Supongamos que Madrid es una ciudad

Mucho se habla de la nueva serie de Scorsese para Netflix. Protagonizada por Fran Lewobitz, francotiradora neoyorquina de un tiempo suspendido, sus capítulos son un homenaje póstumo a una ciudad que ya sólo existe en el imaginario colectivo, la única en el mundo capaz de levantarse a su imagen y semejanza para terminar siendo una copia de Dubai sin arena de duna. Mientras los más incautos seguimos soñando con sus alturas y ese olor a ciudad-ciudad, en Madrid sucede un fenómeno sin precedentes: la capital desaparece bajo la nieve para acaparar cada noticia. En este escondite anómalo —es evidente que nadie en posiciones de poder ha sabido gestionar la llegada del invierno siberiano— pocos se atreven a dar la cara y, cuando alguien decide hacerlo, el resultado es tan literario como alucinógeno: «en el metro de Madrid lo normal es no ir abrazados, ni estar sin mascarillas, ni estar comiendo y, por tanto, sí es un lugar seguro». Os imagináis de quién es el titular.

Así es, la Ayuso contrataca para tranquilizarnos con esa mirada empapada en Orfidal, y de paso obviar el hecho de que, a día de hoy y si necesitas desplazarte para hacer tus cosas, la única alternativa es compartir el subterráneo con millones de vecinos. Porque si en Nueva York el capitalismo se impuso a la democracia, en la capital de España el hielo se desgarra, el cielo calla e Isabel sonríe con plomo en las entrañas.

«No hay nada de malo en ser un inepto, o en hacer algo mal, fatal, pero guárdatelo para ti. No lo compartas», escupía Fran en uno de los capítulos. Quizás esa sea la principal diferencia entre Nueva York y Madrid, entre los dos países en uno, el que calla y el que sufre. Porque os puedo asegurar que ningún madrileño va al cielo, y si lo hace es muy a su pesar. Será porque estos días todos se desplazan bajo tierra, en dirección contraria al horizonte. A 13 de enero Madrid es sólo un metro y su presidenta un personaje de ficción.

Ilustración: www.tinapaterson.com

“Rompan todo”, el documental de la polémica

A estas alturas muchos ya habrán visto el documental “Rompan todo: La historia del rock en América Latina” y, como siempre en estos casos, la polémica está servida en el backstage, el escenario y las tertulias de Twitter. Por un lado, los que creen que están todos los que fueron, siempre debidamente amamantados por Gustavo Santolalla o sus méritos pretéritos; por el otro, los que no pueden entender que en un recorrido de seis horas por el cuerpo septuagenario de nuestro rock latino —amalgama y calidoscopio de culturas—, se haya dejado de lado a La Movida Madrileña, Ratones Paranoicos, Hombres G y otros muchos grupos susceptibles de ser reivindicados, aunque intrascendentes para la vida diaria. Fuera del debate, en cambio, flota una cuestión que deja en evidencia a aquellos que vamos sentando cátedra: si la música es universal, ¿por qué el Océano Atlántico actúa como barrera infranqueable del sonido?

Y es que, exceptuando la floreciente comunidad latina instalada en Madrid y alrededores, pocos músicos españoles hablan con fervor de Charly Garcia, Luis Alberto Spinetta y Gustavo Cerati —Santísima Trinidad sonora del viejo continente—, y si lo hace es ahora, justo después de ver un documental que pone de manifiesto la deuda nunca reconocida con nuestros primos lejanos. Quizás se deba a que el rock argentino es un género en sí mismo, inalcanzable para el oriundo de Chamberí; quizás sea porque el rock latinoamericano es, con la excepción de Maná, más complejo e intelectual que cualquier propuesta patria, y por lo tanto incomprensible para el feroz conquistador; quizás el misterio pertenezca a Fito Páez y Calamaro.

De la misma forma, pocos son los grupos mejicanos o chilenos que reconocen la influencia directa de Radio Futura, Nacha Pop y Gabinete Galigari —por nombrar las némesis de Charly, Luis Alberto y Gustavo—, aunque podría ser que sí estuviera presente en el subconsciente, tan cerca que termina por obviarse. Sea cual sea la razón de esta distancia, Netflix nos brinda la oportunidad de descubrir por encima un planeta dentro de otro planeta, la vida sostenida por obra y gracia de un estilo musical que lo rompía… y volverá.

