De la música

Ayer toqué con Mister Marshall en la sala El Sol. Fue un miércoles a la hora de la cena, uno de esos días en los que hay tantos saraos que Madrid parece una cola en cualquier parte. Tocamos, sin bises, rodeados de amigos y algún extraño que miraba al escenario entre asombrado y aburrido. Quizás las dos. Un concierto corto con un mes de promoción y malas decisiones, semanas molestando por mensaje,¡venid!, ensayos en un local caro, cargas y descargas, agujetas, cables, amistad, malos olores y cero beneficio económico. Pues bien, tocar música es, salvo raras excepciones, una continua pérdida y, probablemente, el acto compartido más bonito del mundo.

Y es que casi todo lo que importa en un concierto no se ve. Los técnicos; las horas con el instrumento; la frustración por aspirar a más cuando, en realidad, tocar con gente a la que quieres es sinónimo de éxito. La industria pone en valor al público (que paga), sin embargo, la música es una experiencia que va de dentro a fuera, nunca al revés, que está por encima de las redes y el ruido, que solo debe de tener en cuenta al que quiere descubrirla por sí solo. Resulta imposible imaginarse a nuestros ancestros sin cantar en torno a un fuego, sin convertir la pena en una fiesta o un baile. Luego, el silencio. Y ahí empiezan las canciones.

Recuerdo ser un niño con guitarra, nunca un niño solo. A partir de los doce años fue lo único que hice. Tocar para mí y para padre, tocar para la gente que venía a vernos en Segovia, luego Londres, después la rue de Maraîchers, Tokio en un piano. Nada cambíó. Poco público, muchas canciones, más años. Tenía que ser así. Porque la música da mucho más de lo que le puedes ofrecer, nunca defrauda, trata bien a los sordos y no penaliza la falta de talento. Por eso sigo tocando música con mi grupo y dando conciertos, para descubrir un mundo cada vez más lejano y recordarme que estará ahí, que pase lo que pase, la música estará siempre.

Ilustración: Guy Billout

La sala El Sol

Madrid es una ciudad grande que nunca será una gran ciudad. No importa. En el epicentro de la gente fea, cerca de la Puerta, encontrarás la sala El Sol. Y es que, al igual que las estrellas lucen, «la Sol» nutre. Es más, brilla desde 1979, año en el que UCD ganó las elecciones. Sí, la democracia se fabrica con música en directo, de lo contrario nace con defecto en su absoluta imperfección. La música, en cambio, es perfecta, te gusta o no te gusta, más en vivo, todo bajo una luz roja, en un sótano entre la noche y la siguiente madrugada. Madrid lo sabe: su corazón bombea en Jardines 3.

¿Fue antes Fernando o la sala El Sol? No se sabe. A Fernando lo encontrarás en la puerta, peinado y serio, nunca amenazador, quizás porque hace de portero, aunque no ejerza. A partir de él todo es música. Música en las paredes y el aire, música de fondo por las escaleras, música cuando la banda deja de tocar y la pista se llena de piernas y besos y más música. Nada cambia. Los mismos camareros, José tras la mesa de sonido y la sensación de que nuestra memoria está a salvo bajo la tierra. Será porque la música embalsama el tiempo y el espacio, construye pirámides en el núcleo de una ciudad pueblo.

Todos quieren tocar aquí. Algunos lo hicimos varias veces. Hay otras salas, sí, pero esta tiene historia, una pequeña y firme, hecha de camisetas sudadas y de bandas que quieren volver a las canciones y al ropero. Si vienes a Madrid ve a ver a Goya, camina por la Castellana al caer la noche y asiste a un concierto sin saber quien toca. A veces, todo se detiene mientras gira. Mientras, algunos vivimos bajo la luz de un sol que suena a música. Sol, no pares nunca, nunca, nunca.

Ilustración: Vanessa Branchi

González

Enrique González Morales, Quique. Sus más allegados le dicen González. Él sonríe y observa el mundo a través de un mechón de pelo, hace canciones. Algunas roquean, otras son pequeñas, tristes para algunos, tan bonitas. Así lleva veinticinco años. A lo suyo, cada vez más lejos de lo que sucede en festivales, cada vez más cerca de un modo de hacer música que pocos entienden. Sus versos traen ausencias, su silencio enseña el aire de la calle, la música puede decirse en voz baja y con un micro. La de Quique no se parece a nadie más que a Enrique. Por eso un jardín puede cantarla. Sucedió ayer en la noche del Botánico. El verano en Madrid viene con música.

