Una segunda ola de bajón

El final de septiembre siempre se nos hizo bola. Las primeras lluvias marcan el cambio de estación y las pieles, poco a poco, recuperan ese color típico de las paredes recién encaladas. Además, a casi todos nos toca regresar al trabajo —si es que alguno está empleado a estas alturas—, y los primeros grises que anticipan el invierno comienzan a formar parte de la decoración del día a día. Para rematar el cuadro, a todo lo anterior hay que añadirle una segunda ola de contagios ya prevista, aunque expulsada del subconsciente colectivo por una simple cuestión de cordura. Bueno, pues es oficial. Y además se multa en las zonas confinadas.

Lo más curioso, sin contar la previsibilidad del fracaso entre ciencia y resultados a corto plazo, resulta comprobar —o puede que sólo sea una impresión de la ignorancia— que nada ha cambiado desde marzo. Nada excepto que ahora no hay quejas por el precios de las mascarillas y que éstas se han convertido en un complemento imprescindible junto a los condones y los pañuelos pa´ las lágrimas. Así, el «todo fluye, todo está en movimiento y nada dura eternamente» suena a la parrafada de turno de un borracho bautizado Heráclito. Será por culpa de Ayuso, o de Sánchez, o de Ayuso, o yo qué sé.

Hace meses que resulta complicadísimo vivir en el presente, que el pasado es el único búnker fiable. En cuanto al futuro, se trata de una variable petrificada en algún punto entre el verano-verano de 2021 y el otoño de esta civilización moderna. Cuando llegue, si es que lo vemos, nos dejará la extraña sensación de que llegó demasiado rápido.

Ilustración: https://www.adesantis.it/

Ser virus o vacuna, o directamente ser

Mucho se está hablando estos días de Madrid, ciudad de pueblos, vacía por el centro, desbordada a las afueras y en el despacho de la Presidenta, un punto de choque en el que el 20% de sus habitantes posee el 50% de las rentas, ya sea en forma de mansiones con cámaras, yates bribones o una abstracción de cifras en la cuenta de la familia March. La desigualdad es la reina y, como en cualquier otra urbe, el estigma de clase y procedencia se convierte en moneda de cambio del juego político. Porque ya se sabe que ahogar a la mujer de la limpieza sale mucho más barato que subirle los impuestos al ejecutivo con los zapatos sobre la mesa.

Así, empeñados en quemar puentes y apuntalar hemisferios, continuamos fomentando la segregación urbana y humana, imponiendo el maniqueísmo de ser virus o vacuna, negando el hecho de que el pobre deja el sur atrás, trabaja en casa norteña y despide a los dueños con la mano floja. Y no sólo sucede en los extremos. También la zona media vive de esa intersección, con la enfermera abandonando la seguridad del hogar para adentrarse en un campo minado que, casualidades de la vida, no distingue entre clases, credos o conspiraciones.

El problema es, además de que la enfermedad ignora los intentos por frenarla sin dejar de alimentar la máquina, que la toma de decisiones con el objetivo de proteger la maltrecha salud de los ciudadanos se erige en el camino más corto para poner de manifiesto la diferencia, precisamente la única variable ajena a la vida y la muerte. Ante la pregunta de si eres virus o vacuna, la respuesta debería ser «eso, eso». Todo lo demás es un remedio peor que esta enfermedad de latitudes crónicas.

Ilustración: Peter Davies