Y el encierro fue sexo

Transcurre el tiempo y, poco a poco, comenzamos a asumir una situación que, muy probablemente, se prolongará hasta el verano. En un espacio finito —nuestra isla particular de andar por casa— hemos observado el cambio abrupto en la sociedad y todos, de manera directa o indirecta, pasamos del susto inicial a la resignación, de la solidaridad 3D al “yo acuso” desde el balcón, del «vamos a salir de esta» al sálvese quien pueda autónomo. Ahora que 7.000 millones de personas son una y las fronteras parecen un invento ochentero, sentimos como el sexo comienza a aflorar, incluso entre aquellos que habían perdido la libido, ¿la qué?; sí, la libido.

Todo comenzó hace dos días. Nevaba. Saqué la cabeza por la ventana, abrí la boca y miré al cielo. Los copos se precipitaban sobre mis pestañas, golpeaban mi barbilla. Gracias al parón económico el agujero de ozono parecía recuperado, y hoy me entero de que se ha abierto uno mayor en el Ártico. Nieve, agujeros negros, osos polares, lascivia. Fui a la cocina y bebí agua en un vaso de tubo. Encendí la televisión y lo sentí en la pelvis: ¿cómo explicar que la intérprete de signos en el canal 24 horas, tan calladita ella, pareciera una diosa?

La cosa no quedó ahí. La ministra Calviño había recuperado el ‘charme’ y me la imaginé en su despacho, desnuda bajo la foto del rey. Y la cajera del Carrefour, la mayor, Abascal con su bote de pimentón Titán —un elemento que conviene tener en la mesilla de noche—, tres mapas de España, fresas de postre, miel en lugar de azúcar refinado… Anocheció. Cerré los ojos y pensé en Fernando Simón. Ojazos, con algo menos de ceja… Sexo, «esa trampa de la naturaleza para no extinguirse».

¿Fue el 2020 una broma?

La verdad es que si te cuentan en el 2019 cómo iba a ser el 2020 hubieras hecho dos cosas: bloquear a la(s) persona(s) de todas tus cuentas por agorero(s) o directamente meterte en casa para no volver a salir hasta el 2021. Vamos, lo que se hace normalmente en invierno, pero llevado al límite. Visto con cierta distancia, este año ha resultado ser una mezcla de las dos, mitad futuro distópico, mitad se nos está haciendo bola. ¿Una pandemia global porque un chino se comió un bocadillo de alitas de murciélago? ¡Tú estás de la cabeza, chaval!

Ahora se entienden mejor las muertes de Kirk Douglas, Kobe Bryant, Terry Jones, la obsesión de un genio incomprendido llamado Trump por construir un muro, ¿de qué sirven ahora las concertinas en Ceuta y Melilla si nadie quiere venir de vacaciones? Joder, ¿soy yo el único que echa de menos los cruceros por el Estrecho? Por otro lado, el fin del mundo tiene cosas muy positivas. Los ‘influencers’ ya solo sirven para aquello que todos sabíamos: para nada, los médicos y enfermeros molan más que Batman, no hay fútbol ni toros, los Risketos y el vino peleón están de oferta en el Mercadona, a nadie se le secan las manos por culpa del frío y todos los ciudadanos llevan a un presidente-gestor en potencia en sus adiposos cuerpos.

No deja de ser decepcionante que una parte de la población esté perdiendo la cordura por el simple hecho de quedarse en casa viendo Netflix, que otro porcentaje piense que se trata de una conspiración con cuerpo y cara de pangolín y que los memes sean peores que la enfermedad. 2021, ven rápido. Te esperamos con todo caliente menos el champagne.

Silencio: habla la ciencia

Poco a poco, el silencio se ha ido haciendo un hueco en nuestra habitación, en los portales, en la calle. Incluso los propios músicos —que comenzaron a retransmitir indiscriminadamente cientos de conciertos desde casa— han caído en la cuenta de que si el sonido no acompaña quizás lo mejor sea esperar al momento de la “liberación” para devolverle al aire las melodías perdidas, ahora ocultas por una realidad inapelable, oscura, densa como el odio. Spotify lo confirma en sus estadísticas de marzo: se escuchan menos canciones. En Wuham, aquí y en Lombardía.

