Las cosas que echamos de menos

Es extraño cómo han cambiado las cosas en el transcurso de estos meses. A finales de agosto, cuando los niveles de vitamina D exceden los niveles recomendados y tres cuartos de España se van de vacaciones después de meses de parón forzoso, la frase más extendida por terrazas, plazas y redes es «estoy hasta el coño». Y claro, uno se pregunta cómo es posible si se supone que el estío es la fecha en la que, históricamente, mejor deberíamos estar, dueños de cuerpos dorados a la sal y una mente que, por fin, vuela lejos del fútbol y los atascos. Por supuesto que hay varias razones de peso para ello, pero la raíz del mal se encuentra en la imposibilidad de compartir.

Así es como llegamos a la conclusión de que lo que más nos apetece a día de hoy, más que echar un polvo, que también, o ponernos pelo, es probar el postre del de al lado, juntar los morros propios y ajenos en una bola de helado de turrón o una garrafa de vino, que nos escupan a la cara porque estamos hablando demasiado cerca, en la oreja o el pómulo, ¡da igual!, bailar, sí, bailar, muy apretados la canción de este no verano y abrazar a gente triste, a chicos pálidos vestidos de negro, a Abascal. Incluso la imagen del turulo comunitario se percibe como un vestigio del pasado a recuperar en este presente rancio.

A pesar de los reflujos vitales, la batalla que se libra en nuestro interior nos empuja a la soledad y la misantropía. Por un lado el miedo, por otro las ganas de que esto acabe de una puta vez. En medio, el «sólo se vive una vez» percibido como una frase de gimnasio cutre con sentido. Somos huérfanos sí, aunque también más conscientes de todas las cosas pequeñas que perdimos en el camino… y que se hacen entre dos. Más ya se considera gang-bang.

Ilustración: Charles Burns

Política: una cuestión de fe

Por fin. Después de una larga travesía en el desierto iniciada en 1978, la política española ha alcanzado la gloria del vestido de filetes de Lady Gaga, un pecado concebido en el que las verdades carecen de peso específico y son suplantadas por una estampita de la Virgen de los Dolores, una mentira repetida muchas veces mucho y aquel mantra en el que las palabras ya no sirven, precisamente porque el mensaje es una cuestión de fe. Y ya se sabe que la creencia es el antiséptico del que lo ha perdido todo… menos el humor.

¿Cómo entender si no que Abascal realice alegatos a favor de los homosexuales, que Casado sea un modelo en el espejo caracterizado por la inacción convenientemente iluminada y que Díaz Ayuso, siguiendo las premisas de Miguel Ángel Rodriguez ¡Bajón!, sufra en sus propias carnes estrábicas la circuncisión de la desescalada, la huida hacia delante, la pérdida de miles de madrileños, un Via Crucis de portada que deja sin argumentos a sus rivales políticos y a una parte considerable de la población sana entre comillas?

Y es que en política no gana el que esgrime las mejores razones, ni siquiera aquel que obtiene el mayor número de votos, sino el que resiste al desempleo y la muerte, el que agota a un adversario atónito frente a una revelación que es carne de meme. Lo más curioso de todo este entuerto es que fe, porno duro y esperanza son ahora los mimbres de una “iglesia alt-right” levantada sobre un país en ruinas. Mátame, camión. Por cierto, Díaz Ayuso huele a sudor.

Ilustración: Franklin Booth “Echoes from Vagabondia – ‘She rose and wondered…crept to the door and fled back to the forest.’ ”

¿Cuál es tu excusa para no votar?

Poco a poco, los españoles vamos familiarizándonos con los procesos electorales. Algunas de esas votaciones se caracterizan por las trabas interpuestas para su celebración; otras, en cambio, por las múltiples excusas esgrimidas por los propios votantes: «es que todos los políticos son iguales», «que si el sistema es una mierda y me quedo en casa viendo “Callejeros viajeros“», «es que ya no hay políticos como los de antes»,…

No es cuestión de falso optimismo, pero quizás después de treinta y seis años de dictadura no nos vendría mal un poco de práctica participativa, despertarnos otro domingo de resurrección, lavarnos la cara, atravesar la ampolla de mediocridad imperante en el ámbito político mundial y, por quinta vez en un mismo año, aceptar el abismo entre un personaje tan casposo como Iván Espinosa de los Monteros y el tullido de Pablo Echenique, establecer varios grados de separación entre la flatulenta ambición de Pablo Casado y la mentira teñida de socialismo de Pedro Sánchez.

Sí, es verdad, el sistema posee el fétido halo de un Javier Ortega Smith de resaca, favorece a los fuertes frente a los invisibles con DNI en regla, y sin embargo, destruirlo por vía de la violencia o mediante alternativas como el federalismo y la democracia directa resultan inviables a medio plazo. Con estas premisas no votar se antoja la opción más razonable porque en ella se congregan el hastío y la rabia, la impotencia y la certeza de que, pase lo que pase, mañana será peor.

Ahora imaginaos a Albert Rivera como futuro presidente del gobierno. Lo sé, la imagen resulta insoportable, tanto como un disco de Malú, pero os ayudará a entender que un voto es una voz silenciosa desprovista de emoción, una casilla tachada sobre papel traslúcido con el poder de cambiar la realidad de las pequeñas cosas. ¿Vas a dejar pasar una oportunidad así?

Vecinos de Madrid: ¿de verdad os gusta la calle Ponzano?

Vivo horrorizado. Y no precisamente por vivir en Madrid, una ciudad que comparte muchos puntos en común con un pueblo —tipo Zamarramala—, con sus comercios de proximidad, sus paisanos de barra fija que te saludan con la cabeza al pedir café con torreznos en el bar de abajo, sus aceras anchas y ese aire puro e inconfundible procedente de la Mujer Muerta.

Malasaña es un desfile de modernos clónicos y crónicos, el barrio de Salamanca una marca de dentífrico con efecto blanqueador extra, Moncloa un hervidero de hormonas en cuadriga y carpetas forradas de fotos de Taburete, Vallecas el centro del universo, Arganzuela, Chamartín y Tetúan ni idea porque nunca he ido, Retiro es ideal para el cruising y sin embargo todos ellos son maravillosos en comparación con la calle Ponzano, en el desmilitarizado barrio de Chamberí.

Venid a comprobarlo. En esta calle no solamente hay bares prefabricados en serie y un supermercado, con la excepción de La máquina, El Decano y El Fide, sino un movimiento especulativo dedicado a la apertura indiscriminada y diaria de agujeros —se rumorea que el hijo de Aznar está metido en el ajo— que proporcionan mala música y entretenimiento todo a cien para gente de aspecto muy definido: no son pijos, ni de derechas, visten chalecos y buenos vaqueros, mocasines sin calcetines y perfumes de cuarenta euros, fuman en la calle, se tragan el humo y tiran las colillas al cenicero, hablan separando poco los dientes y entregan sus llaves al aparcacoches y sin embargo, ninguno de ellos parece ser consciente de formar parte de un plan malévolo para saturar el mercado, desterrar las tiendas de toda la vida e implosionar, dejando una estela de nada, un rastro de humo, un cráter.

No lo sé, quizás sea la edad, y que la palabra ponzaning me produce la misma grima que ver a Rivera, Abascal y Casado copulando juntos pero no revueltos, y sin embargo yo quiero un barrio con gente un poco menos de mentira, lo justo para no perder la esperanza en el género humano, ese que se divierte, disfruta y se levanta con resaca pero que sabe que las cosas de verdad merecen si no mantenerse al menos no ser olvidadas.

Qué pereza, ¡que me devuelvan el dinero que nunca tuve!