Mi querido verano

Cada año la gente huye de Madrid, en sandalias o en caravanas cargadas de maletas, en sueños si tienen que quedarse por trabajo. Llega julio, el madrileño se deshace en las paradas de los autobuses para nadie. La capital vaciada entre un aire sólido, de menta, casi triste. Es en estos momentos cuando Madrid se rebela, por fin, quema su máscara de gran ciudad y se erige en una ciudad pequeña como un mundo. Se ven menos policías por sus calles, sus niños levantan castillos de arena a cientos de kilómetros, sus ancianos resisten dentro de casa. Lo peor del verano es que dura demasiado poco. Y es tan largo el invierno.

Ojalá hubiera veranos de seis meses, con neveras para tomar helados al caer la tarde, encerrar en buhardillas los abrigos con forro y observar los hombros de la gente, sus dibujos de tinta sobre piel, su forma de agitar los abanicos, las ganas de encontrar paz en los ventiladores. Si uno lo piensa, el calor saca a relucir lo que permanece camuflado, defectos convertidos en pies negros, barrigas, cicatrices, verrugas y sudor precipitándose. La vida vino del calor y hacia el calor vamos. También la Tierra y el sexo.

Muchos detestan el verano. Nostálgicos del hielo, ansían con todas sus fuerzas que los árboles pierdan sus hojas y la montaña, de lejos, se cubra de una nieve azul y las calles de alientos condensados. A esos los desprecio. Primero porque ganan siempre. Segundo porque el frío se parece a la distancia. Hay más razones. Prefiero concentrarme en este julio casi agosto, en los girasoles desde la ventanilla de la furgoneta, en el mar imitando al trigo, en la posibilidad de una siesta con María. Regresará la lluvia. Todos perderemos la partida contra el tiempo.

Ilustración: David Hockney

Cuando llega la muerte

Llega la muerte. De noche, en domingo, siempre a la contra. La vida nunca nos prepara, ni para el destello ni para el último latido. Entonces, uno le coge la mano al que se muere o se está muriendo y sabe que se acaba. El silencio viene a recordarnos que lo peor no es la muerte, sino lo que se muere en nosotros al perder a un padre, a un amigo, a un perro. Es extraño. Parece que la muerte lo cambia todo. Pero todo sigue igual. La noche imita a un sueño y el cielo se levanta con la luz del sol. Hay ruido en la calle. Los niños juegan. Todo es distinto.

Recuerdo cuando en el mundo no había muerte o se trataba de algo muy lejano. Los días discurrían en el buen sentido y romperse un hueso era motivo de orgullo. Se podía vivir eternamente. Así pasan el tiempo y la lluvia. Y la muerte aparece con su herida. También la muerte del amor, la muerte de las aspiraciones, nunca la muerte de la muerte. Quizás esta certeza nos ayuda a aprovechar la tarde. Pero no lo hacemos. Hay algo de ese niño que se niega a dejar de serlo siempre.

Mejor penar que morir lentamente. Mejor vivir sin miedo a la muerte que temer su garra. De esta forma, el tomate sabe a tomate, aunque sepa a agua, y los encuentros con madre o con amigos tienen algo de celebración. En lo ordinario está el milagro. La muerte tiene algo de apacible, como si después de tanto sufrimiento fuera necesaria para el que se muere y para los que lo ven morir. Después, un operario de la funeraria le pega los labios al muerto. Los vivos hablarán siempre de las cosas que decía el que hoy sigue estando sin estar. Por fin descansa en nosotros, por fin.

Ilustración: Guy Billout

La echo de menos cuando llueve

Ha llovido tanto que la luz parece un invento para ciegos. El sol decidió no descender sobre la tierra y se hizo charco y es barro. Tres días lloviendo en los que las ventanas reflejaban un verano perdido dentro de todos los veranos. Quizás por esa razón la gente estaba triste, en otra parte. Yo la he echado de menos, como se echa de menos a un fantasma, sabiendo que cuando deje de llover se disipará como la penumbra dentro de la noche. Me ocurre siempre. Luego a otra cosa.

Porque ella es lluvia. Antes, cuando estábamos juntos, estaba hecha de agua y de silencio. Eso trajo este tiempo, sonidos de mar en la distancia, de viento entre las calles y una promesa que se cumple hoy. El mundo ha despertado. Se escuchan campanas y sirenas a lo lejos, y la luz de las paredes me recuerda a un paisaje al otro lado. Si llovieran pétalos ni la echaría de menos ni ella volvería a mi memoria. Tendré que conformarme con las plantas. Me gusta verlas frente a las ventanas ciegas.

La nostalgia regresa con la lluvia, como si todas las palabras, actos y omisiones fueran gotas sobre un paraguas abierto, sobre la pared que va mojándose. Pocas veces nos da por recordar lo vivido en un desierto. La lluvia representa todo lo pasado, eso que tuvimos y se resiste a desaparecer. Por esa razón, la lluvia para. Nos deja la mentira del futuro y unos calcetines secos. Somos más imperfectos que nunca cuando llueve. Entonces, cuando la idea de la lluvia resulta insoportable, sale el sol. Y todo existe, y nada vuelve.

Ilustración: Guy Billout

Llueve

La lluvia siempre es puntual por ser inoportuna. Mientras jarrea, la ciudad encoge el cuello para secarse pronto, despliega sus paraguas, flores a vista de pájaro mojado. Con el chubasco, mi calle se disuelve en gotas de tinta y carboncillo, el humo de los cigarros produce interferencias, el asfalto desemboca en riadas bajo los bordillos, todo se junta, empequeñece, se desborda. Dicen que el agua es buena para las lechugas, pero en Madrid el campo se cultiva en los balcones, con su escarcha de luz tenue y esos muros que hoy parecen tumbas. Llueve y todos lloran. ¿Y esto era marzo?

Descartada la primavera por razones evidentes nos queda este miércoles pasado por agua y uva moscatel, de tonos sombríos sin llegar a lúgubres porque promete tiempos mejores, al menos en lo que al pronóstico del tiempo se refiere. Las tormentas trajeron una música de filo de cuchillo, ahuecada y con las alas rotas. Hay un río en potencia en cada esquina y un barco de papel higiénico en las alcantarillas, y yo pinto un calendario sobre el cielo, una lavandería en cada estación de metro. Muchos se mojan, pocos caminan. La vida era un desierto.

Hemos perdido la primavera antes de que comenzara, como si últimamente todo naciera por defecto. Tiene que tratarse de un buen augurio, quizás una futura estación inundada de sol en las orillas y las comisuras de los labios. Más tarde, puede que pasado, el viento soplará llevándose la humedad hacia otras latitudes. Entonces desearemos que vuelva, querremos bailar bajo la lluvia, reconocer que sólo podemos vernos tal y como somos en el fondo de los charcos.

Ilustración: Guy Billout