Venga, ¿es Cuba una dictadura o qué?

Embajador de Panamá. Foro de la Organización de los Estados Americanos (OEA). «¿Cuál sería la reacción de un derechista, un demócrata cristiano y un comunista frente a la infidelidad del cónyuge? Pues el derechista la emprendería a golpes; el demócrata cristiano se sentaría con su pareja para intentar que no volviera a suceder y el comunista tiraría piedras contra la Embajada de los Estados Unidos». Evidentemente, la gran mayoría de los presentes se descojonó. La parábola del chiste viene ahora. La OEA nunca resolvió nada, ni las desapariciones de Chile y Argentina, ni la guerra de las Malvinas ni, por supuesto, la importación del marxismo en Cuba. Eso sí, ahí se reunían con el fin de cambiar todo para que nada cambiara. Bueno, ahora el «Patria y Vida» resuena en la isla ante la falta de los alimentos, vacunas y una vida más digna.

Mientras los cubanos hacen valer sus derechos fundamentales, el mundo a su alrededor se pierde en debates baldíos que la izquierda dribla por miedo a perder tasa turística. ¿Es Cuba un régimen totalitario? Poco se parece a Siria o Sudán. ¿Es Cuba una dictadura? En el caso de que lo fuera, queda lejos de la de Franco, exactamente a 7.152 kilómetros y un Meliá todo incluido. De esta forma, un país internacionalista volcado en los servicios al exterior recibe críticas feroces ante el trato que reciben sus habitantes. La prisión de Guantánamo tortura desde el 2002, pero al tratarse de los enemigos del mundo libre…

Poco importan las palabras o las definiciones académicas. La España democrática y parlamentaria vulnera la libertad de expresión cada día, aplica porras y pelotas de goma de manera indiscriminada y en un audio de Florentino Pérez hay más caciquismo y maldad que en toda La Habana. El desafío no se encuentra en las definiciones, sino en lograr entender la palabras de un santo: «En una fortaleza asediada, toda disidencia es traición». Dignidad para el pueblo cubano.

Ilustración: agentpekka.com

Selección española y orgullo gay

Nadie discute la importancia del fútbol moderno. Es más, a pesar de la distancia social sigue ejerciendo un magnetismo universal y pecunario. Así, los que expresamos sin tapujos que nos aburre siempre vemos los partidos de la selección española, chavales cuyas emociones y bocas se ocultan bajo la palma de la mano, minuto y resultado de una época en la que la estrategia invade cada regate. Ahí están ellos, demasiado jóvenes y bien peinados, duros, con los pulmones expulsando dióxido de carbono en cada córner. Al marcar se tocan, se abrazan, se besan, demuestran que el amor late en un balón. Entonces surge la duda, ridícula por otra parte, ¿a cuántos de ellos les gustarán los tíos?

Los hinchas más cavernícolas responderán que no hay futbolistas maricones. La población gay proyecta fantasías de piscina en sus sudorosos iconos. La testosterona indica que cuanto mayores son sus niveles, más arrincona a la orientación sexual. En definitiva, el deporte más popular del mundo prescinde de la libertad de amar de sus trabajadores. Y puede parecer irrelevante —de hecho, lo es de cara al gol—, sin embargo, ese pequeño gran gesto en el campo eliminaría barreras fuera del estadio.

Desde que se inventara este deporte en 1863 han salido del vestuario diez futbolistas, todos ellos de poco renombre y buen pernil. Quizás el fútbol no sea un reflejo de la sociedad y sólo recalen heteros en los equipos, pero tengo mis dudas, sobre todo viendo a Sergio Ramos y Cristiano Ronaldo. Sorprende que entre las jugadoras el tema esté normalizado y entre ellos la cuestión persista por las presiones del ambiente. Convendría recordar que «la heterosexualidad no es normal, sólo común». Y por fin ganaríamos todos, aunque perdamos en la final.

