El pueblo, sueño húmedo de los madrileños

Al principio creí que era cosa mía. Pero con el paso de los meses la impresión se va haciendo caravana no solamente en Madrid, sino en cualquier otra gran ciudad en la que la caña cueste más de un euro, los alquileres por un interior de dos habitaciones, baño y cocina de batalla superen el salario mínimo y salir a la calle implique regresar oliendo a puro habano en un día ventoso. Así es como la edad dorada de la urbe como punto de encuentro va dando paso a la oscuridad dentro de ella. Por primera vez en décadas, la población de Los Ángeles o Nueva York cae, y la posibilidad de abandonar el centro y abrazar una vaca sobrevuela un subconsciente colectivo en horas bajas.

Y no es que vivir en un pueblo sea mejor ahora que antes. ¡Qué va! Más bien la idea de tenerlo tras la puerta cobra un valor próximo al bálsamo porque implica menos gente y más personas, los aviones comunes fabrican nidos en los aleros del tejado y el teletrabajo sin mascarilla fomenta la burla contra aquellos que decidieron alquilarse un piso en Malasaña por los bares. Eso sí, a ver quién es el valiente que se instala en Calabazas de Fuentidueña y trata de ser feliz más de dos meses seguidos.

Al igual que esta pandemia nos está sirviendo para darnos cuenta, una vez más, de que algunas cosas nunca cambian, el éxodo (coyuntural) de la ciudad al campo que presumiblemente se producirá después del verano nos proporciona una información muy valiosa para entender aquellos versos de Lorca: «La agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida». Y así siempre; rodeados de girasoles o de ventiladores. Lo mismo da.

Ilustración: https://ryotakemasa.com/

El apetito por la destrucción

Ayer. Una explosión se origina en Beirut y, en cuestión de segundos, se propaga por el mundo. De pronto, el horror puede palparse, ser admirado y trascender en dirección al cielo. Después pinta un lienzo sin marco, salpica en bucle la retina del observador lejano: tú, yo, los otros. Su estruendo atraviesa la paredes del 5G y el cerebro reclama nuevas dosis, otros ángulos. Y proliferan las imágenes de un mar dislocado o una terraza con vistas al epicentro del mal. Es hipnótico, magnético y, en ese momento de belleza salvaje, casi nadie repara en las consecuencias. La vida queda en suspenso, la fuga del monarca es una entelequia, las víctimas pertenecen a un futuro que ahora es ruido y polvo al polvo.

Hoy. Al menos cien personas han perdido la vida. Los heridos superan los 4.000. El país queda tocado de muerte en el peor momento. Pero ¿cuándo es el momento propicio para sufrir una catástrofe? La respuesta es nunca, como siempre sorprende darnos cuenta de nuestro apetito por la destrucción. Quizás sea eso lo que nos hace fieramente humanos. Porque solo los hombres son capaces de admirar la belleza del último suspiro… para seguir dándole impulso a la sangre hacia el ventrículo.

Hace meses que en este planeta solo ocurren cosas horribles. A pesar de todo, los beirutíes amanecieron con el sol, se desprendieron el polvo y las lágrimas de las mejillas y ya piensan en reconstruir lo cotidiano. Esa es la prueba fidedigna de que la gran belleza no está en los fuegos artificiales. Mi más sincero pésame para todos ellos.

Ilustración: Jason Martin

El escupitajo

Cuatro días a la semana salgo a montar en bici por Madrid. Antes me ajusto los vaqueros que convierten mi trasero en un melocotón, reviso el estado de mi camisa recién planchada y el casco regalo de Pablo Sotelo, y observo a la gente desde mi atalaya, una que se desplaza a la velocidad de esas motos eléctricas con dos ocupantes. En movimiento soy capaz de percibir otro ritmo en la ciudad, con sus peatones daltónicos, la ira de los conductores que vuelven a casa y el invento de una anormalidad más incómoda que la mascarilla que nos cubre la mitad del rostro.

El recorrido alterna el bullicio sordo del centro y termina siempre en la Castellana. Así es como el otro día, un Mercedes CLA azul me pasó a escasos centímetros del pedal para después salir disparado… hasta detenerse en un semáforo. Cambié de plato, me acerqué para increparle y el conductor que lo hacía rugir mientras jugaba con el móvil se bajó del coche.

Casi dos metros, ciento diez kilos de eslora, calvo con nuca poblada, camisa azul a rayas abierta hasta el ombligo, bandera de España en la muñeca y mezcla de sudor y Álvarez Gómez. Me enseñó una placa de la Policía, le dije que era falsa, lo era, me insultó, le llamé fascista, se quitó la mascarilla, di dos pasos hacia atrás por precaución, me escupió, no pude esquivarlo y desapareció de mi vida. El ciclismo es así. Como el amor y la distancia.

Ilustración: planetlanzarote.bigcartel.com

Y la calle fue Jumanji

Los vecinos se recluyen entre muros de gigabites y, mientras tanto, ahí fuera, en ese sueño húmedo de asfalto y sirenas, las bestias toman las calles. Ciervos en las rotondas de Segovia y Nara, garcillas bueyeras decorando los semáforos en verde del Poblenou, babuinos de botellón en Lophuri, delfines ‘fake’ bajo el Puente de los Suspiros…, ¡incluso es posible escuchar los gemidos del sapo partero en el silencio de la noche estanca!

Se trata de un intercambio (im)probable de papeles. Nosotros enjaulados, nuestros amigos los animales pisando una ciudad que les pertenece por derecho propio —esa palabra inventada por el hombre blanco—, precisamente porque los amigos pródigos siempre regresan a casa. Resulta que muchos de ellos vienen solamente a llenar el buche, atraídos por el recuerdo de una mano y un mendrugo de pan, símbolo de la necesidad convertida en hábito alimenticio. ¡Qué delgadas están las palomas del sexto!

Por desgracia, todo es un dulce espejismo. Cuando termine la cuarentena, la ciudad será otra vez ese nido de víboras, dulce madriguera controlada por y contra el individuo, una oficina que se desparrama por territorios Discovery alejados de sus fronteras. ¿En qué momento nos emancipamos de la naturaleza? En el momento en que nos separamos de nuestra madre. Esperemos que el encierro nos sirva para aceptar los límites de nuestra propia debilidad, del equilibrio convertido en fábula.