Somos los putos Peaky Blinders

Parecía imposible. En plena era del chandal desprovisto de metal, con el movimiento de rotación de la tierra superando con creces los 1.700 kilómetros por hora y el compromiso político a la altura del felpudo de la caseta de Toby,Peaky Blindersse impone como un fenómeno global… reivindicando un estilo pretérito. ¡Joder!

Porque la segunda década del siglo XXI es un menú audiovisual a la carta donde la cocaína y el whisky han sido substituidos por el MDMA y los zumos detox, el tabaco por un puto vaporizador sabor regaliz, la elegancia de los trajes-tres piezas por unas chanclas con calcetines, y sin embargo, una serie ambientada en 1929 al compás de Nick Cave representa un elogio de la paciencia y el claroscuro, sin olvidar las aventuras de siempre en las que la familia gitana, el sexo a pelo y la redención, la amistad, la venganza y unas cuchillas escondidas en una gorra de lana merina ocupan un lugar destacado, sin prisa, entre el opio y la niebla, a escasos metros de un corcel negro aparcado en una calle sin asfaltar.

Resulta que en la nueva temporada, un torturado Thomas Shelby se enfrenta a Oswald Mosley, seductor con envoltorio “Made in Savile Row”, representante del fascismo de tribuna y raíz engominada del mal con intereses en China… ¿os suena de algo? Será simple casualidad o que el problema ha alcanzado la envergadura planetaria de Netflix, arancel de tardes a 11’99 € en las que la ficción —inspirada siempre en hechos reales— imita por enésima vez a la realidad hasta convertirla en el pasatiempo favorito del mismísimo diablo.

Además enseña un poco de historia, deja bien claro que en tiempos de cracks bursátiles los guantes de cuero negro no eran patrimonio exclusivo de las sesiones sado y que una vez, no hace demasiado tiempo, unos paletos de Sheffield atemorizaban a los Latin Kings escupiéndoles a la cara aquello de: «¡Somos los putos Peaky Blinders así que apaga esa mierda de reguetón!».

¿Cómo escribir la risa correctamente en un mensaje?

Recibo críticas constantemente por esta cuestión. Y todo se debe a mi incapacidad para utilizar un icono que llora para expresar que algo nos produce risa… pero no necesariamente que nos haga llorar de la risa.


Al principio utilizaba la onomatopeya jijijijiji, hasta que, después de varios meses de críticas y acoso por mensajería, decidí que tenía que cambiarlo. Era evidente: no expresaba la idea con claridad. Además era como de tío flojo, ¿no? Porque, ¿quién coño se ríe así además de Jose María Aznar y Stephen Hawking?

Después lo cambié por jejeje, pero no jejejeje, sino jejeje a secas. Tres sílabas. El resultado fue similar. De hecho me dijeron por WhatsApp que parecía alcohólico, o recién salido del dentista, rígido… un bajón de tío.

Probé jajajajaja durante unos meses, no por convencimiento sino más bien por adaptarme al medio, y utilizar la expresión de la risa (escrita) más extendida. Sin embargo tampoco es lo suficientemente gráfica porque cuando nos descojonamos utilizamos un sonido mucho más cercano a la hache, la antigua efe latina con un sonido aspirado, un ha ni mudo ni simple y que nos emparenta directamente con el capitán Haddock tras arponear a Moby Dick o con Maradona después de meterse un rayón .

Y tampoco lo veo claro. Al mismo tiempo las opciones se reducen y no es cuestión de volver al jijijiji, ni al jejeje, ni al jajajaja o al jajajá — por razones obvias—. Así que en otro intento, y ya van cuatro, de conectar con la masa, la misma que pide sugerencias de series de Netflix por el Facebook o espera con avidez que les comenten por Instagram lo bien que salen en las fotos. ¿qué me recomendáis?, además de no volver a molestaros con estas gilipolleces que escribo…

Y para vuestra información: la expresión correcta de la risa escrita es ja,ja,ja, sin tildes y con comas. Buenas noches.

El reto de 2019: echar un polvo todos los días del año

Lo reconozco; siempre he sentido especial antipatía por los retos que la era viral-digital ha traído consigo. No le veo la gracia a echarse agua helada por encima —a pesar de que se haga por una buena razón—, compartir tu deterioro físico del 2009 al 2019, o aquel desafío de “la sal y el hielo” que consistía en esa combinación letal sobre la piel que terminaba con una terrible quemadura. Y, ¿qué decir del “In my feelings challenge” que consistía en bajarse del coche en marcha y hacer una coreografía con una canción de Drake? Éste también era por una buena causa y causó varios accidentes que casi les cuesta la vida a varios idiotas bailongos.

Lo admito, soy un rollo de tío y no solo no soy capaz de pasármelo bien de esta forma sino que no soporto que otras personas se lo pasen bien, lo graben y además no sean conscientes de los intereses espurios que se esconden detrás de la “cultura” de masas.

Es por esta razón que quiero proponer el verdadero reto del 2019, algo que no tenga ningún vínculo con recaudar dinero, ni con los labios de Kylie Jenner, ni siquiera con actividades al aire libre (aunque también valga hacerlo en el baño y en el bosque). Ahora que llega el invierno propongo que echemos un polvo diario, cumplirlo a rajatabla todos los días a pesar de que hayamos trabajado muchísimo y lo único que nos apetezca sea llegar a casa, abrir una lata de mejillones y ver una serie de Netflix, rebelarnos contra la gripe, los niños y el tedio diario de compartir la cama con la misma persona con la que comenzaste a salir y que ahora está sentado en la cocina comiéndose un sandwich de pavo con las lorzas al aire y un principio de calvicie en la coronilla que brilla bajo la tenue luz. Y con sexo quiero decir a que vale cualquier cosa pero que incluya coito, lo suficiente para que tus mejillas recuperen el color y tu piel la firmeza de antaño, hasta que eso que a día de hoy es un premio (el 25% de las parejas casadas follan menos de diez veces al año) se convierta en una rutina más, como ir al baño, pagar el I.V.A. y pedir una pizza los viernes por la noche.

Adelante valientes, a ver quién se atreve.