Motomami, madre mía la Rosalía

Lo admito. Yo era uno de tantos que deseaba con toa el alma que no le gustara el nuevo disco de la Rosalía. Mucho choni, poca enjundia, mucha gata en Kawasaki pa’ los vídeos y dos singles de despiste y sin contexto. Pues bien, aunque a nadie le importe mi opinión y tras dos escuchas sentado, en movimiento y sobrio como un barco de vela, debo plegarme a la evidencia: una chica de 28 años vuelve a dar la nota y el clavel, impone el ritmo y secuestra en un estudio de grabación lo que músicos y no músicos padecemos en la calle, la casa y los bancos de las ciudades. Así es, ‘Motomami‘ representa el hipervínculo hecho canción corta, la esquizofrenia del mundo actual en 42 minutos de subidón y bajón, es decir, la vida.

Que sí, que hay de todo, como de todo hay en los discos. Baladones llenos de belleza y ojos cielo marino, uñas de perezoso y frases de quinto de primaria, jeringuillas entre pases de modelos y un poso de tristeza por culpa de la puta de la fama. Pero claro, si ahora se escucha peor que nunca y mal por la prisa, ¿cómo apreciar que un disco no importa por lo que uno encuentra en él, sino por lo que buscaremos en la música a partir de ahora? Lo llaman genio y nunca viene exento de bilis y mala hostia.

Aviso a los listillos. Llega un punto en el que opinar de la actualidad es sólo una manera de aliviarse, y más si por edad y aspiraciones entendemos poco o nada de lo que sucede. Y es que nadie se hace sabio por vivir más, más bien por reconocer nuestra incapacidad de asimilar lo nuevo en chándal, la llama. Por esa razón conviene darle una oportunidad a la Rosalía, incluso dos, porque, en realidad, es ella la que nos la da a nosotros. Vaya motomami buena, mamita. A sus pies y con mis palmas.

La cultura del envase

La belleza está en el exterior. Repito: la belleza está en el exterior. A pesar del empeño por rascar la carcasa y dedicarle un rato a nuestros actos, el culto al envase alcanza sus mayores cotas de popularidad. A destacar las nuevas canciones de Rosalía, pero también la política del golpe de efecto, los bares como sucursal bancaria y viceversa, esos cachorros de la precariedad sonriendo en cada foto. Lo que va por dentro y desde dentro, ese don que rima con ser bueno en el buen sentido, pasa de puntillas por la modernidad. Razón aquí: renta mal y pica rueda.

La superficie, la simetría de labios y culo… las cosas sin fundamento forman parte del mantra que rige la semana. Entonces surge el inevitable prejuicio. Mejor dejarse llevar por la opinión, evitar una mirada hacia nosotros que nos enfrente al dilema de saber quiénes somos. Al fin y al cabo, el contenido carece de importancia, precisamente porque hace rato que se convirtió en carne de filtro. Entonces, poco a poco, vamos conservándonos al vacío. Luego el viento se levanta.

Hay todo un mundo diminuto en apariencia, pero de ahí proceden las cosas que dan forma y sentido a la biografía bien usada. Puede que se trate de pensar un poco —alejarse o hundirse en la superficie —, o puede que este anhelo sea otro producto más a la venta. Resulta que los que están a punto de morir siempre recurren a un trozo de vida conservado en un recipiente hecho añicos, a los amigos, al abrazo y los bailes. Lo invisible es eterno y está ahí fuera.

Ilustración: Hiroshi Nagai

C. Tangana es el puto amo

A veces uno tiene que rendirse a la evidencia. Resulta que, a día de hoy, en España se hace mucha mala música popular, buena música absolutamente irrelevante para la inmensa mayoría y sólo un pequeño porcentaje, pequeñito pequeñito, combina la alta y la baja costura de la peineta de una plañidera. En esa encrucijada improbable que es ver a Bárbara Lennie comiéndose el tocino de un cocido madrileño se encuentra Antón Álvarez Alfaro, Pucho para los amigos, C.Tangana para sus críticos y húmedos seguidores, el único capaz junto a Rosalía de monetizar notas encumbrando un personaje de ficción. Y es que por mucho que nos cueste entenderlo la única manera de «conseguirlo» a lo grande pasa por diseñar el personaje antes que las canciones, precisamente porque es muy probable que los buenos estribillos lleguen en el intento. Resumiendo: «Hacer dinero es un arte y los buenos negocios son el mejor arte». Pues hay un tío de Carabanchel que aplica al pie del cañón las profecías del Warhol ese.

Así y en cada fotografía, en cada plano recurso de cada uno de sus vídeos y apariciones televisivas hay referencias a todo tipo de ámbitos artísticos, desde la arquitectura brutalista de Javier Carvajal Ferrer al bigote de Aznar antes de ser imbécil, a la ropa interior de Los Sopranos colgada al sol, las cadenillas y los camareros del Lhardy... por supuesto, todo debidamente aderezado con la españolidad LGTBI del Niño de Elche, el ritmo playero de Toquihno o la producción crema de un Alizzz convertido en el Midas de lo que no se ve, pero se siente y hace pum.

Sirva por tanto este artículo para expresar mi más absoluto respeto por las canciones de un extrapero adicto al Auto-Tune, de un bailarín de cintura cementosa, de un boxeador con párpados de Sócrates que ha salido indemne en su intento de rimar «en tu forma de hablar» y «en tu culo al pasar»… y también algo más rico. Sé que estas cosas no le gustarán nada a algunos catedráticos del dogma, otros pensarán que se trata de un producto cárnico con ínfulas de comida gourmet, pero para no saber hacer nada este chico lo hace mejor que nadie. Lo reconozco, soy Tanganista. Lennienista ya lo era desde que nací.

Ilustración: autor desconocido

¡Gracias, Bananillo!

Érase una vez un chaval que, aburrido de estar en su casa, decidió saltarse la cuarentena. Se metió en su BMV rojo pasión gitana, enfiló a toda hostia las rotondas del Kinépolis, junto al cruce de ‘La Colorá’, y se topó con un control de la Benemérita. ‘El Bananillo’ —así se llama el prenda— hijo de ‘La Chumina’, viniendo calentito de Alfacar y en búsqueda y captura por su buen corazón, se salta las cadenas, pica rueda por encima de la pierna de un guardia civil y se cobija de estranjis en el primer portal que pilla. Resulta ser la calle Molino Viejo, bastión del clan de ‘Los Mindolos’.

A los pocos minutos se despliega en el barrio granaíno un dispositivo de hombres de verde muy cabreados con mascarillas, chalecos antibalas y «matraquetas». Ante la duda —y dado que el delincuente es escurridizo como un virus—, los agentes tiran abajo todas las puertas del bloque. Resultado: encuentran 2.500 plantas de marihuana a punto de ser recolectada. Por supuesto, sacan de cabeza al fugitivo y con él todas las macetas, arruinando el negocio familiar de ‘Los Mindolos’ que, por supuesto, ahora reclaman venganza y sangre mezclada con THC.

‘Los Bananos’ y ‘Los Chuminos’ piden ayuda a ‘Los Tripones’, lo que desemboca en la improbable unión de ‘Los Mindolos’ con ‘Los Mocos’. Las balas zumban, llegando a oídos del tío Casiano, patriarca que estrechó la suave mano de la Reina Sofía en el año 93 y claro, es la guerra. No sabemos cómo prosigue el cuento, pero sí que solo un país como España es capaz de producir realismo cañí lejos de Macondo y Rosalía, trance entre Lorca, Guy Ritchie y Bob Marley, hacernos olvidar el daño de un mundo que se derrumba ante nuestros ojos.