La echo de menos cuando llueve

Ha llovido tanto que la luz parece un invento para ciegos. El sol decidió no descender sobre la tierra y se hizo charco y es barro. Tres días lloviendo en los que las ventanas reflejaban un verano perdido dentro de todos los veranos. Quizás por esa razón la gente estaba triste, en otra parte. Yo la he echado de menos, como se echa de menos a un fantasma, sabiendo que cuando deje de llover se disipará como la penumbra dentro de la noche. Me ocurre siempre. Luego a otra cosa.

Porque ella es lluvia. Antes, cuando estábamos juntos, estaba hecha de agua y de silencio. Eso trajo este tiempo, sonidos de mar en la distancia, de viento entre las calles y una promesa que se cumple hoy. El mundo ha despertado. Se escuchan campanas y sirenas a lo lejos, y la luz de las paredes me recuerda a un paisaje al otro lado. Si llovieran pétalos ni la echaría de menos ni ella volvería a mi memoria. Tendré que conformarme con las plantas. Me gusta verlas frente a las ventanas ciegas.

La nostalgia regresa con la lluvia, como si todas las palabras, actos y omisiones fueran gotas sobre un paraguas abierto, sobre la pared que va mojándose. Pocas veces nos da por recordar lo vivido en un desierto. La lluvia representa todo lo pasado, eso que tuvimos y se resiste a desaparecer. Por esa razón, la lluvia para. Nos deja la mentira del futuro y unos calcetines secos. Somos más imperfectos que nunca cuando llueve. Entonces, cuando la idea de la lluvia resulta insoportable, sale el sol. Y todo existe, y nada vuelve.

Ilustración: Guy Billout

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