Fuck Vox, trátrá

Con estos dos palabros —un acrónimo anglosajón seguido de un eructo— Rosalía no solo ha conseguido irritar a las milicias del tercer partido más votado en las elecciones, sino que de manera diáfana vuelve a blandir sus uñas de grizzly en un momento en que la mayoría de músicos prefiere guardar silencio, quizás por precaución, quizás porque eso les impediría firmar contratos veraniegos en los ayuntamientos más fachas del país.

Porque ahora, y de una vez por todas, es necesario cerrar filas contra la intolerancia, tarea titánica para un colectivo con el individualismo como bandera, antítesis de un modelo a seguir —reconozcamos que los músicos, y por ende la música, importan más bien poco— pero al que se presupone una mayor sensibilidad, ciertos valores inclusivos rubricados en estrofas de tonalidades mayores, estribillos que riman con algo parecido al amor, puentes “da capo al coda”, y esa necesidad de compartir con muchos el fruto nacido en soledad, pequeño fuego, chispa brillante, la única casa del barrio con las puertas abiertas de par en par.

Repite conmigo; Fuck Vox por seguiriyas y al “traptrán”. Y de pronto uno se queda más tranquilo. Escríbelo en tu muro acompañado de una sonrisa, con la seguridad que confieren las palabras cuando sirven de muralla frente al odio; píntalo en los pasos de cebra, justo al lado de esos poemas tan chungos a lo Elvira Sastre; propaga el “whatsapp” que sofoca el incendio; disipa el humo negro soplando contra el viento. Y recuerda: las palabras curan el miedo, la música y la razón fueron, son y serán la muerte del fascismo.

Manos

Las manos nos representan. En realidad, son el único pasaporte de los hombres, una boca (70248056-Z) que en realidad es un dorso y una palma; espuma; noche sobre la que se despliegan la línea de la vida, el corazón y a veces la suerte; quizás la muerte. Ya lo decía Miguel Hernández: «La mano es la herramienta del alma, su mensaje, y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente». Y así es, porque pueden ser pálidas como las del oficinista, venosas como las del abuelo, suaves como las de aquellos que las tienden sin saber el efecto que provocan, mezcla de envidia y grima… por no haber cavado una zanja en el otoño.

Algunos se fijan en ellas sin querer, y de alguna manera —un tanto extraña— primero es la mano y luego el resto, con sus uñas rotas, los dedos largos y afilados, en ocasiones chatos y peludos… ¡un bajón! Y es que al asesino siempre se le reconoce por llevarlas ocultas dentro de unos guantes de cuero, y las de las adolescentes terminan en punta, convirtiendo el tacto en cuchilla de afeitar. De hecho, puedes adivinar la edad del portador preguntándole a los dedos, y mientras el mundo calla sabrás si está casada, si anda bien de vitamina C o si en otra vida fue alfarera como Demi Moore en Ghost.

¡Y qué decir de esas manos que te tocan, rodeando el cuello, aplicando la presión exacta, ahí, justo ahí, juego de dos más veinte en el que el dolor se transforma en recuerdo y el placer es una piscina sin cloro! Después te quedas dormido y en el sueño ya no hay cara, ni cuerpo ni metralla. Al despertar, lo único que recuerdas es que alguien te sujetaba firmemente por las muñecas antes de dejarte caer en el abismo. Abres los ojos y su mano roza tu hombro. La vida.

Odio a toda la clase media trabajadora menos a Rosalía

Si en algo hay que agradecer la peatonalización del centro de Madrid es que ahora es casi imposible no encontrarte con un atasco en cualquiera de las carreteras de circunvalación de la capital. Ahí, rodeado de coches, de humo altamente cancerígeno y de representantes de la clase media trabajadora, uno se limita a dar rienda a su más profundo odio por todos ellos (sin excluirme).

Porque, ¿a qué viene referirnos a ella de esa manera si casi todos —con alguna excepción—carecen de clase, la única media en común es la de la mediocridad y trabajadores sí pero tampoco tanto?

La clase media es la principal responsable del calentamiento global, la mayor consumidora de atún rojo y de rebajas, la única que hace la cola en las puertas de la discoteca, la que compra libros y discos de segunda mano, la que piensa en ir al chalet de la playa en verano pero que sueña con un mundo cada vez más accesible que se satura a la misma velocidad con la que se reduce el precio de los billetes de avión, la que puede rozar el cielo con los dedos, sobre todo de M, y sin embargo nunca llegar a disfrutarlo plenamente.

El pobre no tiene tiempo para esas tonterías del veganismo, los toros y la apropiación cultural: tiene que sobrevivir, encontrar comida y un techo en el que resguardarse de la lluvia y las bajas temperaturas.

Por su parte el rico exige exclusividad —ese oscuro objeto del deseo— obtiene lo que quiere y si no, lo compra. Por supuesto nada de atascos porque lo ve todo desde el cielo, sus hijos no heredan la ropa y el dinero trabaja para ellos hasta en festivo.