Ilustración: Daniel Coulmann

Los españoles tristes de Colón

Los domingos son mañanas seguidas de tardes en las que no ocurre nada. Quizás uno piensa en lo que hará durante la semana, o se pide otro vermú. Ayer, sin embargo, los verdaderos españoles se congregaron en Colón vestidos de bandera, una grande y esclava de la idea de país. Andaban desorientados, como un superhéroe que se pone la capa y olvida la máscara, llenaban las acercas con el olor del fondo del armario. A lo lejos, dos señores con sombrero de feriante y camisa de manga corta sujetaban una pancarta en la que solamente uno pedía perdón por haber votado al PSOE. El otro fumaba. Cosas así, grises a pesar del día claro.

La manifestación había empezado mal y continuó a peores. Tanto que la mayor ovación se la llevó un camión cargado con un nuevo generador que permitiera continuar con el acto. Es lo que tiene ser y parecer triste, que la energía se convierte en un bien escaso. También hubo discursos. El de un escritor que ha escrito una novela de veintitrés tomos y ochocientas páginas (cada uno), el de una política sin serotonina ni partido que increpaba al gobierno por indultar a delincuentes olvidándose de que en eso consiste, en el perdón de la pena. Casado lo intentó, pero fue interrumpido por la ultraderecha. Es lo que hay.

Sucedió así, entre recuerdos de lo que fue España y esos ciudadanos auténticos que se resisten al presente de las cosas. Si avanzaran no sabrían volver a casa o recordar la lista de los reyes visigodos. En lugar de producir desprecio por sostener esas ideas consiguieron lo impensable: que estemos dispuestos a tenderles la mano, incluso abrazarles, mirarles a los ojos y recordarles que la convivencia nada tiene que ver con los indultos o la manipulación, sino con «participar en la vida ajena y hacer participar al otro en la propia». Eran miles de personas, tantas, que parecían una sola. ¡Qué domingo más triste por Dios!

Ilustración: Francorama

Himno de España en las escuelas

Desde que a Marta Sánchez se le ocurriera masacrar uno de los tres himnos nacionales que carece de letra —los otros son Bosnia-Herzegovina y San Marino—, la polémica resuena hasta en la aulas. Tanto que ahora en Murcia, empeñados en obtener la unión del país a base de retratos del rey, banderas y por megafonía, será posible alentar a los muchachos desde primera hora con la tonadilla. Resulta paradójico que en una comunidad con el segundo mayor índice de fracaso escolar y en la que los padres protestan porque los niños estudian en barracones y sin ordenador se tome esta medida.

Entendemos que su uso diario tiene como objetivo la motivación del alumnado, tal y como un entrenador hace con el “Viva la vida” de Coldplay en los vestuarios. Entonces las pupilas se dilatan y salen a devorar el mundo a base de conocimiento, transportados por el «Franco, Franco que tiene el culo blanco…» y algo de lo que carece el tan denostado reguetón: no les representa, por mucho que se empeñen los adultos. En el caso de que sí lo hiciera, escucharían otra cosa.

En un momento en el que hasta un abrazo se politiza y el rumbo de la política depende de los jueces muchos encuentran consuelo en las canciones. Puede ser en la quinta de Mahler o el adagio de Barber, quizás Jeff Buckley en el Bataclan, Phoebe Bridgers con cascos, Robe, Glenn Gould, Charly o Nina Simone. Da igual. De pronto, la vida con todos su errores, incluso el miedo a estar solos, todo eso que no encaja, se revela como el decorado de un lugar amplio, acogedor, desprovisto de fronteras y aire intoxicado. Los himnos son una creación del hombre; la música, el eco de su mundo invisible. Eso es lo que debe resonar en cada uno, en cada clase, en cada paso de baile.

Ilustración: http://www.danielstolle.com

¡Vete al médico!

«¡Vete al médico!» Con esta gracieta de desubicado, nuestro estado anímico roza el estatus de política. De repente, ir a terapia no es ni estigma ni vergüenza. Bueno, al menos en la camiseta de Errejón, pero parece más cercano el día en que desterremos de una vez la vieja creencia —alimentada por los gurús de la autoayuda— de que “en nosotros y sólo en nosotros reside el poder de ser aquello que deseamos”. Resulta que, ahora y más que nunca, es mentira y por esta razón la tristeza, la depresión y el miedo a la muerte ganan terreno en la espiral de pensamientos. Un dato: en España se suicidan 10 personas cada 24 horas y, en el primer semestre de 2020, las enfermedades mentales fueron la sexta causa de fallecimiento.