Creo que Quique dijo que «las canciones tristes me ponen contento; las malas, tristes». Tiene razón. Hay en este oficio una forma de respeto por el barro y el tiempo de la memoria. Las canciones, en realidad, no hablan de nadie porque no son de nadie, aunque hablen de todos y las malas abunden. Quique, por su parte, inventa mareas y regala armónicas en la penúltima canción. Dentro de unos años habrá toda una generación que empezó a escribir canciones después de ver a Quique en un concierto. Niños, Quique solo hace fácil lo imposible: regresar a los sitios donde nunca ha estado.

Ayer le vi saliendo del camerino. De negro. Recorría el camino bajo las farolas y los árboles. Daba las gracias, porque eso es lo que hace Quique. La generosidad implica entregar más de lo que uno tiene… sin que te cueste. Puede que esa sea la razón para escribir «de alguna manera tendré que olvidarte, tengo que olvidarte de alguna manera». Puede que nos sigamos moviendo con su música. Puede que todo fuera un sueño, el sueño de una noche. Por eso vuelve. Como el verano, como las canciones que nunca podemos olvidar, aunque queramos.

Ilustración: Rafa Mateos

Por un mundo de conciertos sin móviles

Si quieres ser revolucionario deja el móvil. Equivale a votar a Vox, pero sin consecuencias nocivas para la salud. Y es que Bob Dylan —un señor de 82 años con bigote— canta para recordarnos que un concierto es un rato a solas con música y gente, el único espacio donde lo que ves y escuchas se perderá en la memoria y que, por esa razón, nunca debería ser grabado. Sucede en ti, en tus amigos borrachos, en una audiencia capaz de regresar a un tiempo quemado que vuelve a brillar para ser música. Muy a favor de todos los móviles dentro de una bolsa de plástico durante los conciertos. Es más, obligatorio a partir de siempre.

Porque el móvil nunca mejora la realidad. Puede llenarla de información, de vídeos y poco conocimiento, puede conectarte con otros y relegarte a las últimas filas de la vida, pero jamás servirá para vibrar, aunque te vibre en el bolsillo. Haz la prueba (por llevarte la contraria): toma las bayonetas y vive al margen de la pantalla un rato. El tiempo pasa pasando entre las notas, te cuenta una historia que podría ser la tuya sin serlo. Por esa razón te pertenece. ¿Quién quiere escucharla además de ti? ¿Quién quiere un vídeo de un viejo o un tío en chandal? La música nunca se dirige a nadie en particular. De ahí que le hable a todo el universo.

La revolución comienza con un pensamiento. Luego se pierde o lo olvidamos en Videos. Es más, la revolución fue un móvil incrustado en las horas, los minutos y los conciertos. Imagino a Dylan cantando mientras lo graban. Se preguntará para qué vinieron si no están o están de pie con un móvil entre la mirada y las canciones. Sucedió así. Hace siglos íbamos a los conciertos a escuchar. Luego fuimos a escuchar lo que otros no podían permitirse. Ahora vamos para estar en dos lugares a la vez, queremos el presente y el pasado. Y perdemos todo. A tomar por culo el móvil, Roberto.

Ilustración: Simon Bailly

Ya no se hace música como la de antes

Dicen los viejos que ya no se hace música como la de antes. Pero antes, ¿cuándo? ¿La de ayer, jueves 1 de diciembre de 2022, o la de un tiempo feliz en el carrete? Porque la música de hoy, esa música, es la mejor de la historia. Música en cualquier parte, libre e imperfecta, creada en un estudio caro o en un estudio que es una pantalla, con una orquesta o las palmas de las manos. Nota: los discos de The Beatles suenan peor que los de Kendrick Lamar o Phoebe Bridgers. Otra cosa es lo que rodea al oyente, recuerdo, sus ayeres. Ahora, además, podemos escuchar música en un barco, con miles de cuerpos que bailan, al otro lado. Y eso es la hostia.

