Al ciervo le cortaron la cabeza

Se escucharon tres tiros. Y los vecinos encontraron su cuerpo entre la retama. Da igual si era Carlitos o cualquier familiar suyo. El cuerpo del ciervo tenía la cabeza cercenada. Se entiende que los cuernos sirvieron para decorar el salón de uno del pueblo. En el campo hay miles de cadáveres porque el campo alberga toda la vida y parte de la muerte. El problema es la presencia de los hombres en sus lomas, gañanes que abaten animales cada vez menos salvajes. Es legal, como lo es nacer con cuernos, cuatro patas y un bramido. Solo en el campo se confunde la ferocidad con el deporte. Carlitos, en realidad, no tiene nombre. Resulta que los cazadores tampoco.

Al ciervo le cortaron la cabeza. Cuando lo escribo sucede algo en mi casa de ciudad, como si los animales fueran otros y, los otros, salvajes caminado erguidos. Tiene que haber una forma de placer extraño en la espera, en el dolor de un animal agonizando. El animal escucha, el cazador apunta y una bala invisible rompe ese frágil equilibrio. Me pregunto quiénes traen más muerte, si los que disparan o los disparados. Algo huele a podrido en España, en el mundo, en Dinamarca.

Dicen que nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de una cacería. «Le tiré a una docena, pero maté un corzo de mierda». Puede que cobrarse un ciervo sea motivo de orgullo para algunos, una libertad mal entendida. También ese ciervo representa la muerte de aquello sagrado para muchos, la muerte de la infancia y la inocencia, un intercambio de vida por adornos para las visitas. ¡Qué extraño resulta vivir de lo que algunos matan, cuánta vida hay en los ojos de un ciervo sin cabeza! Peor será no querer mirar de frente. Dan ganas de terminar con la barbarie de un tiro. Adiós, Carlitos o el que sea, nunca pudimos conocernos. Buenos días, tristeza, el único sinónimo de caza.

Ilustración: David Shrigley

La edad de perder a los padres

Hay una edad en la que los padres mueren. La frase resucita el ciclo en el que los hijos se van quedando solos para ser padres, para ser ellos por fin, para seguir siendo hijos huérfanos. Se supone que los padres nunca dejan solos a sus hijos, pero cuando los hijos alcanzan la edad de sus padres en las fotografías de verano incumplen la promesa. Todo lo que suceda antes va en contra de la vida y su rocío. Algunos hijos nunca conocieron a sus padres, algunos padres fueron muertos en vida para sus hijos. De pronto, descontado el tiempo en unos y otros, la ausencia. Todas duelen de la misma forma. Para la muerte nunca fuimos preparados. Tampoco para la edad en la que los padres mueren.

A veces, pensamos en estas cosas. Se trata de pensamientos fugaces que desparecen para no angustiarnos con la peor versión del futuro. La muerte como complemento de momentos felices, la vida como una sucesión de ataúdes y ataúdes. Entonces los hijos ya crecidos miran a sus padres de mayores y saben que la muerte acecha. Al consumarse, reciben los abrazos de amigos y familia. Sí, tuvieron suerte de pasar la vida juntos, sin embargo se comete una injusticia. Creyeron en la inmortalidad; negaron la pérdida como motor del mundo.

Alcanzar la edad de perder a los padres tiene algo de logro y contradicción. La esperanza nos permite observar el cambio en los padres, la fuga de tamaño y vitalidad, esa forma de sentarse haciendo ruido. La memoria no perdona, los recuerdos invaden las paredes de la casa, y los padres se hacen viejos, tan viejos que un día en el mundo tiene forma de milagro cotidiano. Más tarde o más lejos, los padres se convertirán en flores y fechas, flores que nunca se marchitan, que dejan su olor en las tardes de verano, fechas de tormenta y vino dulce. Padres, no os murais nunca, padres seguiréis vivos cuando vuestros hijos mueran. Ahora se levanta algo de viento, habrá que vivir intensamente.

Ilustración: Uchida Masayasu

Mi Carmen

Me enamoré de ella al instante. Sentí un rayo y un clavel atravesándome el pecho aún imberbe. Por fin, aquí, en este país, el mío, pequeño y para adultos, había una estrella inalcanzable, de Hollywood, pero con acento sevillano y sonrisa universal. Daba un poco igual cómo cantara, cómo actuara en películas llenas de migas de pan y amor cutre, con fierecillas y un balcón bajo la luna. Ella movía el cuello, decía algo, cualquier cosa, y veías cine. El blanco y negro no podía oscurecer esa sonrisa, sus pestañas, sus huesos de Taylor, de Loren, de Hayworth. Me gustaba tanto que yo abría los ojos para seguir sonándola. Carmen era la más grande de las Cármenes.