Precisamente ahora, los voceros de lo cotidiano, políticos, periodistas y carroñeros con un desinterés absoluto por la verdad, han dado paso a una nueva categoría de contadores de historias generalmente abonados a la soledad del laboratorio de fondo: los científicos. Y ocurre en Estados Unidos con Anthony Fauci, en España con Fernando Simón y Miguel Pita, o en China con el fallecido Li Wenliang, expertos epidemiólogos y genetistas acostumbrados a trabajar entre el anonimato, algo parecido a la fe y la precariedad, siendo precisamente esta última una de las razones de la pandemia.

De pronto, la ciencia tiene un hueco en la agenda y se convierte en el único interlocutor fiable, como si la barbarie de la realidad encontrara en una bata blanca su área de descanso, palabras inspiradas por el ensayo y el error con la capacidad de describir lo invisible tal y como es, lejos de ideologías, intereses espurios y ratios de audiencia. Por fin la verdad nos reconforta; será porque «el arte representa el yo y, la ciencia, el nosotros». Todo sin levantar la voz. Todo sin pedir nada a cambio.

El origen de la rabia

Es curioso observar como el miedo ha dejado paso a la muerte, aislada entre cuatro paredes, sí, pero muerte en vida. En esa misma habitación oscura y fría, demostrando una salud a prueba de cualquier vacuna, la rabia incontenible contra todos los involucrados directa o indirectamente en una crisis que ya es, mal que nos pese, un acontecimiento histórico, ficción hecha gotero.

Primero contra los políticos, hombres de carne y lodo de cualquier signo que en estas circunstancias se asemejan más que nunca a músicos de jazz, improvisando a cada minuto, descubriendo un realidad que sorprende incluso a aquellos que fueron capaces de prever que algo así podría suceder. Porque la realidad ahora no solo supera a la ficción, sino que la empeora. Después contra los demás, señalando con el dedo a los que se sientan más de lo permitido en el solitario banco del parque, los que compran a espuertas, los que calumnian y avivan un fuego que ya se ha extendido por todo el globo sonda, los que ladran y confunden y, por supuesto, aquellos que no se cansan de restar.

Quiero creer que esa ira no se origina en el ventrículo, sino en este sistema inhumano, neocapitalista lo llaman, el mismo que se empeña en invisibilizar a médicos y bedeles, a limpiadoras y trabajadores sociales, a científicos y camioneros. Curiosamente, son estos quienes están manteniendo a flote las ruinas de un presente en cuarentena, como si la única manera de mantener en funcionamiento la maquinaria fuera a base de sangre, lágrimas y algo parecido al amor. Recordad, «lo que empieza en cólera termina en vergüenza».

¿Donde está Wally ahora?

Pues la verdad es que no sabemos muy bien donde está. Quizás haya decidido tomarse unas vacaciones de sí mismo, colgar el gorro, comprarse unas lentillas y dedicarse a escribir tu autobiografía, plagada de lugares exóticos y castillos de arena, de nieve y frigoríficos al borde del mar. Y gente. Muchísima gente. Su novia Wilma, la cola de su perro Woof o el mago Barbablanca y miles de secundarios disfrazados de osos pardos, en busca del vendedor de helados y un trozo de arena en el que desplegar la toalla comprada en Portugal.

Resulta que en los próximos días nos acercaremos al punto crítico de la pandemia y su desborde, a la muerte en ambulancias amarillas y la soledad de los corredores de fondo, y mientras la realidad flota en una placenta de millones de personas me viene a la mente un personaje que siempre parecía desubicado, un viajante al oeste del Edén, con la misma ropa fuera de temporada y esa expresión entre indiferente y conejo al que le dan las largas.

Ahora no hay más remedio que imitarle y convertir la bañera en orilla; la cocina en puerto pesquero donde pedir unas cervezas; el armario será nuestro baile de disfraces; la cama barco velero; el piano del salón música en el descapotable, un arma contra el desánimo; y el rayo de luz que se cuela por el patio interior el termómetro del sol. Si Wally pudo, nosotros también… y mejor vestidos.