Somos más frágiles que una bombilla. Cuando cortan la electricidad, la bombilla deja de dar luz. Nosotros, en cambio, nos quedamos a oscuras, «el tema es tenernos acojonados», dice una señora, «justo ahora que hemos rescindido contratos armamentísticos con Israel», añade el otro. El colapso eléctrico nos pilló con nada de efectivo, siendo incapaces de encontrar una oficina de Correos sin Google… porque todo es eléctrico y a todos se nos olvidó bailar.
Hubo un tiempo en que el fuego servía para calentar la comida, ahuyentar a los lobos y mandar mensajes sin palabras. Fue reemplazado por la corriente eléctrica, como ayer los semáforos fueron agentes de movilidad y las radios viejos teléfonos que congregaron la atención del mundo. Los turistas parecían felices lejos de sus casas; los locales querían escuchar la voz de madre. El sol produce electricidad gratuita por encima de nuestras cabezas todo el año.
El colapso no fue televisado porque la televisión no iba, y desde el balcón pude escuchar la última hora de los vecinos y la democracia: Canarias tenía luz y el norte y algunos puntos del sur adelantaron a la capital en la recuperación del suministro. Al igual que la falta de corriente trae un silencio al que cuesta acostumbrarse porque implica mirarse a los ojos, la tecnología sirve para muchas cosas, también para alejarnos. Sirenas y helicópteros, notas manuscritas en los portales y velas. «Estamos bien». Al hacerse la luz volvió la sobriedad a la Gran Vía.

Ilustración: Desconocido
Lírica costumbrista para ponerse de perfil: las cosas pasan porque tienen que pasar, en función de la alineación de los planetas…jajaja…
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