La piel del verano

El calor viene a confirmarlo: cada uno tiene la piel que se merece. Después de la nieve, las pieles recuerdan a las velas de los barcos en un horizonte de tarde y poca ropa . Ahí están ellas, transformando este paisaje que es el verano, recordándonos que somos todo lo que hacemos con el tiempo. Los efectos de latir dejaron marcas alrededor del sol, pliegues que no pueden lavarse, ni siquiera al ocultar el cuerpo bajo el agua. Me gustan las pieles al aire porque cuentan sin querer la historia en cada uno de nosotros, cuentos de entusiasmo y cuenta hacia delante.

Observo la piel de la familia, tantos años, tanta pérdida, tanta vida. Hay pliegues en el escote, piel blanca por culpa de la crema. A través de las pieles puedo ver el hueso y la biografía, si fueron libres o estuvieron solas, si a veces, cuando nadie las mira, se arrepienten de aquello que nunca sucedió. Después observo la mía, una piel de muerto enrojecida por lugares a los que no acceden los brazos. Imposible ser buen escritor y estar moreno, eso me digo con los empeines abrasados.

Me gusta pensar en las pieles como flores que reciben un polen de luz, que el sol es una abeja en busca de pieles en las que posar su boca, pieles que nacen, se pudren y desaparecen dejando un rastro de almendras. No es casualidad que mudemos de piel después del mar y antes del frío. Así recibimos el castigo de los días cortos. Ahora frotémonos la piel, dejemos escamas en el aire, seamos serpientes al ritmo de un verano que nunca acaba, que late cada día un poco más en nuestro pecho.

Ilustración: Sooah

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