Coloco las manos sobre el volante y pienso en Michael Douglas en “Un día de furia”, en Rick y Sheila, en las whampatatas y en la hamburguesa de la foto, jugosa, tierna y con enormes rodajas de tomate, cebolla y lechuga fresca. Cuando la sacas del envoltorio ya está fría, aplastada e incomible. Entonces el odio crece hasta convertirse en furia y rabia, y termino gritando a mis vecinos atascados:

¡Ya no odio a las blogueras de moda, ahora odio a las blogueras de clase media…, y a mi Rosalía ni me la toquen!

Eres lo que escuchas en Spotify

Tiempo estimado de lectura: cualquier canción de Los Ramones.

El año 2018 puede resumirse en canciones, más concretamente en las 2520  que según Spotify, has escuchado a lo largo de estas cuatro difusas estaciones, periodo de tiempo que —independientemente de las malas rachas— siempre fue substancialmente mejor si en tus cascos, en el coche, en el baño del Ochoymedio, en la ofi, en el gimnasio, en el chirinquito de la playa, en el supermercado y en el tanatorio había música.

Lo has logrado, ¡has batido tu propia marca!: 17179 minutos, 286 horas, 12 días completos acompañado por los teclados de Nils Frahm, abanicado por las melodías de Joep Beving, rodeado de tus géneros favoritos, el pop, la música clásica, la electrónica, al ritmo que te pedía algo dentro de ti que nada tiene que ver con lo que dicta el mundo de ahí fuera, ese que gira a toda hostia y que se deshace de los viejos, de otros más jóvenes que se rompieron precipitadamente y acoge a Julia, una niña envuelta en una placenta con forma de pentagrama, acunada entre las cuerdas de una guitarra para diestros.

Porque si lo piensas es fascinante que puedas tener toda la música grabada en el bolsillo, esa mezcla imperfecta de ritmo, melodía y armonía, escrita por disidentes que lo hacen justo cómo y cuándo ellos quieren, que paradójicamente, es exactamente cómo y cuándo tú quieres: las grabaciones en directo de Aznavour en el 1955, las de Rosalía en su estudio casero en el 2018, las “Variaciones Goldberg” garabateadas sobre papel (muy escaso) en 1741 y grabadas por Glenn Gould en el 56 y el 81 ahora… Y quizás tú no existías, y si ya eras no fuiste tenido en cuenta, o tal vez fueron escritas para ti sin que nadie lo supiera, y resulta que los astros hablan hoy, días antes del 2019 y te susurran al oído que la mayor parte de los artistas a los que escuchas son Sagitario, como Frank Sinatra y Sia, y que tu cara B es precisamente lo que contrario de lo que Spotify te recomienda: «A veces la música no tiene por qué ser compartida con nadie más».

Y que siga sonando entre copos de nieve y rayos de sol, entre silencios,  entre tinieblas…

Animal flow, squatty potty, mindfulness: regreso a los orígenes

A veces debemos pararnos y escuchar las señales que nos mandan desde fuera… pero sobre todo las que surgen desde dentro, desde ese lugar situado entre las tripas, el cerebro y esa cosa extraña llamada instinto de supervivencia, un escalofrío vertebral que nos obliga a mirar al cielo y registrar el peligro cargado de partículas contaminantes.

Ahora mismo —momento en el que somos más conscientes que nunca de que esto llamado vida en la tierra podría estar llegando a su fin — , con la nariz y los dedos convertidos en la extensión de un teléfono móvil, necesitamos conectarnos con el mono que somos y que, a pesar de vestirlo con chandal de seda, plataformas y rouge, nunca hemos dejado de ser.  

La dieta cetogénica, el mindfulness, el squatty potty o cagar con los pies apoyados sobre un taburete al estilo campestre, el animal flow, la percusión como elemento más importante de la música actual, cazar con arco…, todas estas prácticas (cada vez más extendidas en las grandes ciudades y en los pueblos más diminutos), no son más que señales de que algo está ocurriendo, que es muy probable que después de tanto progreso, innovación, I+D+I,  Teslas y debates sobre Rosalía, vivamos sumergidos en un desequilibrio natural tan evidente (aunque reversible) que la única salida parece volver a ser cazadores recolectores, recuperar las sensaciones de un buen polvo entre trigales, desplazarnos como un reptil bajo el sol, aullar bajo la luna (en pelotas), conectarnos y colocar las piernas en cruz al tiempo que respiramos profundamente y llenamos con silencio nuestra cabeza repleta de luces de neón, trap y futuros inciertos.

Quizás y después de todo, lo único que importe sea comer saludablemente, mantener ciertas enfermedades a raya, sentarnos manteniendo una buena postura, amar al del otro lado del muro y agradecerle al universo todopoderoso que podemos hacer todo eso gracias a la pantalla extra grande del nuevo iPhone X.