Gambito de dama

Hay que inventarse pasiones. Y da igual si éstas duran un bostezo o te entierran. Ahora, con eso de que Netflix propone entretenimiento masivo a precios de sillón-manta, le ha llegado el turno al ajedrez. Porque a pesar de que el gambito de dama hace referencia a los movimientos 1.d4 d5 2.c4 en los que el peón de alfil dama se ofrece para dominar el centro del tablero, la ficción lo anuncia como una de las series más populares de la plataforma. Para resumirlo y pasar a otra cosa: una chica prodigio con la cara de Willy Wonka encuentra la redención en el único deporte donde se suda para adentro, en plan Sánchez Dragó, pero sin dejar embarazado a nadie. De repente, lo viejo es tendencia y las partidas en línea compiten con los matchs de Tinder. No todo está perdido en 2020.

Solamente conozco a un amigo que juegue al ajedrez. Se llama Luis, gasta porte a lo Bobby Fisher versión gimnasio y me recomendó en su día comprar un tablero de madera, de esos que producen un ruido de cáscara de huevo cuando arrastras las fichas sobre la superficie. La cosa no termina ahí. De hecho, acaba de empezar. Declarada la guerra nos zambullimos en un universo extraño, socio del cálculo y las probabilidades y la vez sujeto a la impredecibilidad de las tormentas. Los más pequeños derrotan al todopoderoso, la reina impone su ley frente a un monarca estático, la torre antes que el alfil, y mientras tanto los caballos cabalgan por la galaxia de nuestra cabeza. Eso sí, el mundo se detiene al mover.

Es a base de jugar partidas cuando comienzas a entender que el ajedrez se parece mucho a meditar, una suerte de hipnosis con accesorios. Simplemente intercambiamos la nada del ser consciente por el todo dinámico, los pranayamas por el último aliento, el reino en juego por el juego del día a día. Así son las pasiones de la vida moderna, exactamente las mismas del siglo VI; así es el ajedrez cuando le extirpan el cine e imita a la vida y la muerte, al blanco y al negro, a esa promesa que burla el algoritmo de la carne. ++.

¿Es Michael Jordan una mala persona?

Mientras a este lado de la pantalla todos hablamos de lo único, existen infinitos multiversos dentro de la fibra que nos ayudan a sobrellevar —ya nadie vive— una realidad cada vez más precaria. De entre todos ellos destaca un pájaro con el 23, la bailarina con extremidades de muelle que cambió para siempre la estela del sudor, convertido desde su estreno el 26 de octubre de 1984 en sueño húmedo de la tierra, modelo de conducta y negocio valorado en 3.000 millones de dólares al año. Se llama Michael Jordan y protagoniza “The Last Dance“, obra cumbre del plomizo Netflix.

Y es que de pronto, gracias a horas y horas de metraje inédito, versículo a capítulo, vamos descubriendo diferentes facetas de un hombre-escultura que, consciente de que solo no se puede aunque seas el mejor de todos los tiempos, dirige con mano de hierro a sus compañeros. Resultado del partido: seis títulos de la NBA. Entre minutos de trash-talk les increpa 24/7, apuesta con el bedel, vuela, saca la lengua, arma a Scottie y a Kukoč para la guerra, pierde a su padre y claro, ¿cómo no vas a hacerle caso a un tío con los ojos rojos?

Ahora el mundo tiene una nueva razón para dividirse aún más. Algunos verán en él a un tirano con un instinto competitivo tan insaciable que convertía una pachanga con Magic y Larry en un combate a muerte. Otros le recordarán como el líder supremo abonado a un fin que rima con victoria. Me quedo con el hombre, el hijo del viento que se ponía él solito los cordones de sus Air Jordan un número más pequeño.

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El mundo según Joe Exotic

Ahora que el tiempo es una variable extraña y remamos en un presente errático de recuerdos y festivales perdidos, es el momento perfecto para zambullirnos en la ficción de los libros, en la relación con nuestra pareja convertida en compañero de celda o en “Tiger King”, una serie de Netflix que es, por méritos propios, la versión palurda de un drama shakesperiano ambientado en la América profunda, a grandes rasgos España a día de hoy y desde hace cuarenta y nueve días.

La premisa es la siguiente: “Si hay más tigres en los patios traseros de Estados Unidos que en libertad, ¿qué puede salir mal?”. Pues todo. Para confirmarlo ahí tenemos a Joe Exotic —una mezcla de Belén Esteban, el comisario Villarejo y el Banano pasado por un filtro rosa— dueño de un zoo en Oklahoma y obsesionado con Carol Baskin —animalista de turbio pasado—, las armas de fuego, los piercings en la ceja, los likes, el tinte y el amor polígamo. Y claro, como la realidad supera siempre la ficción aquí hay más villanos y muertes que en las ocho temporadas de “Juego de Tronos”.

