La segunda ola no será televisada

Hace tres meses teníamos excusa. El virus era una posibilidad remota, al este del sol naciente, y a nadie en su sano juicio se le ocurrió cerrar fronteras por culpa de unos cuantos chinos con fiebre. Volvemos al presente. Todos, en mayor o menor media, somos conscientes del daño. Los cementerios ganan espacio a los parques, el personal sanitario campa en la urgencia y, a pesar de la cercanía del drama, muchos se han lanzado a una carrera por recuperar el tiempo perdido, como si el presente fuera el único momento de las cosas.

Así, a modo de muerte anunciada, vamos dándole forma a una segunda ola de rebrotes, regresando al futuro en un DeLorean cargado de irresponsabilidad, envueltos en esa pereza que nos produce una realidad huérfana. Y el horror será televisado de nuevo, y todos nos resistimos a creer que este no es otro verano más, y a veces es verdad aquello de que tenemos lo que nos mereceremos… mientras haya vida.

A diferencia de una película no podemos apagarlo, ni detener la imagen para ir al baño, ni volver a verlo a cámara lenta. Ni siquiera cerrando los ojos es posible librarse del enemigo escondido detrás de la máscara de una máscara desechable. Decía Gil Scott-Heron que la revolución no será televisada porque será en directo. Nada más que añadir, doc.

Ilustración: https://bentheillustrator.com/

Ana Rosa, del amor al retortijón

Lo nuestro comenzó hace veinticinco años. Cada mediodía, Telecinco se convertía en un juzgado de guardia y Ana Rosa —por aquel entonces el Quintana venía con el nombre— mediaba entre dos bandos, hacía lo imposible por no llorar de risa y dejaba en nosotros —adolescentes convulsos— una sensación cálida que en realidad era picor, la constatación empírica de que podíamos enamorarnos de la madre de un amigo y además hacerlo con orgullo. El programa era “Veredicto” y la presentadora en cuestión se erigió en mi particular objeto del deseo… y en el marido perfecto para millones de amas de casa.

Después se encargaría de eclipsar a la otra Rosa, la maja, convertiría la A y la R en sinónimo de imperio y copularía con Alfonso Rojo, probablemente el único capaz de hacer sombra a Inda y Marhuenda en lo que a halitosis periodística se refiere, dando lugar a un hijo al que echa muchísimo de menos. Mientras tanto yo, cegado por el amor y el deseo, le fui perdonando el “Extra Rosa” y el “Sabor a ti”, sus coqueteos con el poder y el fango; hasta que sucedió.

Ahora te hablo a ti, Ana Rosa. Hace dos días alcanzaste la cima de la ignominia al mentar tu libertad individual entre dos pandemias y claro, mi corazón explota al ritmo del «se nos rompió el amor». Los dos hemos cambiado en este tiempo. Tú haces un uso irresponsable de la popularidad y yo no quiero odiarte porque seas distinta, altiva y a veces ignorante, no. Ese odio también me cambiaría a mí. Ahora tendré que buscar en otras presentadoras a la chica que dejaste en el camino, la mujer que intercambió para siempre el deseo por un retortijón.

Ilustración: https://www.hennkim.com/

La ola de un virus que nos dejó al descubierto

La primera ola arrasó con todo a su paso. Y no solo la costa, también sus interiores, las ciudades más boyantes y pobladas. Ahora, con la marea remitiendo y a pesar de las reticencias de algunos, comenzamos a ser conscientes de su verdadero alcance. Miles de muertos, proyectos cerrados por derribo, millones de empleos en el aire o suspendidos en un tiempo que no es más que el fiel reflejo de una primavera triste. Barro, destrucción en su forma más pacífica… y algunas perlas.

Porque a pesar del uso obligatorio de mascarillas cae la máscara y con ella la verdadera naturaleza de las personas flota. Algunos deciden apelar al odio, sacar rédito de la desgracia y fomentar la polarización de una sociedad aturdida, enferma en los hospitales y las casas. Otros, en cambio, apelan a la colaboración y al barrio, a los bancos de comida y la solidaridad como respuesta. Curiosamente, ambas opciones son fieramente humanas y no se sustentan en la ciencia.

Y es que si este intervalo raro sirvió de algo —ninguna muerte se justifica en el intento— fue para establecer cuál es el lugar en el mundo que pretendemos ocupar, qué palabras y actos queremos legar a los que vienen y a los que no pudieron verlo, si en lugar de quemar puentes preferimos encender fanales, avivar la vida. La primera ola arrasó con todo a su paso, pero nos dio otra oportunidad. Hagamos un uso responsable de ella.

Ilustración: “神奈川沖浪裏” Katsushika Hokusai

La hora de lo pequeño

Definición de normalidad: cualidad de lo que se ajusta a cierta norma o a características habituales o corrientes, sin exceder ni adolecer. Ahora que el sistema —basado en la explotación irresponsable de los ‘grandes números’— languidece ante el empuje de la naturaleza quizás sea el momento de plantear un espacio en el que, por primera vez en la historia, los pequeños grupos de música, empresarios con alma de artesanos o el club de los que nunca estuvieron allí encuentren su baldosa, precisamente porque no desean más que lo justo y un poquito más, es decir, fracasar manteniendo el entusiasmo intacto.