Ya de señora con traje y ovejitas domaba a los espectadores por televisión. Mantuvo siempre una belleza antigua, que no es más que el encanto recogido con un esparadrapo alrededor del cuello, una belleza de peluquería que ni se crea ni se destruye al ser mirada. Poco o nada puede la muerte contra ella. Hoy, mi Carmen está muerta. Quizás por eso sueño que sonríe y detiene el tiempo en los ojos de un niño ahora más viejo que cree, por encima de todas las cosas, que ser bella no debe ser nunca una obligación, que la belleza es inmortal y que si la echamos de menos estando viva qué le ocurrirá a la belleza con ella bajo una lápida.

Esta noche no podremos descansar en paz. Y nadie culpará al calor.

Tina, la última salvaje

La gran rueda se ha detenido y Mary sigue ardiendo. Porque no sabemos si Tina Turner era la mejor, pero sí la última salvaje en una industria donde lo que representan sus artistas empaña lo que realmente son. Tina fue Anna Mae, la hija de una madre de hielo, un rayo, un rezo, un ejemplo empapado en sudor. Y no precisamente por sus discos (si alguien recuerda el título de alguno que levante la mano), sino porque convirtió el escenario en tabla de salvación, la suya, la nuestra.

Estando viva dijo «esto es lo que quiero en el cielo: palabras que se conviertan en notas para que las conversaciones sean sinfonías». Nunca sabremos si voló tan alto, aunque la vida mejora considerablemente al escucharla, ella tan libre, tan de la música como milagro cotidiano. Al parecer su infancia y su vejez trajeron un daño irreparable. Entre medias una sonrisa para siempre, cientos de pelucas y la sensación de que algunos cantan mientras que otros cantan para espantar sus males lejos, muy lejos. Algo tendrá que ver el amor en todo eso. Ahora Tina está muerta. Por eso vivirá siempre.

Al escucharla es más fácil creer en la vida eterna, como si su voz desvelara los secretos más profundos. Quizás por esa razón nunca pasará de moda. Ahora volverá a las listas de ventas, sus canciones parecerán recién grabadas y el mundo seguirá a lo suyo, insistiendo en girar en dirección contraria. Cuando sea mujer quiero ser Tina, aurora indómita de un tiempo sin días y sin noches. Se acabó la fiesta, cerramos la jaula, silencio.

Ilustración: Ty Wilson

Esa tendencia nuestra al suicidio

«Ama y haz lo que quieras». Lo dijo un santo. Después amamos teniendo en cuenta el mal rato. Despojado de su parte de vida, de vuelo y complacencia, el enamoramiento expone esa tendencia nuestra al suicidio. Porque uno puede ahogarse, saltar desde un octavo y tragar cianuro sin hacer ninguna de las tres. Basta con enamorarse de la persona equivocada, esa que, desde el primer parpadeo, da sentido a nuestra existencia sabiendo que acabará con ella o una parte. Sí, a veces, el enamoramiento es la peor forma de maltrato en todas partes.

Porque sólo los mediocres se conforman con vivir un enamoramiento sin épica. Queremos caballos salvajes, sexo que convierte el sexo pasado en deporte, latidos de casa con piscina, mar y hasta un perro, traslados en taxi que equivalen a una vuelta al mundo, electricidad, ruina. El resto, más lento y viejo, está muy bien, pero ¡qué importante es perder la cabeza y sentir sabiendo que la muerte espera! Amar como deceso, morirnos como vivieron los románticos: llenos de vida.

Imitar a un kamikaze, rendir homenaje a Thich Quang Duc sin gasolina, nunca ponerse de lado, saber que uno se hace un flaco favor cayendo en la trampa… y disparar. Eso sí, no confundirlo con el amor lejos del ser amado. Eso va de estar cerca, muy cerca, en cuerpo y mente, todo el rato, de comer sabiendo que lo mejor sería pasar hambre con el otro en los huesos y en la cama. Perdemos la cabeza y el pecho porque alguien rebela lo mejor de nosotros, nuestro soplo de vida en esta Tierra. Resulta que el planeta era eso, un corazón sin freno. Y estalla con nosotros dentro.

