Lo llevo desde hace semanas. Dentro del bolsillo de mi pantalón. Ahí está él, sonriente, mirando al cielo, un poco encerrado y enmarcado. Iván Cepeda Castro, PRESIDENTE. La aguja desengarzada del cierre. Un recordatorio. En ocasiones, meto la mano izquierda en el bolsillo y noto la punta. Otras, el alfiler roza mi pierna y siento un leve pinchazo, sutil, casi inocente, como si la política —o quizás nosotros— necesitara recordarnos su presencia en todas partes, aunque queramos olvidarla para salvaguardar nuestra cordura. Ay, otro pinchazo.
No siempre conseguimos lo que queremos y, cuando lo conseguimos, tampoco resulta ser aquello que imaginábamos. La decepción no distingue entre derrotas y victorias. Cuando los partidos se convierten en personas, las personas se equivocan. Luego llegan los discursos con forma de presupuesto, las promesas reencarnadas en mentiras. Mátame, metamorfosis.
Durante los últimos meses, Iván Cepeda representó una forma de mirar este país, un pacto por la vida frente a esa tendencia de administrarla como si se tratara de una empresa. Hoy permanece en mi bolsillo, cerca de las llaves de casa y un caramelo de fresa, callado, un poco más triste, listo para encabezar una oposición que compense el contenido de mi bolsillo derecho: tarjetas y mi cédula de extranjería. Todo es política, sí, también desequilibrio. La distancia insalvable entre lo que esperamos del mundo y lo que este está dispuesto a concedernos.


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