De repente, el silencio. Bogotá sin campanas, como si solamente los perros tuvieran derecho a romper la barrera del sonido. Las hojas de los árboles y el viento, la basura en las aceras, una nube sobre nuestras caras cabizbajas. El sol al fondo hecho de ventanas y cristales. La diferencia, todas las de este país, contenidas, invisibles, en unos cientos de miles de votos. La costa y las ciudades, Bogotá y Antioquia, la vida y el destripe, el presente y un futuro para las élites, unas urnas que encierran el misterio peor guardado. Nadie capaz de pronunciar un nombre. El país, por primera vez en meses, escuchándose a sí mismo.
Cuesta entender qué ocurre cuando nadie habla. Sin palabras las cosas carecen de sentido, aunque las palabras tampoco sirvan para mucho. Una palabra, un voto; un voto como una suma de promesas. Luego están las matemáticas, la vieja contabilidad de las democracias. Contar frente a un país que ensaya la alegría y la decepción imaginada, siempre más nítida cuando lo peor ocurre. Contar y recontar para retomar la vida: millones de papeletas frente a un ventilador de expectativas.
Más allá de las colas y los desplazamientos, las elecciones fabrican futuros que nadie pidió. Cada cual el suyo. John en la tienda de barrio. Germán frente a la caja registradora. Héctor al volante de su taxi. El ministro. El campesino. Todos ellos depositan una versión de sí mismos que, muy probablemente, terminará por decepcionarlos. Una aspiración, un número, otras elecciones dentro de cuatro años. Mañana Bogotá volverá a sonar a ella. Pase lo que pase, pasará.


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