El escándalo de la calle Ponzano

Recorrer Ponzano un sábado por la noche es una experiencia rara, rarísima. Y es que a las siete de la tarde, medio oscuro, medio anocheciendo, el ambiente de madrugada se hace norma. Así, un kilómetro y poco concentra más de 70 bares que, en febrero de 2021, con eso de que las aglomeraciones están mal vistas, se han comido las aceras. En una pasada de señora mayor es posible observar a miles de chavales entre 20 y 25 años, vestidos con chalecos acolchados y sin mascarilla, viviendo la vida, entrando y saliendo a ver si pillan —a las 21:00, en principio, cierran—, cogiendo la moto eléctrica y haciendo eses, además de pis en los alcorques. Vamos, que ya le gustaría a Malasaña hacerse con un quinceavo de lo que se cuece en cuatro horas en las terrazas del desenfreno, ahora toda una calle. Cuidado, la culpa no es de los jóvenes, aunque un poco también, sino de los mayores y la necesidad.

Hacer “ponzaning” ha pasado de ser una soberana gilipollez acuñada por el grupo Lalala a representar un riesgo para la salud, incluso más que el concepto de esos nuevos bares —se salvan “Eldecano” y el “Fide“— que abrazan la onda del Instagram en pleno Chamberí, es decir, mucho filtro, música hortera y alquileres de 5.000 euros por noventa metros cuadrados ampliables a zona azul. De lo que se trata es de hacer caja, sea como sea, para sostener esta burbuja a la que llamábamos noche.

Mientras tanto, las cabezas visibles de las asociaciones de vecinos sufren amenazas por parte de algunos hosteleros muy nerviosos, superados por las deudas y el peso de la supervivencia. Es la lucha de siempre enmascarada por la libertad. Unos quieren dormir y otros ponerse pedo. Entre medias algunos hacen caja como pueden, o hacían. Al final tampoco se trata de culpar a los que se saltan las normas —pocos cierran a la hora y si lo hacen dejan a decenas de clientes en el interior—, más bien de evitar que las calles se conviertan en territorios para una minoría. Demasiado tarde, como también lo es intentar volver a los tiempos en los que mi barrio era un cúmulo de mercerías, fachas y barras de mármol más viejas que el que escribe. Venid a comprobarlo, ¡esto es la guerra!

Ilustración: http://www.championdontstop.com

La vacuna de la vergüenza

Manuel Villegas. Consejero de Salud de Murcia (PP) junto a otros 400 elegidos (a dedo); Esther Clavero. Alcaldesa de Molina de Segura (PSOE); Jesús Fernández. Alcalde de El Guijo (CDEI); Sergi Pedret. Alcalde de Riudoms (JxCat)… y la lista continúa, con amplía mayoría de PP y PSOE. Pues bien, se trata de los políticos que han decido vacunarse, suponemos que por formar parte del grupo prioritario: residentes de centros para ancianos, personal sanitario y sociosanitario. Lo peor son las excusas, «sobraban vacunas y por mí y todos mis compañeros», ¿sus compañeros? En realidad fue para dar ejemplo y dedicarle los 365 del año a la gestión de una larguísima pandemia que ha demostrado la inutilidad del ser humano, excepto en lo relativo a la ciencia. Ahí hay que reconocer que el algoritmo de Facebook sorprendió a cronopios y magas con la invención del remedio.

Es curioso, pero solo hay que mirarles a la cara para darse cuenta de que muy listos no son. Lo que nos lleva a inferir que por eso decidieron entrar en política, el arte de vivir en una sociedad de clases y clases, siendo ellos meros servidores públicos. Así miran a cámara entre despreocupados y carroñeros, convencidos de que un perdón publico a tiempo entierra la vergüenza y de paso pasamos a otra cosa, quizás a una fase en la que los únicos ciudadanos ejemplares sean ellos. «Vivir, dormir, tal vez soñar» que decía el príncipe de Dinamarca.

Ahora habrá que volver a pincharles, no sea que desperdiciemos dosis en personas desperdiciadas para la sociedad. ¿Sirve de algo que dimitan? En todo caso por feos. Al final después de estos vendrán otros, y después otros, y el mundo seguirá pensando que los mayores deberían de estar muertos. Ya vivieron lo suyo, es hora de sangre de Tik-Tok. Ante semejante vileza uno llega a varias conclusiones que en realidad son dos: ser político podría considerarse una ocupación a tiempo parcial, como poner copas y, no serlo es, sin duda, todo menos «un dilema intentado salvar sus dos caras a la vez».