Y es que esa lógica basada en congregar a miles de personas en una sala, las colas y su olor a axila, el ‘formateo’ y las grandes campañas de publicidad resultan obscenas, casi tristes, más teniendo en cuenta que millones de personas lo están perdiendo todo, incluso la vida. Así es como los bufés podrían desaparecer ante el peso de una mesa para dos, y el bizcocho casero va sustituyendo poco a poco a la pirotecnia gastronómica y las bodas, a fin de cuentas, adquieren una dimensión más humana, la de una promesa entre dos desprovista de testigos.

Quizás lo de compartir la experiencia con otros miles y retransmitir nuestra intimidad con el fin de ampliar una congregación de extraños fueran los síntomas de una dinámica con las horas contadas, precisamente porque nuestra responsabilidad como personas y profesionales es la de generar espacios personales de ética y estética. Los más grandes ya tuvieron su momento y lo vivieron con altura; es la hora de lo pequeño, de aquellos que sobreviven con cada nuevo día en la tierra.

Ilustración: http://www.andrewrae.info

Las pajas a escondidas

Ahora que todo apunta a que el fin del encierro es una teoría escrita a tiza sobre un espacio-tiempo difuso, muchos de nosotros —y ante las nulas expectativas de empleo en los próximos meses— hemos decido limitar nuestro universo a una habitación, salir a la calle solo para hacer pis y perfeccionar ciertas técnicas abandonadas por el ajetreo de un día a día que ya no es tal, sino simple repetición. Así es como desde hace semanas un onanista consumado como yo y miles de españoles con pareja nos dedicamos a perfeccionar las pajas a escondidas.

Y es que nadie dijo que “disfrutar” del confinamiento en soledad fuera fácil, pero tampoco lo es compartir cada segundo con la persona correcta, la misma que entre el desánimo y las estaciones invisibles adquiere la forma de ese compañero de vida eterna al que burlar. Poco a poco, un juego con final feliz imita un modo de vida en el que cualquier resquicio es aprovechado para mejorar una técnica milenaria. Aquí no se trata de correrse, más bien de buscar nuevos retos.

Hace dos meses el momento elegido era la noche. Después intercambiamos oscuridad por luz blanca y comenzamos a aprovechar los minutos de descanso que daban bajar la basura o ir a comprar mascarillas. Ahora la satisfacción está en el riesgo, hacerlo pared con pared o mientras hace una videollamada al otro lado de la cama. En momentos de cólera generalizada tocarse nos garantiza dos cosas: hacer el amor con alguien que amamos y la sensación insuperable de hacerlo con alguien amado cerca.

Ilustración: https://designsbyduvetdays.com/

El ‘cuñadios’

A medida que se prorroga el estado de alarma asistimos al perfeccionamiento del Frankenstein patrio, criatura dotada de un saber plus ultra aderezado con un físico cuanto menos complejo, entre moco y encía infectada. Y es que si en un mismo cuerpo escombro juntas a Pablo Motos, Spiriman, Miguel Angel Revilla y Álvaro Ojeda obtienes un espécimen denominado “cuñadios”, la mezcla definitiva de ‘influencer’ bipolar y el ‘recetitas’ capaz de arreglar España sentado en la taza del váter.

Y es que sus dislocadas bocas el dicho «el genio del cocinero se va por el agujero» adquiere nuevas dimensiones, incorporando la bilis de cuarenta seis millones de españoles —todos tenemos algún amigo con una mujer epidemióloga— al discurso de cada día. Ahora que la barra del bar es un recuerdo crónico aprovechan para recalcar la incompetencia de los que están al mando, ignorando que es en los márgenes de lo desconocido donde se produce el crecimiento.

Poco a poco, el ‘cuñadios’ alcanza estatus de logia social, en parte porque dañar con la palabra no es un crimen y en parte porque, en un momento en el que todos queremos ser protagonistas, fueron los primeros en darse cuenta de que los pedos, debidamente disueltos entre audiencias poseídas por la ignorancia, son el canto de sirena de un año múltiplo de cero. «Y al finalizar os hiero».

El fin de los dos besos

De todos los cambios en los usos y costumbres a los que nos enfrentaremos próximamente hay uno que destaca por encima de los demás, tanto por el gesto (húmedo) como por su significado (fieramente español). Y es que ahora que el distanciamiento social es la ley, los dos besos que dábamos cuando hacíamos el paseíllo de la vergüenza o nos presentaban a alguien por primera vez son restos de una cultura arcaica, tanto como los toros o ir a misa después del ‘after’.

Lo más curioso de esta nueva coyuntura es que será recibida por los ‘pulpos’ como un claro atentando contra las libertades individuales mientras que otros —en particular mujeres y niños— abrazarán la medida con jolgorio. Adiós a esos besos-baba cerca de la comisura de los labios o al ósculo de monja que nos reventaba los tímpanos, ‘sayonara’ al «anda, hijo, dale un ‘petó’ a la madre Juliana» o a las miradas de reprobación al tender la mano, la mejor manera de empezar con mal pie una futura relación amorosa o profesional.