Más allá de la cuestión de clase que nos impone desde niños la necesidad de ser útiles, generando grados de inferioridad en función de nuestra aportación a la sociedad y al PIB, cada vez es más común sentir esa apatía entre los amigos, las pocas ganas de salir a la calle, o incluso levantarse. Los libros permanecen cerrados o cuestan y la música vuela bajo porque, ¿quién quiere viajar con la mente cuando perder a algún familiar cercano se convierte en hábito?

Bueno para nada, otra mudanza y ya van tres este año; desconectado de mi círculo de íntimos; en los márgenes del mercado laboral y sin derecho a una identidad propia; hola, desesperación, adiós a la independencia económica; inestabilidad y la promesa de otro verano sin festivales… Cada uno se castiga a su manera, de ahí que la depresión y la apatía formen parte de nuestro paisaje diario, en casa y el hemiciclo. Hablar de nuestros miedos sin ansiedad, con un terapeuta o alguien que nos acaricie el dorso de la mano es un gran paso. Resulta que podemos ser felices, incluso cuando no vemos salida.

Ilustración: Matt Blease

El fascismo es alegría

El fascismo es alegría. El sábado, estas cuatro palabras fueron pronunciadas por Ignacio Menéndez, abogado de Carlos García Juliá, uno de los autores de la matanza de Atocha y condenado a 193 años de prisión de los que cumplió 14. Espoleado por reservistas, gente con poco pelo y mucha memoria, formaba parte de un homenaje a la División Azul, unidad de voluntarios españoles que luchaban contra la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial. Su lema: «Sin relevo posible, hasta la extinción». Establecido el contexto, repleto de alegatos contra los judíos y caras al sol, un sacerdote blando, consignas para saltarse el toque de queda y barra libre de simbología nazi, es inevitable pensar que hace una hora han encerrado a Pablo Hasel por cantar «me cago en la marca España explotadora y casposa». Y sí, las comparaciones resultan odiosas, pero dejan al descubierto las costuras de nuestra democracia, de nuestra realidad flotante.

Es verdad que el fascismo es regocijo. De hecho, cuenta con numerosos defensores en el Congreso al otorgar pases pernocta para sus afiliados y votantes, una pátina de invulnerabilidad. Manifiéstate en su nombre, busca cobijo en su bandera y podrás volver a casa sin temor a la ley y sus consecuencias. Sí, es alegría, del latín alicer o alecris, presencia de lo divino como flujo transformador y energizante, un acto de rebelión contra los principios más básicos de la convivencia, la insumisión mal entendida de este siglo envuelta en el honor y la gloria de todos sus muertos.

Por eso los fascistas entonan la palabra ¡arriba! con la certeza del que se sabe a salvo. Por eso gritan más alto, señalan al débil, desgastan la palabra patria, España a un lado, al otro Europa y allá a su frente la impunidad. Así el pasado regresa una y otra vez al ahora, para recordarnos que los hay que no sólo no aprenden, sino que se refuerzan en sus convicciones, e incluso atraen a sangre fresca con labios rojo plasma. Tanto se resiste a morir que retuerce el sentido de las palabras y la pena se convierte en alegría, el gris tiende al azul y la mentira es una supuesta verdad contada por cobardes. A esa ficción me remito con las palabras de Porco Rosso: «Prefiero ser un cerdo a ser un fascista». Y también un triste.

