Los prejuicios

Taylor Swift trae su empresa a Madrid y con ella una horda de molestias para los vecinos, propietarios de pisos caros con vistas a un estadio convertido en caja registradora. Los fans bien, gracias, siempre los mismos, ahora y hace sesenta años. Los vecinos con sus permanentes y su polos bien planchados. Los primeros lloran y compran pañales para no ir al baño, los segundos se quejan por culpa de los «ensayos» y la imposibilidad de vivir tranquilos con sirvientes. Taylor is rich, también Florentino. Yo debajo, lleno de prejuicios contra todos por escuchar música de fábrica, contra esos vecinos y sus reclamaciones llenas de razón y privilegio, contra la dueña del mundo siendo de pueblo.

Los prejuicios son malísimos, se construyen solos o con ayuda de lo que nos rodea, bueno o malo. Lo peor es que nos cargan de razón, «música de mierda», «aj, ricos», nos engañan al hacernos creer que pensamos cuando, en realidad, no hacemos más que centrifugar el mismo pensamiento, el mismo pensamiento, el mismo pensamiento. Preguntad a un niño sobre Taylor, sus fans, los vecinos del Bernabéu. Os mirará con restos de chocolate en la barbilla, tareará una de sus canciones, sonreirá al ver botas de cowboy con purpurina en cada paso de cebra, le enternecerá la señora que no puede mover el Mercedes del garaje. La sabiduría se parece a una canción con una estrofa y dos prejuicios.

Leo una lista sobre la manera de luchar contra los prejuicios: evitar conclusiones anticipadas al conocer a alguien por primera vez, empatía, observar las excepciones a la norma, cultivar la mente a través de la cultura… Aunque fuera capaz de aplicármelos todos seguiría pensando que el infierno son los otros, que la gente pierde tiempo y dinero al ser como los demás. Sin embargo, desde mi terreno, uno pequeño, invisible y con música de Coltrane, me doy cuenta de que estoy solo y ellos, vecinos, fans, cantantes y empresarios sin escrúpulos, se sintieron, durante dos días, un poco más acompañados.

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