La felicidad futbolística se dibuja en la cara de los adultos. Miran a cámara como si fueran simios, más niños, encierran en sus ojos una lágrima. Los niños, en cambio, recuerdan a los mayores, copian sus gestos de cantos y brazos en el aire. Yo los miro a todos sin saber muy bien qué sienten. ¿Cómo es posible que un juego pueda convertir una ciudad en una fiesta? Hay otras aficiones, la música y el arte, ir de pesca, pero ninguna posee el ímpetu del fútbol, las ganas de ganar una y mil veces. El deporte como forma de elevación máxima, la certidumbre de que jamás podremos correr como un futbolista cobra y gana.
Carmen, la abuela de mi amigo Luis, sentía esa felicidad cada domingo, porque raro es el domingo que el Real Madrid pierda. Se sentaba delante de la televisión, subía el volumen y retransmitía el partido a su manera. Con los goles de su equipo, la abuela Carmen iba transformándose. De pronto, ya no era vieja, solo una hincha, sus huesudas manos paraban los intentos de gol de los rivales. A veces, 90 minutos dan para aburrirse, también para cambiar el mundo.
Hay muchos adultos que asocian su felicidad a una tarde en el campo. Cuando el árbitro declara el final del partido, la realidad se rompe, todo cuesta: abandonar el estadio por los vomitorios, coger un taxi, regresar a casa en una nube y darse cuenta de que, mañana, el partido se juega en el trabajo. Esos adultos recurren a un momento que ni siquiera les pertenece, que sucedió ante sus ojos prescindiendo de su ayuda y sus insultos. Quizás ese momento feliz no sea la felicidad bien entendida, quizás solamente implique un poco menos de dolor. Y a eso hay que aferrarse siempre.

Ilustración: David Shrigley