Ilustración: http://www.studioghibli.net

La vacuna de la vergüenza

Manuel Villegas. Consejero de Salud de Murcia (PP) junto a otros 400 elegidos (a dedo); Esther Clavero. Alcaldesa de Molina de Segura (PSOE); Jesús Fernández. Alcalde de El Guijo (CDEI); Sergi Pedret. Alcalde de Riudoms (JxCat)… y la lista continúa, con amplía mayoría de PP y PSOE. Pues bien, se trata de los políticos que han decido vacunarse, suponemos que por formar parte del grupo prioritario: residentes de centros para ancianos, personal sanitario y sociosanitario. Lo peor son las excusas, «sobraban vacunas y por mí y todos mis compañeros», ¿sus compañeros? En realidad fue para dar ejemplo y dedicarle los 365 del año a la gestión de una larguísima pandemia que ha demostrado la inutilidad del ser humano, excepto en lo relativo a la ciencia. Ahí hay que reconocer que el algoritmo de Facebook sorprendió a cronopios y magas con la invención del remedio.

Es curioso, pero solo hay que mirarles a la cara para darse cuenta de que muy listos no son. Lo que nos lleva a inferir que por eso decidieron entrar en política, el arte de vivir en una sociedad de clases y clases, siendo ellos meros servidores públicos. Así miran a cámara entre despreocupados y carroñeros, convencidos de que un perdón publico a tiempo entierra la vergüenza y de paso pasamos a otra cosa, quizás a una fase en la que los únicos ciudadanos ejemplares sean ellos. «Vivir, dormir, tal vez soñar» que decía el príncipe de Dinamarca.

Ahora habrá que volver a pincharles, no sea que desperdiciemos dosis en personas desperdiciadas para la sociedad. ¿Sirve de algo que dimitan? En todo caso por feos. Al final después de estos vendrán otros, y después otros, y el mundo seguirá pensando que los mayores deberían de estar muertos. Ya vivieron lo suyo, es hora de sangre de Tik-Tok. Ante semejante vileza uno llega a varias conclusiones que en realidad son dos: ser político podría considerarse una ocupación a tiempo parcial, como poner copas y, no serlo es, sin duda, todo menos «un dilema intentado salvar sus dos caras a la vez».

Supongamos que Madrid es una ciudad

Mucho se habla de la nueva serie de Scorsese para Netflix. Protagonizada por Fran Lewobitz, francotiradora neoyorquina de un tiempo suspendido, sus capítulos son un homenaje póstumo a una ciudad que ya sólo existe en el imaginario colectivo, la única en el mundo capaz de levantarse a su imagen y semejanza para terminar siendo una copia de Dubai sin arena de duna. Mientras los más incautos seguimos soñando con sus alturas y ese olor a ciudad-ciudad, en Madrid sucede un fenómeno sin precedentes: la capital desaparece bajo la nieve para acaparar cada noticia. En este escondite anómalo —es evidente que nadie en posiciones de poder ha sabido gestionar la llegada del invierno siberiano— pocos se atreven a dar la cara y, cuando alguien decide hacerlo, el resultado es tan literario como alucinógeno: «en el metro de Madrid lo normal es no ir abrazados, ni estar sin mascarillas, ni estar comiendo y, por tanto, sí es un lugar seguro». Os imagináis de quién es el titular.

Así es, la Ayuso contrataca para tranquilizarnos con esa mirada empapada en Orfidal, y de paso obviar el hecho de que, a día de hoy y si necesitas desplazarte para hacer tus cosas, la única alternativa es compartir el subterráneo con millones de vecinos. Porque si en Nueva York el capitalismo se impuso a la democracia, en la capital de España el hielo se desgarra, el cielo calla e Isabel sonríe con plomo en las entrañas.

«No hay nada de malo en ser un inepto, o en hacer algo mal, fatal, pero guárdatelo para ti. No lo compartas», escupía Fran en uno de los capítulos. Quizás esa sea la principal diferencia entre Nueva York y Madrid, entre los dos países en uno, el que calla y el que sufre. Porque os puedo asegurar que ningún madrileño va al cielo, y si lo hace es muy a su pesar. Será porque estos días todos se desplazan bajo tierra, en dirección contraria al horizonte. A 13 de enero Madrid es sólo un metro y su presidenta un personaje de ficción.