Un millón de muertes

1.000.000. Así se anuncia, sobreimpresionado y a todo color en las pantallas de los telediarios. Podría confundirse con el primer premio de la lotería de Navidad o el bote de Pasapalabra. Pero no. Esta sucesión de un lánguido uno y seis ceros, equivalente a la población de ciudades tan dispares como Valparaiso, Ámsterdam o la suma de todos los vecinos de Puente de Vallecas, Chamberí, Tetuán, Fuencarral-El Pardo y Moratalaz, corresponde al número de muertes por coronavirus. En el mundo, claro. Porque si Europa es ahora un país en ruinas y América un sueño dislocado con Asia en medio, la salud y la enfermedad se han encargado de conectarlos. Y de la peor manera.

Resulta terrorífico comprobar que este mar de cuerpos se contabiliza desde finales del 2019. Y acabamos de despedir este veran20. Así, se supera por un amplio margen los 650.000 fallecidos anuales por gripe, sida o suicidio, y entramos en liza con la tuberculosis, los accidentes de tráfico y la diabetes. Resulta que sí, que es real y está sucediendo, a pesar de los esfuerzos de algunos por negar la evidencia. En Auschwitz se enfriaron un millón de cuerpos. Y la historia se congela 60 años después.

La ley de los grandes números nos cuenta que si repetimos muchas veces un experimento —un millón de veces se acerca sigilosamente a un infinito—, la frecuencia de que suceda un determinado evento tiende a una constante. De momento, no hemos sido capaces de interpretar correctamente esta pandemia ni cuando era un fuerte resfriado. Sin embargo, la ola de vida continúa su curso, impasible, fieramente humana, frágil pero no vencida.

Ilustración: http://www.davidebonazzi.com/

Las cosas que echamos de menos

Es extraño cómo han cambiado las cosas en el transcurso de estos meses. A finales de agosto, cuando los niveles de vitamina D exceden los niveles recomendados y tres cuartos de España se van de vacaciones después de meses de parón forzoso, la frase más extendida por terrazas, plazas y redes es «estoy hasta el coño». Y claro, uno se pregunta cómo es posible si se supone que el estío es la fecha en la que, históricamente, mejor deberíamos estar, dueños de cuerpos dorados a la sal y una mente que, por fin, vuela lejos del fútbol y los atascos. Por supuesto que hay varias razones de peso para ello, pero la raíz del mal se encuentra en la imposibilidad de compartir.

Así es como llegamos a la conclusión de que lo que más nos apetece a día de hoy, más que echar un polvo, que también, o ponernos pelo, es probar el postre del de al lado, juntar los morros propios y ajenos en una bola de helado de turrón o una garrafa de vino, que nos escupan a la cara porque estamos hablando demasiado cerca, en la oreja o el pómulo, ¡da igual!, bailar, sí, bailar, muy apretados la canción de este no verano y abrazar a gente triste, a chicos pálidos vestidos de negro, a Abascal. Incluso la imagen del turulo comunitario se percibe como un vestigio del pasado a recuperar en este presente rancio.

A pesar de los reflujos vitales, la batalla que se libra en nuestro interior nos empuja a la soledad y la misantropía. Por un lado el miedo, por otro las ganas de que esto acabe de una puta vez. En medio, el «sólo se vive una vez» percibido como una frase de gimnasio cutre con sentido. Somos huérfanos sí, aunque también más conscientes de todas las cosas pequeñas que perdimos en el camino… y que se hacen entre dos. Más ya se considera gang-bang.

Ilustración: Charles Burns

Mal de muchos, consuelo es

Pocos hijos son conscientes de que una de las razones por las que la gran mayoría termina superando la muerte de sus padres es que su ausencia, en realidad, aligera la responsabilidad de tener que prosperar, nos ahorra el deber de convertirnos a todo precio en el vástago modelo o en la imagen cocinada en la cabeza de nuestros mayores estando aún vivos. Así, en esa soledad del corredor de fondo, el recuerdo antes de la pérdida siempre acompaña y, sin embargo, aligera el trayecto, mitiga, nos sacude para ser capaces de rendir cuentas con nosotros mismos. Y sólo con nosotros.

En periodos de pandemia sucede algo parecido e inversamente proporcional. El simple hecho de saber que se trata de un mal de todos —aunque afecte con particular virulencia a los más pobres— provoca en nosotros una cierta sensación de alivio, como si saber que el planeta tierra anda jodido a tiempo real y en cualquier uso horario actuara como bálsamo tras un exceso de exposición vital al peor de los escenarios posibles. Somos así, sensibles a la desgracia. Sobre todo cuando nos fuerza a regresar a una situación que creíamos superada hace tiempo.

Poco a poco, a medida que la mascarilla y el gel se emparentan con las llaves de casa y el Prozac, dejamos de exigirle frutos al avenir, precisamente porque si por definición no existe, ahora menos. El Antonio Machado menos tópico decía aquello de «¡Hombres de España, ni el pasado ha muerto ni está el mañana —ni el ayer— escrito». Nunca el infinito había sonado tan actual en boca de un poeta muerto. Y así nos consolamos un poco.

Ilustración: Geoff McFetridge