leer es una forma de desaparecer

Haaland, el farero

Intento entender esa cara, ese cuerpo inabarcable. Imposible. Erling Haaland pertenece a una categoría de humanos diferente, una especie tan rara como un reno de Svalbard. Demasiado grande para mover el aire de la camiseta de sus rivales, demasiado alto para caber en su propia bandera. Y todo ello sin apenas intentarlo. Así juega —o así lo he visto jugar unos minutos—, con una indiferencia ya extinta entre quienes concentran la atención de millones de personas. Un cuello hecho torso, un pelo de adolescente, una expresión ajena a la edad y a todo lo que ocurre. Y, sin embargo, la sensación constante de que es peligroso. Sobre la hierba. Con un bombo. Peligro en estado de espera.

Lo miro, sudado y con el pelo en una coleta, y me olvido de su cara y de su cuerpo. La mayoría de jugadores quiere tocar el balón, estar, ¡aquí!, gritan con la mano levantada. Haaland parece desaparecido bajo una nieve invisible. Da unas zancadas. Observa. Parece que se hubiera confundido de profesión: hubiera sido un gran farero en Lindesnes, alguien capaz de mirar el océano durante años. Administra sus apariciones. Resopla. Después relincha. Hasta que no queda más remedio que mirarlo.

Se arma. El balón sale disparado de ninguna parte. Seco. Cruzado. Gol. Camina como si fuera a comerse a alguien. Sus compañeros se le suben a los hombros. Sonríe. La boca se le sale de la cara. Cumple con algo que tenía previsto, que sus compañeros esperan, que las otras selecciones temen. Entre tanta presencia y tan poca importancia, aparece este gigante. Sonrío. La discreción sigue siendo una de las mayores formas de grandeza.

Escribo mucho.

No es para todo el mundo

(sin spam, sin frecuencia fija)


Comentarios

Una respuesta a «Haaland, el farero»

  1. Avatar de Juanjo
    Juanjo

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