Ilustración: www.tinapaterson.com

Quiero quemar la bandera de España

El Tribunal Constitucional concluye que quemar la bandera de España es delito. Establecido el reñido veredicto comienzan las preguntas al aire que la mece: ¿qué tamaño debe de tener la bandera en cuestión? ¿Computan todas las banderas incluidas las que adornan un palillo pinchando una aceituna? ¿Se considera bandera un folio pintado de rojo y gualda con un Bic? ¿Y si en lugar del doble de ancho el amarillo fuera algo más fino que la piel de esos compatriotas que se jactan de la hazaña? ¿Y en el caso de grabar el hecho delictivo con un filtro verde o sirviera para encender un fuego en la noche? ¿Y si Antonio Banderas se prendiera a lo gonzo también sería arrestado por ultrajes? La justicia lo tiene claro y el pueblo, pendiente de la corrupción como credo y un futuro en el desagüe, intenta establecer a quienes representan unos colores cada vez más huecos.

Porque la gresca comienza cuando los símbolos, construcciones fieramente humanas que establecen una relación identitaria con una realidad, generalmente abstracta, a la que evocan o representan, son erigidos en el epicentro de las vidas de unos hombres que, paradójicamente, discurren al margen de colores y fronteras, más bien apegadas al terruño que les proporciona pan y al sol peinando las fachadas de sus casas. Es ahora, cuando la ley se aplica con humo de por medio, cuando a uno le entran ganas de sacarla al balcón —¿alguien sabe dónde se venden?— y acercarle el mechero con el único afán de demostrar qué ocurre. La respuesta es tan decepcionante como demoledora: nada.

Así le van poniendo cerco a la vida, comenzando por lo abstracto e intangible —bien podría ser azul y verde o sólo roja— para después penar la desafección. Y es que así nos sentimos la mitad de los que merodean por este país, partidarios de que cada uno enarbole su bandera, la suya propia, pero una de música y teatro, de vino, versos o ropa tendida agitándose en el vacío de las horas que perdemos peleando. Por eso Mariana Pineda lo decía tan alto por boca de Federico: «En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida». Pues eso.

Ilustración: Tishk Barzanji

Los Franco no roban…

Mientras el mundo miraba hacia el oeste, un poco en búsqueda de nuevos aires, otro poco por ver perder a Trump, los Franco fletaban una caravana de camiones para continuar con su expolio colectivo. Y es que esta familia modelo, indigna heredera de un dictador que, por mucho que se empeñen sus detractores, sigue vivo y coleando dentro de una cripta de lujo en El Pardo, se ha acostumbrado a salirse con la suya. Siempre. A pesar de manifestar con actos subrepticios ese patriotismo tan plus ultra, su destino es inversamente proporcional al del resto de españoles, nostálgicos o progresistas, que observan cómo el clan “cazadotes” se queda con el contenido íntegro del Pazo de Meirás, continente público y ajardinado que desde el domingo resuena como un cuarto de baño.

Pero así funcionan ellos, entre la impunidad de la justicia miope y la pasividad de un pueblo que en estos momentos tiene cosas más importantes en las que pensar, quizás en las cristalerías, cuadros, tapices, armas, bargueños, trofeos de caza y cuadros de Álvarez de Sotomayor o Zuloaga que, próximamente, terminarán decorando el salón del chalet de Carmen Martinez- Bordiú o apilados en alguna de sus 85 viviendas, 264 plazas de garaje, tres fincas, la Casa Cornide de A Coruña y un sótano con vistas al pasado más tenebroso.

A falta de operación salida no hay nada mejor que una operación mudanza de objetos ajenos en nombre de la superviviencia de ¡España! Ante semejante panorama y aprovechando que a partir del 10 de diciembre el Pazo de Meirás pasará a ser propiedad de cuarenta millones de compatriotas, la mejor manera de celebrarlo sería visitar la finca en cuestión, bajarse la bragueta y apuntar bien alto mientras pensamos que Franco no era un dictador, aunque ejerciera la dictadura y esto no es un robo, aunque sea a mano a armada.

Ilustración: Daniel Stolle