leer es una forma de desaparecer

El ruido de los edificios al caer

La gente mira al cielo. A los otros. Dentro de sí misma. Nadie piensa en la tierra. Quizás al agacharse para atarse los zapatos o al observar la hierba. El peligro, cuando llega, viene de arriba: una teja, un avión. De frente: del fondo de una calle oscura, de nosotros mismos. La tierra está ahí para sostenernos y, por esa razón, terminamos por olvidarla. ¿Qué ocurre cuando tiembla? Lo primero que se rompe es la confianza. Después el ruido de las cosas al caer. Un hilo de voz. Ese silencio.

Un terremoto no sirve para nada. No hace a la gente más sabia. Mata, derriba, destruye. De paso, deja al descubierto las grietas de un país. Si ese país es Venezuela, la solidaridad pasa a un segundo plano: se trata de supervivencia. Sin camillas, una puerta sirve para trasladar los cuerpos. Sin medios, solo la gente puede salvar la vida de otra gente.

Un terremoto de 7,5 en la escala de Richter tiene la misma fuerza en Japón que en Venezuela. La misma energía bajo Tokio y Caracas. Y sin embargo, los edificios no se derrumban por las mismas razones. Quizás llamar a esto tragedia natural sea ya un primer error. El peligro no procede de la tierra, sino de lo que construimos sobre ella y de cómo lo construimos. Cientos de vidas bajo los escombros. El olor de los cadáveres. El sol en todas partes. El resto del mundo mirando la catástrofe, sin saber qué hacer. Sin hacer nada.

Escribo mucho.

No es para todo el mundo

(sin spam, sin frecuencia fija)

Ilustración: Nayeli Cruz


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