Ilustración: Eric Petersen

Gracias por las rosas, gracias por las espinas

La gratitud tiene que contagiarse. De lo contrario, no sirve. La única condición es ser agradecido sin esperar la aprobación del mundo, agradecer como el que pronuncia su nombre o mira al cielo. Movida. Pasamos mucho tiempo esperando que nos recompensen por el daño recibido o el amor dado, mirando con desdén a gente que recoge un premio. Cuesta llegar a una conclusión tan evidente, quizás por tener miedo a la muerte estando vivos. Lo digo en alto: gracias por las rosas, gracias por las espinas.

Disfrutar del rojo de los pétalos implica pincharse y desangrarse. Tiene que ser la experiencia completa, con su playa y sus hoyos, con sus daiquiris y el tedio del día a día sin épica. Porque dar gracias a la vida cuando te da poco o algo que nunca deseaste es la forma de humildad más elevada. «Gracias por este curro de mierda, gracias por esta prótesis». Martillos. Turbinas. Ladridos y chubascos. Estamos vivos. De ahí el agradecimiento.

La desaparición de los seres queridos viene con una lápida y un gracias. Padre ya no existe, pero conocí mejor a madre en su ausencia. Maya ya no está, pero reconozco la razón de haberla amado. Al morir algo dentro de nosotros alumbramos un trozo de vida que va tomando forma muy despacio. Amigos, hermanas, luz al fondo y manchas. El juego termina demasiado rápido. Después, el sol y la luna vuelven a la misma caja. Parece que todo fue un milagro. Y lo somos.

Ilustración: Bo Bartlett

Cuando llega la muerte

Llega la muerte. De noche, en domingo, siempre a la contra. La vida nunca nos prepara, ni para el destello ni para el último latido. Entonces, uno le coge la mano al que se muere o se está muriendo y sabe que se acaba. El silencio viene a recordarnos que lo peor no es la muerte, sino lo que se muere en nosotros al perder a un padre, a un amigo, a un perro. Es extraño. Parece que la muerte lo cambia todo. Pero todo sigue igual. La noche imita a un sueño y el cielo se levanta con la luz del sol. Hay ruido en la calle. Los niños juegan. Todo es distinto.

Recuerdo cuando en el mundo no había muerte o se trataba de algo muy lejano. Los días discurrían en el buen sentido y romperse un hueso era motivo de orgullo. Se podía vivir eternamente. Así pasan el tiempo y la lluvia. Y la muerte aparece con su herida. También la muerte del amor, la muerte de las aspiraciones, nunca la muerte de la muerte. Quizás esta certeza nos ayuda a aprovechar la tarde. Pero no lo hacemos. Hay algo de ese niño que se niega a dejar de serlo siempre.

Mejor penar que morir lentamente. Mejor vivir sin miedo a la muerte que temer su garra. De esta forma, el tomate sabe a tomate, aunque sepa a agua, y los encuentros con madre o con amigos tienen algo de celebración. En lo ordinario está el milagro. La muerte tiene algo de apacible, como si después de tanto sufrimiento fuera necesaria para el que se muere y para los que lo ven morir. Después, un operario de la funeraria le pega los labios al muerto. Los vivos hablarán siempre de las cosas que decía el que hoy sigue estando sin estar. Por fin descansa en nosotros, por fin.

Ilustración: Guy Billout

A nadie le importa que muera un guitarrista

Jeff Beck ha muerto. Silencio y estepicursores. Tiene que morir un guitarrista para verlo escrito: no le importa a nadie. Quizás a otros igual de viejos que le vieron tocar su Strato blanca, a familiares y amigos. Porque Jeff Beck es a la guitarra lo que la prisa al 2023, pieza clave para entender el instrumento y, sin embargo, anónimo e universal, un fondo de armario, músico para aficionados a los solos y las portadas feas. Y no pasa nada. Está bien que nadie le dedicara un tiempo y un espacio ocupado por artistas que estallan y se olvidan rápido. Las estrellas siguen brillando a pesar de que dejaron de latir hace millones de años. Pues bien, así en la Tierra como en el cielo.

Porque no conozco a ningún guitarrista que incluyera a Jeff Beck en la cumbre del Olimpo. La razón tiene que encontrarse en sus canciones, dispositivos para sustentar un sonido único y que casi nadie reconocería por la calle. Otra razón podría ser que este inglés de pelo sólido transitara por el rock, el jazz y todo lo que va entre medias como el que se levanta y abre la ventana. Ahí fuera el mundo da un poco de miedo. Dentro de un ataúd solo hay silencio.

