Los que no se manifiestan en un Mercedes

Estábamos a punto de conseguirlo. Por fin éramos capaces de devolver el préstamo, vivir en un tercero con luz por las mañanas, incluso podíamos viajar por todo el planeta y compartirlo con el mundo, como si de pronto vivir de acuerdo a nuestros principios no fuera aquel plan inalcanzable y sí una certidumbre pequeña, pero firme… hasta el 16 de marzo de 2020. Ese día, y por primera vez, fuimos conscientes de que el porvenir se fundía en negro ante la primera generación que vive peor que sus padres.

Estamos hartos de luchar, de comenzar de nuevo, de mudarnos a un piso de estudiantes en el que no nos cabe el ficus, de reinventarnos una, otra, una vez más. Porque las fuerzas menguan y además, ahora que padecemos la violencia de un sistema que funciona para la minoría, tenemos que aguantar a Nadal y los nostálgicos del Mercedes descapotable reclamando una vieja normalidad que es un cadáver entre estadísticas a la baja.

A pesar de todo y como siempre fue y será, levantaremos la mirada y echaremos a andar manteniendo las distancias, lejos de Nuñez de Balboa y el desequilibrio camuflado en odas a la libertad libre; reclamaremos otra manera de crecer en la que reponedores y máquinas expendedoras son compañeros de fatigas; alternando ‘telesalud’ y médicos a domicilio, campos verdes y pantallas de móvil, lo público y lo táctil, la bici y la electricidad de Tesla. A veces retroceder también es un gran paso, a veces ser rebelde tiene causa… y además se hace presente cada día.

Ilustración: elisacanali.com

Qué puta manía con disfrazarse

Volví de San Sebastián con sentimientos encontrados. De pronto, la ciudad que peina el viento, recibe al mar entre barandillas y comienza y termina en un pase de modelos “ñoñostiarras” con más clase que un instituto privado de Harvard se había convertido —durante un día— en un carnaval, emparentándose directamente con una pedanía cualquiera, de esas que ofrecen rebujitos a un euro e interactúa con animales porque ya se sabe que a falta de pan…

Más tarde, pude comprobar que mi amigo Diego, gladiador moderno con el pelo de un tejón turco y un cuerpo digno de “La isla de las tentaciones” (con estudios), se había decidido por un disfraz de Blancanieves, Elvira Sastre adquiría la forma —esperemos que el fondo también— de una vaina edamame con “bebémame” en brazos y Cristina Pedroche en Ágata Ruiz de la Prada… y el miedo al adelanto del reloj del Apocalipsis mundial fue un baile de máscaras, rompiendo el bucle de la vida, dando rienda y bombo a nuestras fantasías sexuales o sociales, intercambiando roles con personajes de ficción para bordear los límites de una personalidad alejada de la persona.

Por supuesto, si has trabajado durante años interpretando a Pluto a cuarenta grados a la sombra, a Buzz Light Year metiéndole el dedo en el ojo a Rafael Nadal cada vez que ganaba muchas veces Rolland Garros, a la hiena loca de “El rey león” —no os podéis imaginar lo que pesa—, al príncipe Juan con anillo, a Aladino sin Jasmín y al hermano Tuck mientras tu novia saludaba a la masa enfervorizada siendo la princesa Aurora, entonces entenderás un poco mejor la alergia que siento por los disfraces. Ya me quitaré la careta “Made in China” cuando yo quiera… y los calzoncillos caros también.

Nadal, el amor por el proceso

Existen muchos prodigios en la historia del deporte, tantos como personas extraordinarias fuera de él. Jesse Owens, Mohammed Ali, Nadia Comaneci, Bruce Lee, Pelé, Michael Jordan, Usain Bolt… la lista es extensa y, sin embargo, excluyente porque a las condiciones físicas extraordinarias de todos ellos —sin duda eligieron la actividad para la que estaban diseñados desde el punto de vista genético— se unieron ciertos factores imposibles de recrear de manera consciente: nadie los esperaba, simplemente estaban en el lugar y el momento preciso.

Sería imposible elegir a uno por encima de todos de igual manera que parece una tarea inútil establecer si Messi es mejor que Di Stéfano, o Navratilova mejor que Steffi Graf por la sencilla razón de que en el proceso incluiríamos criterios estéticos, tendencias subjetivas y algo irracional pero intransferible como son los gustos.

Llegados a ese punto de no retorno y como no podía ser de otra manera hay un chico llamado Rafael Nadal Parera, nacido Manacor hace treinta y tres años, provisto de todos los atributos de los deportistas mencionados anteriormente que se distingue por un brazo izquierdo sobredimensionado, una cabellera en continua regresión y un elemento que le convierte en un ser humano insensible al desaliento. ¿Trabajo, humildad, ambición, perseverancia?

La respuesta es sí y después no. Y es que sin duda él solo, bajo esa cinta de Nike y un sol revoloteando sobre su entrecejo a cada saque, es el mejor ejemplo a la hora de demostrar que el amor por el proceso es tan importante como la meta y el cheque cargado de ceros.

Fui su chófer en un campeonato. Le pregunté a un Nadal todavía adolescente que por qué jugaba al tenis. Él se quitó los cascos, me miró con la expresión de una cría de chimpancé y me respondió muy bajito:—Porque me encanta.

Seguí conduciendo con la seguridad del que se desplaza con una leyenda a 80 kilómetros por hora y en un Rover 75 color estrella.