dominicana son capaces de ver todo el daño… sin ser vistos.

Gracias a esa mirada cargada de prejuicios nos damos cuenta de que ya nadie publica fotos con perros o erizos, Pelayo y su jauría de ‘influencers’ parecen menos necesarios todavía, las dietas son un invento del pasado respecto a un verano sin brindis playeros y las cacerolas dejaron de sonar al ritmo con el que los percusionistas consiguieron sus objetivos. Será porque la libertad es ahora un concepto impersonal y transferible.

En cuanto a mis amigos hay de todo. Algunos han salido a la calle más botijos pero con calma en los ojos, otros se abrieron una cuenta en Tik Tok o siguen creyendo en su avatar de Facebook y una gran mayoría simplemente son más viejos. Ahora bien, si la locura es la norma en las grandes ciudades, las redes y la política, ¿por qué es algo raro en uno mismo? Lo descubriremos en el próximo rebrote… de demencia.

Ilustración: Daren Thomas Magee

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