Yo quiero decirle a Jeff que, hace mucho tiempo, compré uno de sus discos. Se llamaba «Blow by blow» y en él colaboraba Stevie Wonder. Lo escuchaba a ratos, como si música tan bien ejecutada contara historias que no eran para mí. Con el tiempo, nada cambió. Insistí en mi error. Ahora es demasiado tarde. Nunca podré preguntarle la razón. Lo que importa es la guitarra, su compañía, todo el amor contenido en seis cuerdas, un mástil. Cuando desperté esta mañana, la guitarra todavía estaba allí, sobre la cama. Por eso te doy las gracias, Jeff, querido amigo muerto. Salvaste muchas vidas sin saberlo.

Resistir

Resistimos todo este tiempo. Un mantra de oposición escrito en un cielo para niños. Nos limitamos a imitar lo que vivimos en casa. Padre resistía al despertarse muy temprano. Madre resistía en un trabajo fuera y otro entre paredes. A su vez, padre y madre resistían porque sus padres y los padres de sus padres resistieron. Pero ya no. La resistencia ha terminado. Hemos tenido suficiente. Ahora es momento de dejarse ir. Nada que ver con la derrota. Hace falta valor para admitirlo: que resistan los fuertes. Nosotros dejamos de resistir para evitar rompernos. Fuimos débiles, nunca nos rendimos.

El que resiste no gana, solamente resiste. Y sopla un viento que duele y el sol calienta menos que una estufa y el invierno es largo. Los animales lo despiden aletargados bajo un manto de nieve. Resistir, dormir, tal vez soñar. La palabra resistencia trae un aire de guerra entre aquellos que nunca quisieron ser soldados. Hasta los soldados aspiran a vivir en paz y agradecidos. Muchos conocieron el amor, atestiguaron el poder de la música y el tabaco, vieron un atardecer de fuego por detrás del bosque. Se acabó resistir a toda costa. La única resistencia que sirve se erige en contra de la muerte.

Podemos crecer, ampliar horizontes lejanos, aprender y progresar sin tener que resistir dentro de las horas, las estaciones, los años. Hoy se acaba. Hoy hay un compromiso de vida para resistir sin oponer ninguna resistencia. Este compromiso implica aceptar el lugar que ocupamos con la certeza de que la felicidad nunca es una aspiración que va a la contra, que los abrazos poco tienen que ver con los límites del cuerpo. El dolor desaparece cuando deja de encontrar obstáculos, barricadas. Hay calor sin resistencia, hay Sol. Lo juro.

Ilustración: Guy Billout

Sus ganas ganan

La conocía por sus vídeos. En ellos sonreía sin filtros, bailaba, asistía a un concierto sobre los hombros de alguien. Otras veces no ocultaba su tristeza, una tristeza despojada de rabia o autocompasión, una tristeza renovada con el afán de cada día. Muy delgada, pálida, siempre guapa, incluso postrada en una cama y con una cánula nasal en la mejilla. Parecía estar agradecida por la vida, vivía en el buen sentido de la palabra. Y es que, a veces, las cosas más sencillas son difíciles de entender. Elena Huelva tenía sarcoma de Ewing, un cáncer que se origina en los huesos y el tejido blando. Elena murió ayer. Pero sus ganas ganan.

Es extraño. Todas las enfermedades se padecen, todas excepto el cáncer. El cáncer se combate. Nadie lucha contra una gripe. Ese matiz absurdo es un invento de los hombres. Siempre fue así, desde siempre, incluso siendo niños lejos de la muerte. Las instituciones luchan contra la propagación del sida y la obesidad, los ejércitos pelean, el cáncer mata. Los enfermos de cáncer quieren curarse. Algunos nunca lo logran. Elena no perdió nada, tampoco pretendía ser un ejemplo para la causa. La causa fue la vida. La suya.

Hace falta ser valiente para contarle al mundo que uno está muriéndose. Padre lo hizo en casa, dentro de una oscuridad que se disipó con las luces de aquella ambulancia amarilla. Elena convirtió la visibilidad en algo útil. O eso quiero creer ahora que los que nunca la conocimos la pensamos. De Elena nos iremos olvidando poco a poco, al igual que padre se parece más a un sueño que a un padre. Que el cáncer esté siempre presente para que aumenten los medios en su contra. Entonces la sonrisa de Elena habrá servido para algo. Ya pasó, pequeña, ya pasó. Ahora descansa.