La gente se muestra muy despacio. Lo hace para protegerse, también porque el misterio trae revelaciones en torno a un secreto. Si no, ¿por qué se repite el «no sé quién eres» al descubrir a la persona que creímos conocer? Oculto por ropa de marca y maquillaje hay un hueso que se roza con paciencia y generosidad, como si las nubes pudieran disiparse a base de soplidos y momentos felices. Cuanta más luz, más misterio; cuantos más claros, más resistencia. La gente se muestra muy despacio. Lo otro no es mostrarse, solo aparentarlo.
Los objetos nos interesan cuando son inalcanzables.Los ídolos son aspiraciones, «no se toca, niño». Un misterio nuevo, eso representa la gente que nos gusta y con la que compartimos tiempo y número de PIN. Así, poco a poco, comenzamos a intuir el color de sus ojos. Verdes con el sol de cara, azules en la penumbra de una habitación tan blanca. Sucede lo mismo con la ciencia. Al profundizar en sus fórmulas uno se pierde en algo inconmensurable. Llevamos siglos hablando de lo mismo: los otros. Bailamos con el misterio, follamos con el misterio, vivimos siendo conscientes del miedo que tenemos a sentir algo bonito.
Ser consciente de lo poco que conozco me da paz. Si supiera muchas cosas o pudiera predecir la lluvia sería un desgraciado. La revelación tiene algo de aventura cotidiana, un ritmo marcado por las horas en las que parece que no sucede nada. Así vamos rascando la piel que no habitamos, sin esperar algo, sin esperar siquiera, hasta toparnos con el único misterio que merece la pena resolver, aquel que se revela solo. Tiempo, amor y dudas. Eso somos. El resto, silencio y pétalos que sopla el viento.

Ilustración: David Shrigley