El caso es que, poco a poco y a este lado del charco, encontramos a muchos políticos que adquieren la forma fieramente humana de Joe Exotic, sus maneras, esa bilis convertida en metralla, incluso el estilismo virtual, olvidándose de que una gran parte de los ciudadanos, y por primera vez en mucho tiempo, han venido a ver correr a los guepardos y las panteras, no a los supuestos dueños del zoo. Será que en cautividad somos incapaces de evadirnos de nosotros mismos.

Michael Jordan por los aires

Desde hace mes y medio no existe otro tema de conversación, o si existe termina estampado contra la troposfera, aquí abajo, en una realidad enmascarada a puerta cerrada. Sin embargo, hace dos días —por obra y suscripción de Netflix— volví a reencontrarme con el 23… veintitrés años después. Fue fascinante comprobar que sigue dominando la gravedad como nadie, marcando 63 puntos contra Larry Bird —el pájaro era otro, blanquito—, infrautilizando muñequeras en un aire que es placenta y que yo, el segoviano rubio que quería ser negro, no era más yo, sino un manojo de nervios ante la electricidad del baloncesto imitando al arte, al deporte asistiendo a la vida.

La verdad es que el Michael Jordan hombre es tal y como te lo esperas. Su escletórica ha enrojecido un par de tonos, se le nota algo botijo, bebe bourbon en ‘old fashioned’ y fuma Montecristos, y mantiene esa mirada del competidor que trabaja más duro que nadie para aspirar a todo y, a pesar de todo (bis), cree que podría haber hecho más (x2), ganar más (x3) partidos, saltar más (x4) y mejor, brindar más (x5) con Scottie, convertir durante más (x6) tiempo Chicago en el epicentro de un mundo con el aspecto de un balón Spalding. ¡Y cómo le queda la boina, por favor!

Sí, es un privilegio ver al mejor de todos los tiempos dando sentido a cuatro cuartos de quince minutos, pero lo que no tiene precio es escucharle repetir como un mantra aquello de «el talento gana partidos, el trabajo en equipo y la inteligencia ganan campeonatos». Volviendo a la tierra; si queremos seguir bailando no nos vendría mal ponerlo en práctica. Palabra de Dios (aka Michael Jordan).

Parásitos

Los Oscars 2020 han puesto de manifiesto no solo que Brad Pitt se merecía un premio por bordar al maduro solitario con polvazo sobre el tejado, sino que ahora, al igual que el Coronavirus pasa de pulmón en pulmón sin distinciones de raza o estatus social, la incorporación de nuevos miembros de la Academia —842 con un 50% de mujeres— anuncia por fibra óptica que el inglés ha dejado de ser la lengua más hablada en el cine. ¡Por fin hay un lugar para los parásitos!… al menos durante una noche.

Para aquellos que no hayan visto la película decirles que un parásito es un tipejo asqueroso que se alimenta de las sustancias que elabora otro ser vivo de distinta especie, viviendo en su interior o sobre su superficie, con lo que suele causarle algún daño o enfermedad. Resulta que a veces, y ahí radica la habilidad del director Bong Joon Ho, las cosas son menos limpias de que lo que indica su envoltura y el rico, con sus jerséis de cuello alto, su mujer aburrida encerrada en casa de diseño en la parta alta de la ciudad y sus hijos molestos, termina siendo el peor de los virus.

El cine surcoreano nos ha sorprendido a todos los medianos, ha devorado a Martin, Pedro, Sam y Quentin y, cómo no podía ser de otra manera, en su discurso se olvida de los implantes vacunos, la justicia social, el Apocalipsis climático provocado por una aleación de cobre, estaño y regulo de antominio bañada en oro de 24 kilates y suelta: «Ahora toca emborracharse». Privilegio de ser pequeño, honor de ser parásito.

Sobre el secreto de la felicidad

Resulta que, a veces, las intuiciones más primarias, aquellas que forman parte indivisible de nuestra existencia, deben de ser clasificadas científicamente para ser tenidas en cuenta, si no por la mayoría, al menos por el grueso de los vivos. Y a eso se han dedicado unos “hippies” en la Universidad de Harvard durante los últimos setenta y cinco años. El experimento en cuestión, denominado “Estudio sobre el desarrollo adulto” y financiado mediante recursos privados, pretende determinar qué es lo que nos mantiene en forma y contentos a lo largo de toda una vida… y resulta que, ¡sorpresa!, no es ni el dinero ni la fama.