La música de antes es la música que seguiré escuchando. La de hoy es de Bon Iver y Mahler, Bach y Artic Monkeys. En realidad, nunca hubo un antes ni un después. Esto es un flujo en el que enredarse en los sonidos para ser felices. Quizás la mejor música de la historia tampoco sea la de hoy, sino la de mañana. Precisamente porque aún no existe. El futuro, un pentagrama en blanco con todas las canciones por vivir y por cantar. «Ya no se hace música como la de antes», dicen…

Ayer hubo en Madrid más de cien conciertos (me lo invento, fueron más). La mayoría prescindibles, música que se pierde entre conversaciones altas. A pesar de las audiencias, en una pequeña sala se hizo la mejor música jamás escuchada (me lo invento), música para nadie. ¿Dónde estuvimos antes? Empeñados en seguir las voces del miedo, miedo a nuevas ideas imposibles de entender, miedo que es un ancla que imposibilita volar alto. No hace falta destruir el pasado, no, ya se fue solo. Nadie puede destruir el futuro ni la música. «¿El futuro?», preguntamos. La música, lo mejor siempre.

Ilustración: Guy Billout

A los músicos no les importa la música

Todos los sectores relajan la raja, taxis incluidos. El botellón vuelve al alza y por miles. Cines, teatros, barras en bares… Sin embargo, España continúa a la cabeza de las cuatro restricciones: mascarilla, distancia, aforo y horario en las salas de conciertos. De poco sirve señalar a propietarios, promotores y personal. Su comportamiento ha sido ejemplar a lo largo de un año y medio en el que los sueldos se han reducido a la mitad y el trabajo se ha multiplicado por tres y medio. Esta vez tampoco puede culparse a los políticos. Nos queda la «industria» avara, esa de los contratos 360, los técnicos que se manifiestan y, por último, los músicos dedicados a sus cuentas de Instagram. Si estos últimos regalan las canciones, ¿por qué deberían preocuparse por la supervivencia de las salas?

Sucede que los músicos, en general, ni siquiera piensan en términos musicales cuando se trata de su propia música. Fluctúan entre aspiraciones de fama, seguir la tendencia y mirar hacia fuera cuando el impulso se genera en interiores, el de su contorno humano y la sala en la que desvelarlo. Ese acto, en principio ignorado por la mayoría, es el que define el oficio y también el último recurso al que aferrarse. Quizás por esa razón queda apartado. Mejor alimentar a la bestia que los escupirá tarde o temprano.

Y no se trata de un comportamiento «pandémico». Siempre fue así. La diferencia estriba en que aquí y ahora el sueldo base sale de tocar, pero no en festivales micológicos, sino en esas salas que dan una identidad a la ciudad y al barrio, último reducto para congregar cualquier combinación de escalas, compases y formas de ver el mundo. Si triste es el destino de los músicos aún más trágico el presente de las salas. Despertemos, nos quitamos la comida de la boca, y además lo publicamos.

Ilustración: Anthony Gerace

Love of Music, Love of Lesbian

El concierto de Love of Lesbian del pasado sábado, experiencia pop entre mimbres científicos para 5.000 personas sin distancia y con baile, ha servido para muchas cosas: sacudir la nostalgia, plantear alternativas viables y, por encima de cualquier otra cosa, polarizar aún más el debate. Como siempre la música —intercambiable con el cine por su dependencia de la variable tiempo y el esfuerzo en grupo— recibe las embestidas desde todos los frentes. Unas veces por la falta de transparencia en sus acciones, otras por su consideración de ocio frente al arte «serio» y, en este caso en particular, por contar con un enemigo irreductible entre sus filas: el propio colectivo.

Poco importa que sea el único sector que ha demostrado una firme voluntad por adaptarse. Incluso ha renunciado a su razón de ser, la congregación de masas, para que la música siga sonando, aunque sea bajito y falto de sal. Será que la apatía ha ganado la partida y la corrección política propone paciencia hasta que desaparezca el último contagio. Por desgracia para los más críticos y a lo largo de los siglos, la música ha pretendido imitar el pasado como parte de su evolución. Ahora que que realiza una propuesta de presente y futuro, vuelve a ser demonizada. Nada nuevo; mundo viejo.

Por lo demás, queda por resolver una cuestión que parece quedarse fuera de la bronca en torno a un grupo tan popular como Love of Lesbian. ¿Qué va a suceder con la clase media, media baja y las bandas noveles? La respuesta es tan desgarradora como evidente: lo tendrán aún más difícil, más que nada porque la música también es lo que sucede en los locales de ensayo, en las salas vacías y los clubes. Y sí, hay una diferencia evidente entre un tren o un bar abarrotado y un estadio con aspecto de hospital en sus accesos: el propósito. Otra cosa es el silencio.