Y es que el daño será irreversible en Montpellier —allí se daban tres— o en la región de Turballe que ostentaba el récord del mundo con cuatro. ¿Qué va a ser de los pobres esquimales? ¿Tendrán que conformarse con un frío «encantado de conocerle» y continuar con las reparaciones del iglú, metáfora de un mundo donde los besos se dan en privado y con condón? Visto con la distancia de este encierro, quizás lo importante no era el acto en sí, sino querer seguir haciéndolo. Aunque sea a oscuras.

¡Feliz cumpleaños, encierro!

Bueno, pues hoy se cumple un mes de encierro y habrá que celebrarlo de alguna manera, ¿no? Sobre todo teniendo en cuenta que nos espera un mes de abril con filtros de traje gris y destellos a lo Auschwitz-Birkenau. ¡Que no cunda el pánico! Porque si de algo ha servido el paso del tiempo —además de para ser testigos de la mayor tragedia de nuestras vidas—, es para sacar conclusiones certeras sobre esas criaturas fantásticas llamadas seres humanos. ¡Empezamos!

Lo primero es comprobar que médicos, transportistas, limpiadores y cajeras son las columnas sobre las que se sostiene este edificio en ruinas. Por no mencionar a esas actrices porno convertidas por polvo y gracia de Pornhub en los Bob Geldofs y Bonos del siglo XXI (con el 2020 en blanco). Ellas solas recaudan millones para la causa, no molestan con sus “cancioncitas”, alegran la vida del onanista digital y opinan sobre el sector de la cultura, ahora asociado al hashtag #parásito. Y sí, el puto Javier Vidal es un chapas del copón.

Mientras tanto, algunos consideran estos meses como unas vacaciones de interior no retribuidas, otras no pueden soportarlo y ven como su chico se convierte en compañero de piso —alargando la compra hasta que les cierran el Mercadona—, y todos —sin excepción— soñamos que un gato nos araña los pies y nuestro casero nos riñe por no tener pelo en el pecho. Y claro, Netflix y Filmin son las sagradas escrituras, tener cuenta en TikTok sinónimo de extravío y a partir de ahora los psiquiátricos sustituirán a los estadios de fútbol. ¡Feliz cumpleaños, encierro!

El límite

La crueldad del hombre es un enigma. No tanto por el daño que es capaz de infligir en la carne y la memoria, sino porque empequeñece los logros del presente… y los que están por llegar. Es por esta razón que cuando un partido político — su sola mención equivaldría a abrir los ataúdes de la discordia— entierra la razón utilizando la supuesta unidad de un pueblo en la UCI como atajo para la gloria en las urnas, quizás nos esté brindando —de manera macabra— una posibilidad de progreso social.

Y entiendo el descontento de sus votantes, y el discurso de esos machos apelando al miedo, a las lanzas en el pecho y a la furia. Incluso su intensa labor por mantener costumbres del terruño, la sangre del toro, el destierro de la cultura y su aversión al cambio, la vuelta al NODO, las bocas llenas de patria, el corazón teñido de azul, el odio al rojo. Pero lo que no logro concebir es dónde está el límite. Porque no lo tienen.

Si la Gran Vía sorda y muda es ahora la norma, si su simple contemplación nos arrastra indefectiblemente a aquellas mañanas en las que la cocaína se mezclaba con los churros y el carajillo, al amarillo de las tardes en el que la gente desvalijaba el Primarck, a los hermanos ‘jevis’, universos urbanos en los que se encontraba cualquier cosa excepto un féretro, entonces el futuro pasa por borrar al fascismo de la fotografía. Los muertos ya los pone la realidad.

Epidemia de bloqueos en FB

Ahora que los gobiernos —de cualquier signo político— han demostrado su incompetencia para controlar una realidad desbordada, la población, principio y final en la toma de decisiones y sus consecuencias, imita determinados patrones de conducta, como si de alguna manera la aplicación de medidas geopolíticas a gran escala se impregnara en cada poro de nuestra casa. Es cierto; ellos mandan ahí fuera, pero en las redes sociales somos juez y parte, una democracia en la que nosotros tomamos las decisiones. Siempre. ¿Qué estás pensando?

Es por esta razón que en Facebook y Tinder se viene produciendo una ola de bloqueos sin precedentes, tsunami de totalitarismo casero camuflado en protección contra la pandemia de odio, fascismo recalcitrante, sobredosis de conspiraciones, bulos, listillos y alarmistas, censores de la diversidad de opiniones y un nuevo ejército de fervorosos creyentes que consideran este encierro como una oportunidad. Ocultar publicación y dejar de seguir.

Al hacerlo sentimos una calma desconocida, un chorro de After Sun emocional. Y de pronto, llevados por la infantilización de una sociedad amordazada nos creemos positivos asintomáticos, portadores del espíritu de la concordia hecha pacto de Estado. Quizás el verdadero desafío, además de ganarle el pulso a la muerte, sea volver entendernos, decir que no nos gustamos y, a pesar de ello, seguir caminando juntos, a un metro pero juntos. Has aceptado su solicitud de amistad.