En 1944 y con este fin se crearon dos grupos —a día de hoy son sus nietos quienes lo perpetúan— que, a la larga, mostraron comportamientos sociales antagónicos. Uno, el más longevo, se caracterizó por mantener estrechos lazos con sus familiares, conservar a los mismos colegas crápulas de siempre y ser capaces de dormir siete horas del tirón, con los beneficios para la salud que implica beber y descansar en paz con uno mismo; el otro, propenso a la soledad y las relaciones abruptas, comenzó a flaquear a los cincuenta, ignorando que la interacción social, el amor y la confianza guardan, en definitiva, el secreto de la felicidad.

¿Por qué en 2019 seguimos empeñados en negar esta evidencia? Pues porque somos mortales y deseamos algo rápido e indoloro, un tiro que sane nuestros males al instante, justo lo contrario de la oferta de las relaciones, sinónimo de picar piedra, idas y movidas, abono y riego… el antiglamour, vamos. Cambiemos focos por paseos bajo la luna, Casios por citas de noche, batidos de comino por cerveza, correos por morreos. No hay tiempo que perder; no lo hay, de verdad que no, y menos para ser famosos o millonarios.

Una historia de amor sobre el divorcio

Muchas veces nos toca asumir papeles para los que nada ni nadie nos había preparado. Ser hijos ausentes, (indecisos) padres e incluso esposos no entraba dentro de los planes de muchos y, sin embargo, día a día le vamos dando forma al personaje, casi siempre de manera torpe; otros, los menos, rozando la victoria con los dedos y el sueño acumulado. De entre todos esos momentos hay uno particularmente duro, incluso violento: el divorcio, la pena que conlleva la pérdida del otro.

Porque no hay nada más profundamente humano que aceptar que las cosas llegan a su fin, y al romperse el cristal somos plenamente conscientes de lo mucho que quisimos al primate que calentaba cada noche el lado derecho de la cama, la que dejaba el cenicero lleno de colillas, el principal causante de los atascos en el sumidero… que ya no está. Meses después, sobre todo en las frías noches de solsticio, llegan las preguntas, los dardos y el ardor: ¿por qué no accedí a irme a con él cuando le propusieron aquel trabajo en Nueva York? ¿Es posible no renunciar a la vida que creemos merecer mientras compartimos gastos e hijos? ¿Por qué duele tanto ahora si en el último año no soportaba tenerla a menos de un palmo?

Todos estos interrogantes desfilan ante nosotros en “Historia de un matrimonio”, recordatorio vital en el que se muestra como, a pesar de la aparición de abogados sádicos, la geografía adversa, las infidelidades y el sobre nominativo, a veces el amor permanece en su forma más pura, casi mística, agazapado en los segundos que ella invierte en atarle los cordones de los zapatos. Ya lo decía la canción: «Estar solo es estar solo, no estar muerto». Y el amor nos sigue hablando, incluso después de que la película se acabe.

Vida y obra de tu mano

El primer día de vida, una mano del tamaño de una ciruela fue cegada por la luz del quirófano, percibió el rugoso tacto de la comadrona y, minutos después, con el resto del cuerpo envuelto en una bruma cálida, se ancló alrededor del dedo de la madre, exhausta tras el milagro del alumbramiento. Sería solo una cuestión de tiempo, de ruido al crecer, y la mano, curiosa y blanda, fue descubriendo el mundo, palpando la alfombra del Ikea y la madera del parqué, la hierba púrpura y el labio inferior paterno, el agua templada y una gota de leche tibia.

Y llegan los primeros escarceos con la nariz, a veces oro, la necesidad de registrar y darle forma al barro y lo invisible, incluso al tiempo, y falanges y metatarsianos se estiran para alcanzar cotas más altas, luchar contra cordones de zapatos en oferta, cazar moscas, hundirse en botes de Nocilla, cruzar pasos de cebras con las chapas. Después explotan granos, los dedos se deslizan sobre teclas blancas, negras, después blancas, se pierden en la nieve, bajo la playa, cerca del agua, salada, dulce o con cloro, aceleran sin guantes, salen por la ventanilla del Toyota… y el paisaje cambia.

El sexo. Mención aparte merece encontrar nuevos atajos, desnudar bragas, separar montes, capturar el gozo, entrar, salir, quizás soñar, posarse en otras manos y dibujar juntas un iglú sobre la superficie de la ventana empañada, ver el sol bostezar por detrás de las grúas, esconderse en un bolsillo. Más tarde el anillo aprieta, el pulso burla el equilibrio, el movimiento es pérdida y una noche, somnolienta sobre el pecho de su dueño, ella, vieja y hendida por el rayo, percibe por última vez los latidos del corazón: esta es la vida y obra de tu mano.