Ilustración: http://www.thomashedger.co.uk

La vida de la música en vivo

Ahora que sacar un disco se ha convertido en un acto intrascendente o si ocupa más de lo que desaloja sólo lo hace un rato, es la ocasión perfecta para recuperar grabaciones en directo, momentos de vaho, escaramuzas de baño que resuenan en una memoria a muchas bocas. Es ahí, donde confluye el pasado más reciente con el futuro menos letal, donde podemos recuperar sensaciones, quizás perdidas, pero nunca varadas. Elige el que tú quieras, B.B. King Live at the Regal, Bill Evans Trio «Live», The Allman Brothers at Fillmore East, Live Drugs o Johnny Cash at Folsom Prison… Ahí está presente lo que ya no es en vida: humo en círculos de led, aplausos sin política, hielos dentro de bolas de espejos y la promesa de un mundo que es mejor si nace y muere repitiendo el estribillo.

Se trata de un acto sencillo y al mismo tiempo sumamente rudo por todas sus implicaciones. La única condición es no hacer nada mientras. Apaga la luz; túmbate en la cama; ajústate los cascos, a poder ser de esos que hacen un vacío de ventosa; aprieta el play y no des cuerda a las pestañas. De pronto, la oscuridad cambia de propósito y hace acopio de recuerdos libres de nostalgia, precisamente porque dejan de ser memoria para darle forma al aquí y ahora. Y sí, es verdad, no hay nadie más contigo, pero tú estás con todos los demás mientras la banda toca. Vivir con ojos cerrados es fácil, sin música atropello.

Y llega la caída, libre. Y puedes llorar si lo deseas. De rabia o amor, de pena o risas, tú decides. El tiempo tiembla, el cóndor pasa, y la música puede ser guerra o un recién nacido dependiendo del tiro y su distancia. Mejor quedarse con lo bueno habido y lo bueno por haber que es mucho, suena a gloria y perpetúa nuestro bien más preciado: rasgar la noche eterna con la seda hecha canción en carne viva, ¡vives!

Ilustración_ https://www.lil-tuffy.com/

Condenar a la cultura sale gratis

Pasan los días y la cultura se desangra. Poco a poco. Porque resistir cuatro meses es factible. Hacerlo más de seis, una quimera. Mientras tanto, las familias pierden la poca inercia acumulada, y reducen su velocidad hasta ahogarse. De ahí que comiencen los reproches. Primero contra Taburete por imprudencia temeraria, luego contra Rozalén por congregar a las masas sedientas de circo, más tarde ya veremos. De manera ordenada, el público que asiste a los conciertos va cambiando. En julio, daban palmas a contratiempo. Con el otoño a la vuelta de la esquina agitan sus joyas en las noches tibias. Y la luna se confunde con las perlas cultivadas bajo el mar.

El 17 de septiembre, los trabajadores del mundo del espectáculo han convocado una gran movilización repleta de medidas tan necesarias como urgentes. Sin embargo, faltan caras reconocibles, ídolos y rutilantes estrellas adheridas a un movimiento eminentemente proletario. Será porque esas voces ausentes tienen cosas más importantes que hacer, buscar su propio grito, eludir responsabilidades de adultos con hipotecas. ¿Cómo mejorar un mundo dislocado si bastante tienen con sobrevivir en su universo personal e intransferible, el mismo que nos contrae los músculos erectores del pelo?

La infantilización de la sociedad va en nuestra contra. Tampoco ayuda que el sector esté repleto de conductores que sueñan con ser guitarristas y técnicos con alma de compositores eléctricos. La industria musical en España, esa que emplea a miles de trabajadores, es brillo y azúcar, velocidad de crucero forzada. De ahí que, cuando se para en seco, huela a podrido y sus caras más visibles rehusen a tomar el mando, dar un paso en dirección al futuro y sacar al ministro de la sauna. Hace falta mucho coraje para hacerlo, tal vez penar. A los demás nos falta imaginación para salvar los muebles y por eso, en este país y en otros muchos, condenar la cultura sale gratis. Menudo hostión.

Ilustración: Ken Price