leer es una forma de desaparecer

El coño, ese gran misterio

Ayer, por esas cosas que tiene la familia, descubrí algo que hasta entonces había permanecido oculto tras un padrenuestro, cientos de tabúes y una maraña de pelo patriarcal. Resulta que un gran porcentaje de mujeres cis, heterosexuales y de cualquier edad nunca han visto otro coño (de cerca) que no sea el suyo. De hecho, mantienen en su imaginario personal e intransferible una idea de vulva asociada al sentido de la vista y el tacto de sus propios genitales y que comprende el monte de Venus, los labios mayores y menores, el clítoris, la uretra, el vestíbulo, la entrada vaginal y el perineo; vamos, todo un universo concentrado en otro universo de pétalos, alma y emoción.

Así nos encontramos con tantas formas y tamaños como mujeres pueblan la Tierra. Algunos desafiantes como alas de mariposa, otros integrados en un surco de piel y flor, de tiralíneas, tímidos, cordillera a vista de pájaro, capotes al viento, gajo de limón, media luna y media entera, pero todos desafían lo que se considera normal y bonito porque todos ellos son perfectos a su manera. ¡Qué menos que observarlos o devorarlos sin pestañear, aplicando la cadencia justa de la palabra unida al sexo!

Es por esa razón que este descubrimiento abre vías de diálogo y pone sobre la mesa una cuestión tan absurda como los cánones de belleza, construcciones desapegadas de la realidad más visceral, la única que puede hacernos sentir bien o profundamente desvalidos. Es el momento de poner la concha en el lugar que se merece, habida cuenta de la inutilidad de su homólogo fálico y la deriva de la humanidad. Simplificado el corazón nos queda el coño. Siempre.

Ilustración: Georgia O’Keefe, «Pink Tulip».


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