Parásitos

Los Oscars 2020 han puesto de manifiesto no solo que Brad Pitt se merecía un premio por bordar al maduro solitario con polvazo sobre el tejado, sino que ahora, al igual que el Coronavirus pasa de pulmón en pulmón sin distinciones de raza o estatus social, la incorporación de nuevos miembros de la Academia —842 con un 50% de mujeres— anuncia por fibra óptica que el inglés ha dejado de ser la lengua más hablada en el cine. ¡Por fin hay un lugar para los parásitos!… al menos durante una noche.

Para aquellos que no hayan visto la película decirles que un parásito es un tipejo asqueroso que se alimenta de las sustancias que elabora otro ser vivo de distinta especie, viviendo en su interior o sobre su superficie, con lo que suele causarle algún daño o enfermedad. Resulta que a veces, y ahí radica la habilidad del director Bong Joon Ho, las cosas son menos limpias de que lo que indica su envoltura y el rico, con sus jerséis de cuello alto, su mujer aburrida encerrada en casa de diseño en la parta alta de la ciudad y sus hijos molestos, termina siendo el peor de los virus.

El cine surcoreano nos ha sorprendido a todos los medianos, ha devorado a Martin, Pedro, Sam y Quentin y, cómo no podía ser de otra manera, en su discurso se olvida de los implantes vacunos, la justicia social, el Apocalipsis climático provocado por una aleación de cobre, estaño y regulo de antominio bañada en oro de 24 kilates y suelta: «Ahora toca emborracharse». Privilegio de ser pequeño, honor de ser parásito.

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